El escepticismo que existe en oriente respecto a la realidad es únicamente respecto a la realidad inmediata. Ellos (los pensadores orientales) no es que apuesten por la nada. Ellos dicen que hay otra realidad que no es ilusoria, que no tiene que ver con los sentidos y que para acceder a ella hay que rasgar el Velo de Isis. En realidad no es un nihilismo.

Doy en llamar ataraxia al estado mental contrario al estado freak. Cuando un cuerdo o un sedentario o alguien en posesión de un sistema perenne más o menos estable divisa alguien o algo desconocido sin patrones reconocidos y presentando insuficientes rasgos reconocibles, se le llama “raro”. Si freak es un estado emocional digamos: raro, entonces, ataraxia equivale a un estado de la mente, conocido, reconocido, familiar.

Una gorra negra, exclama una caminante. LLega la primera por la senda principal que baja desde el lago en las cumbres, por la falda del parque natural, abajo hasta los primeros pueblos del plano. Una ermita, ahora enmohecida, regresada a la entropía por la naturaleza, apenas a veinte metros de la senda me sirve de hogar. Llegan su pareja, el padre y la madre de ella, un pastor alemán, un boxer, un primo lejano y un amigo de la familia. Aparecen en el recodo, curva cerrada de la que nace un paso de piedras sobre un riachuelo, saca el senderito, bordeado de árboles centenarios, arbustos opulentos y maleza reina del lugar, desemboca en la escalera ancha de mármol gastado que sube, seis peldaños, al portón de la ermita. No cojas la gorra, le dice la madre a la caminante. Me apuro, presto, desembarazándome de mi letargo, de mi estado meditativo, ipsofacto muevo el estado de mi conciencia desde la meditación, quietud contemplativa, hacia la atención de una voluntad capaz de cabalgar la montura de su psicomotricidad. Ya no soy una flor de loto que soy un alga meciéndose en el oleaje, me enfundo la guitarra ajustando la correa sobre mis hombros; soy un momento único, somos una realidad efímera transitoria, soy un músico que asalta a unos caminantes de domingo en parque natural, un profesional de las fibras esenciales al que unas monedas en su gorra negra avivan hasta el punto de dar vida. Un músico que donde mejor encuentra espacio y contexto para resonar es una ermita abandonada dentro de un ecosistema vivo en la falda ibérica de la cordillera pirenaica. Luego, o quizás ya antes, esta familia encontrará una ardilla saltando en ramas bajas y quien sabe le echará unas nueces para que se acerque. O se topen con un ciervo y le lancen una manzana. A lo mejor han tirado migas de pan arriba en el lago por si veían peces acudir a la superficie a buscarlas. Tan natural que un ermitaño sea miembro de un orgánico hábitat telúrico. Pues es una gorra negra de dos años la que la ermita grisó o, más, parduscó. Así de fácil puede funcionar un tramo de la vida. Subiendo por la senda, pretendía acampar en el lago con la grabadora y la guitarra, a grabar unos temas que había estado componiendo durante el invierno. Pues era la primavera ya entrada, cuando se han derretido ya los hielos, que más me apetecía subir a buscar rayos puros de Sol. Con la tienda de campaña y la esterilla, un hornillo y provisiones para tres días ya fue la gorra negra apareciendo que me duró al paso de las estaciones y no bajé. Al pasar por la ermita, ¿será cierto?, ¿será regla eso que dicen que pasa del relevo? A mí me pasó. Había un loco, Dario (un antropólogo que acabó editando las obras completas de Carlos Castaneda en una edición apócrifa; alterando hasta la polémica la trama literaria sobre el brujo yaki don Juan) habitaba la ermita. Al pasar, me asaltó su música. Apareció en el recodo, saltando las piedras sobre el riachuelo, soplando como un dragón fuego en su armónica, se plantó ante su sombrero de paja en el suelo, justo sobre la hierba en la linde de la senda. Me invitó a tomar té en el interior. Yo le liberé de la ermita, sin saberlo porque antes de que anocheciera subí al lago, acampé, canté, grabé. Tres jornadas hasta agotar las provisiones morando en el lago, allí donde más puros los rayos del sol atraviesan miriadas de moléculas de oxígeno limpio. Me extrañó, en el recodo, no encontrar a Dario. Fumé y canté sentado en la escalera, sin atreverme a entrar. Cuando lo hice, descubrí que su anfitrión se había marchado. Y me quedé. Al cambiar de estación, Dario me concedió la oportunidad de invitarle a té apareciendo un domingo de mañana. Tocamos guitarra y armónica, cantamos. Y me dejó la gorra negra envuelta en un papel de regalo. Marchándose pasada la medianoche.

Hay a veces un pactum sceleris entre el científico y los medios de comunicación por el que el científico no puede resistir la tentación, o considera su deber, comunicar una investigación en curso, a veces también por razones de recaudación de fondos; pero he aquí que la investigación se comunica enseguida como descubrimiento, con la consiguiente desilusión cuando se descubre que el resultado aún no está listo

Monismo, oriente. Una sola esencia, energía. Dualismo, occidente. O la trinidad cristiana… pero luego hay “la complejidad”; ni uno, ni dos, ni tres sino una totalidad que se autoproduce, que no es previsible, que es observable solo a posteriori, que si uno la mira con ecuanimidad la verá con más resultados que el que la mira diciéndole tienes que ser así o tienes que ser asá. Tao: del uno sale, el dos, del dos el tres, del tres el resto de las cosas.

En “El mago y el científico”, U. Eco. ha perfilado una hipótesis preocupante y decepcionante, también porque es fácil que el propio hombre de gobierno piense como el hombre de la calle y no como el hombre de laboratorio. Ha sido capaz de delinear este cuadro porque es un hecho, pero no estoy en condiciones de esbozar el remedio.

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