Cuando en la primavera de 1999 le planteé a mi mentora de retórica el objeto a que pretendía entregar mi labor, me explicó muy sesudamente que «quien quiera contar “la historia de la realidad” tendrá que narrar la historia de un continuo espacio-tiempo engarzándose en un tamiz transfinito de fibras esenciales aleph-n. Siendo “aleph” el conjunto de los conjuntos existentes y “n” un número natural que indica un conjunto existente. Y lo hará a sabiendas de que no conseguirá jamás un final. Que deberá dejar la historia inconclusa tras una trayectoria a base de fragmentos que “se siguen” unos a otros…» Además, me hizo notar que «mientras el narrador no es inmanente, la historia que pretende contar sí. Eso supone una paradoja de muy difícil solución. Quien quiera contar la historia de la realidad necesitará un método ingenioso y valiente para construir en la impermanencia.»

    <p>Sin embargo, aunque pudiera parecer razonable, mi mentora no trató de desanimarme y, desde el principio, hasta hoy, 1 de enero de 2014, en que juntos brindamos la primera impresión de la historia, ha tutelado el proceso de creación sin frenar ni capar al aprendiz en el intento de valerse de las enseñanzas para volar más allá de las cotas que hubiera alcanzado su profesora, debiéndosele, por tanto, una parte significativa de la autoría y de mi agradecimiento. Entonces...
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