Érase una vez… hace cuatro mil quinientos millones de años… o hace cuatro segundos…

Érase una vez: planeta. Llamémosle Tierra. Una pequeña esfera achatada por los polos tres cuartas partes líquida, enganchada en la órbita de una estrella gigantesca, que, manteniendo su centro incandescente, fue capaz de engendrar en su corteza una vida autopoiética que nació a nivel microscópico dentro de una cúpula atmosférica, y que, por póiesis, alumbró una vivificación de células operándose por asociación en tejidos que acabaron alumbrando organismos capaces de realizar funciones químicas, físicas y, hasta, virtuales. Ni que decir tiene, el sistema solar (Sol podemos llamar a la estrella gigantesca), flota en el espacio. En el vacío.

Así sin profundidad para no extenderse en párrafos, se diga que de forma muy variopinta, en un tema que da para enciclopedia, el planeta Tierra engendraba ecosistemas y biotopos más o menos autónomos según su latitud, cercanía o lejanía del ecuador solar o los polos gélidos, y según el relieve ocasionándose en el enfriamiento general. Allí dentro de cada cual, organismos bailan la danza de la póiesis, evolucionaban formas complejas que parirán superorganismos. Perpetuando formas de vida estables, aunque siempre mutantes. Autopóiesis. Y cómo contar en un cuento sobre los reinos de animalia, vegetalia, mineralia, hongalia, bacterialia. Tú me entiendes lo difícil a veces de explicar que un mito, por definición es algo inventado, pues escribir la expresión falso mito es una redundancia. Y cuando la religión habla por imperativo mítico o la ciencia habla por imperativo categórico, entonces, nosotros, el colectivo, parece natural, escuchamos. Se cuenta aquí, claro, a vista de mónada, un relato más, otro, sin desprecio de los oficiales, mero cuento a sumar al conjunto de los relatos… por imperativo null.

Que sea resumen para este contexto de novelita corta algo que podría dar para wikipedia lo siguiento expuesto: Cuatro segundos y medio tras aparecer en el universo, resulta que unos anfibios, generación a generación, se salieron del agua, tierra adentro, y resulta que, generación a generación, mamíferos bípedos teosféricos, comenzaron su periplo evolutivo en una cierta tierra media, izando al devenir un mástil de consciencia, alrededor del cual giraron y propagaron una espiral de autoridad trófica capaz de anteponerse a cualquier otro depredador del planeta.

Además desarrollaron un pulgar oponible junto a cuatro dedos más en las manos, y eso les dio un gran poder para transformar la realidad exterior. También, en el cerebro, este mamífero segregó una capa, sobre el córtex, que le recubría el cerebro y le emergía una mente. Sobre la creencia teosférica, valga decir, una mente exotérica mente de mentes sosteniendo el libre albedrío, la inteligencia noosférica convirtió al mamífero bípedo en el demiurgo de los ecosistemas, y, por ende, del planeta. Pero, en su principio, fue la rama. Estos homínidos eran habitantes de las copas de los árboles.

En el génesis la cola era el timón y ancla. Para cuando el primate descendió del árbol y comenzó el bipedismo y a atrofiar la cola y a combinar pulgar oponible con córtex para manipular el fuego y materiales y herramientas, y a medida que construyó ciudades hieráticas y luego imperios y luego reinos y luego naciones y luego estados, y luego máquinas voladoras para fotografíar los confines del cosmos, hubieron transcurrido treinta mil años.

El árbol de la manzana prohibida, para muchos relatos religiosos significado de los aparatos sexuales masculino y femenino referenciados como sistema órgano a órgano tiene por significante el Árbol del Conocimiento. Por supuesto, comer de la manzana conlleva castigos que por citar uno se cita al católico apostólico y romano como ganarse el pan con el sudor de la frente, así denominado pecado original. Quien piense que solamente de pan vive el hombre y que solamente merece la pena sudar por pan, no se conoce a sí mismo. Ni conoce al universo.

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