Una maestra de letras que tuve de chico a la cual admiré hasta enamorarme apasionadamente me aconsejaba reiteradamente, como en un estribillo, cuidar el primer párrafo de mis historias. Con «mis historias» la maestra se refería a unas hipotéticas obras literarias no escritas e inéditas pero presentes ya, mero como «potencia» de lo que puede llegar a desarrollarse, en el aula donde practicábamos el bello arte de la enseñanza; evidentemente, con los miembros cruzados en la danza: mi maestra como miembro yang y yo como yin, es decir, ella como agente activo y yo como sujeto receptor. La primera vez que le escuché la conseja, parece mentira que hayan pasado ya dos décadas y media, ella vestía un vestido de gasa rojo, liso, casi traslúcido, corto, ceñido en su busto avatar vaporoso de la diosa Eo; suelto bajo sus caderas bailándole cuando se movía con la tiza en la pizarra como acogiendo al viento Astreo entre sus pliegues; sus dos pezones, a ojos de un niño, se insinuaban nutritivos manantiales fuentes de lechoso elixir vital eternos y generosos más allá de cualquier lazo de sangre, como los de la madre Gaia para todos los mamíferos; sus labios carmín gruesos tan genesíacamente evocadores de una lengua que habla de otros mundos, anteriores o ulteriores, como habló Lilith rebelándose esposa del primero de los siervos que le entonó el non serviam al sumo creador (sic, sin capitales); sus pies descalzos (siempre dejaba en el pasillo sus zapatos) desplazándose en la tarima transportaban sobre ellos una cariátide, es de suponer que acompañada de algún atlante, como hacía Hemera cada mañana junto a su hermano haciendo la luz en el reino de los cielos para que abajo los mortales morásemos como nosotros sus alumnos abajo en nuestras mesas; todo un poema hecho de cuerpo humano. Transcribía blanco sobre verde unos versos de una poetisa llamada Alejandra extraídos de un librito titulado La última inocencia para que los alumnos trabajáramos en métrica libre el tema de la emergencia espiritual y mediante el cual, algo que le costó una sanción del director de estudios, nos conminaba a sentar las bases oportunas para que en nuestra vida jamás tuviésemos que toparnos con dos profesionales del espíritu, los curas y los psicolanalistas. Ella enunciaba que si construíamos ya desde aquella temprana edad una personalidad suficiente mónera jamás nos veríamos arrojados al desamparo de los que ambos profesionales se aprovechan para generarse pingües beneficios. Mis ojos perdidos en el rojo de su vestido copaban toda mi atención para algo que, ya dije, posteriormente le costó una buena reprimenda, apenas si acertaba a vislumbrar; mas si de aquella divinidad que era mi maestra de letras emanaba encomendarse a la tarea de construirse una personalidad suficiente mónera, sin duda, era algo que yo acometería con celo y diligencia con el transcurso de los años y en la medida en que deviniera adulto. Su espalda, en el abierto cóncavo entre los tirantes, finas hebras trenzadas de un tono más subido que el resto del modelito, casi rayando el granate, brillaba como lo hace la estrella polar, orientando nuestras jóvenes y poco móneras personalidades, en el firmamento oscuro de la pizarra poblándose de grafías blancas. Transcribía los versos en el silencio ensimismado de sus pupilos. El sudor de aquellos mediodías de verano brillándole en las sienes, apenas gotas panzudas de esas parecidas a las de Cortázar que hacen «¡Plaff, y nada!» arrastrándose por las mejillas algo cubiertas de colorete efundiéndole como un áurea que le dibuja la silueta al morir en su cuello desnudo bajo un moño moreno y descuidadamente abrochado en un rotulador de color lila. Termina, se vuelve de cara, ordenando centrarnos individualmente con nuestros cuadernos, cada uno en su pupitre, se sacudía el polvo de las manos, adentrándose por el pasillo central, girando en redondo al llegar al extremo de la clase ¡danza de Eurínome dispersándose en el vuelo de su falda! nos dijo por vez primera la conseja. Sinceramente, muy claro lo percibo ahora que tras la lejanía y la distancia lo rememoro, menos enamorado de la literatura que de la profesora María Z., menos persiguiendo estros líricos que puro libido biológico, más queriendo permanecer junto a la mujer que junto a la escritora, acudía yo todos los lunes-miércoles-viernes (de 11:30 a 13:30) al aula de la Escuela Superior Popular de Sabiduría. Esta conseja de formular en el primer párrafo poco menos que la historia entera, anticipando estilo cadencia y maneras del texto, ha sido siempre, menos ahora, respetada por mi pluma.

El motivo de la excepción, la primera, es una incertidumbre. A ver si puedo explicarme, abriéndome paso espada en ristre en una verdadera selva de sentimientos, casi me siento un mono tratando de ponerse en pie, a duras penas resistiendo en el seno de la Pacha Mama del África oriental. Lloro de pura rabia. ¡Si no hubiera girado el cuello!… Me veo obligado, digamos, a bajar de los árboles y echarme a caminar en una tierra plana. Incertidumbre. Es tanta la improvisación componente del relato que voy a contarte que, incluso, aún no ha sucedido lo que en él se explicará. Pretendo ayudarme del cuaderno, a modo de báculo, escribiendo una bitácora. Incertidumbre porque desconozco por completo por dónde retomar el sendero. Ante mí, nada más que incertidumbre y miedo a lo desconocido. Por eso y porque el lienzo, éste papel escogido para escribirlo, no es a puerta cerrada, sino virtual y abierto. ¿Soñó Cyrano de Bergerac o imaginó Goethe jamás semejante destino y actividad de sus letras? Lo dudo. Escribir por amor sin amada. Lo dudo. Escribir enamorado sin posibilidad de conquista ni de satisfacer el anhelo. Ese cruel futuro me depara y se abre más allá de esta primera entrega. Y, a pesar, escribir por amor y escribir enamorado.

Ocurrió esto que te voy a contar a modo de nacimiento del relato todavía no entrado el equinoccio del otoño de 2004. Claro que también podría indicar que ocurrió una semana antes de iniciarse el año 116 del «Otro calendario» que es nueva cuenta, nuevo inicio de la línea de tiempo, contra el vicio; más, según y conforme mi cosmogonía –que es la visión del mundo de un hombre, pansexual, de raza ibérica, de clase obrera– no «contra el cristianismo» según señalara la pluma de Nietzsche proxy del Anticristo, antes bien, contra «el vicio del catolicismo». En cualquier caso, según uno u otro cómputo, la cosa arranca desde ahí abriendo un espacio a todas luces, a toda oscuridad, multívoco y convulso. Fue, aquella tarde que ella, la profesora de literatura Maríaceta, me soltó el cabo del hilo. Bueno, fui yo que lo soltó. O sea, ella iba a soltarlo, porque clausuró las clases (qué podía saber por entonces del motivo; quizás marchó a otra escuela, quizás abandonó la enseñanza), pero yo lo impedí. No, no lo hice. Igualmente, (debo serenarme, templar la escritura o de otro modo no querrás leer…) permíteme no conjeturar apresuradamente. Si bien la historia arranca hace una década, apenas si salió de su fase embrionaria; dentro del esquema Aristotélico que como un fantasma recorre, vertebra, sostiene y performa a la civilización helénica disuelta en el mundo de Occidente (¡ese mortal accidente!), apenas si concluyó su «inicio», objetivamente puede afirmarse que el inicio de la historia comienza allí y, entiendo, me parece, concluye ahora. Es pues este preciso escribir el inicio del nudo. Quienes no han amado jamás, e ilustradamente ignoran la existencia romántica de… ¿cómo llamarlo? ¿el poder del amor?… a diferencia de quienes sí han amado requerirán algunas explicaciones previas. Quienes sí conocen la existencia del poder del amor saben que ciertos fuegos, ciertas estelas, ciertos hilos perennes tejen un entramado de noúmeno que escribe, por nosotros, ciertos pasos obligados. Obliga a ciertas conductas. Perdonen el misterio y las medias palabras aquéllos y aquéllas, acepten la deferencia éstos y éstas:

No llegué a la clase. No pude despedirme de mi profesora de literatura. Después, con el tiempo, algún compañero contó que sus últimas palabras para despedir el curso del 2004 y para clausurar aquellos años de lecciones de poética y retórica fueron la conseja de “cuidad el primer párrafo”. Ignoro cuál fue la causa, la razón, la motivación para hacer lo que hice. Circulaba por la ronda Litoral de Barcelona, llevaba en la mochila mi primera novela, quería entregársela a mi profesora a modo de regalo, pilotaba mi motocicleta, Lucero (así la apodé), el tránsito iba muy cargado, rodábamos lento, olor a goma, olor a combustión, hierro y cristal, a la altura del hospital del Mar. No sé qué impulso se apoderó de mi voluntad, o qué demonio tomó posesión de mis actos, fue como si nada otra cosa que acelerar y forzar el desequilibrio pudiera hacer. Permanece en el recuerdo de aquellos instantes la certeza de recibir la asistencia de mi profesora si su alumno le necesitaba; que si yo lo necesitaba entonces ella no se marcharía; quizás una estúpida forma de llamar la atención, de no aceptar el final de una historia. Quizás «la idea de total acabamiento» fuera una idea insoportable para una mente débil como la mía; puede ser me creciera en el corazón el anhelo de no acudir a «la última clase», en sintonía solipsista, si yo no asisto entonces no sucederá. Acelerar, cerrar los ojos, desequilibrar, esperar el impacto. Tibia y peroné hechos añicos. Nada más. Por suerte. Total, me perdí la postrera sesión de literatura. Jamás he vuelto a ver a mi profesora. ¡Quiá, acabo de ver su espectro disolverse en el vacío!

Mientras aguardaba que mi cuerpo generase calcio volviendo a unir lo quebrado, un virus llamado Marsa-áureo quiso expandirse en mis entrañas. Había entrado en mi cuerpo a través de la fractura abierta. Mucho antes de que el equipo médico lo advierta, el virus se expande quebrando mi entereza, disparándome más allá del umbral de resistencia a la percepción de un dolor que me revierte en lágrimas. Sin embargo, es gracias a él, o, en rigor, gracias a Carmen, angelical enfermera con la carrera profesional casi al borde de la jubilación más ocupada en saborear sus últimas asistencias que en dilapidar jornadas laborales, ¡oh, Carmen, de gruesos muslos troncos de secuoya, rostro maternal parangón de una Magdalena solicita y dispuesta, cuantísimo agradecimiento te debo, nunca suficiente!, socorriéndome el dolor a base de inyecciones de morfina. Descrito así: mi cuerpo inmóvil en la cama, la droga interceptando los estímulos descarriados de mi sistema nervioso, la paz tras la guerra, una novela de amor escrita por un enamorado jamás entregada, la fragilidad de quien se sabe estúpido e ingenuo y en el reposo acrisola una realidad desde años y hasta ese justo momento velada por la embriaguez del enamoramiento; descrito así, creo podrás aceptar justificadamente el nacimiento de la «incertidumbre» arriba mentada, que es la misma, irresuelta, elástica hasta la fecha, la misma que todavía hoy dura y se extiende a mis pies, ante mis días, principios de febrero de 2015/127 (sin duda ya remite pues aquí me tienes escribiendo; pronto se abre el nudo aristotélico, que, a todos los efectos, supone para mi persona-personaje-escritor nudo borromeico), pues «¿Cómo se retoma el hilo de toda una vida? ¿Cómo seguir adelante cuando en tu corazón empiezas a entender que no hay regreso posible, que hay cosas que el tiempo no puede enmendar, aquellas que hieren muy dentro, te dejan cicatriz?»

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Tras abandonar yo el hospital y Lucero el depósito municipal, yo no andaba y ella no arrancaba. Suficiente símil para ahorrarme un buen puñado de palabras describiendo la convalescencia. Sin duda, por eso se inició ahí este relato, fulcro de mi trayectoria personal. Había estampado mi cuerpo contra el asfalto, y había estampado mi mente, aunque de modo figurado, contra la vacuidad. Tuve que encarnar, sí o sí, esos verbos tan cargados de futuro: rehabilitación, recuperación. Alguien conocido me habló alagadoramente del centro terapéutico de Eelusis dentro de la orden del Dragón y de Gea. La idea nuclear de aquel centro de rehabilitación era completar la puesta en marcha de programas físicos con un proceso iniciático espiritual. Así fue que apareció la Espada en mi diestra. Allí dentro fue que mi zurda soltó, al fin, aunque yo no lo supiera, el hilo de mi Ariadna, y se aferraba, para nunca soltarlo ya, al otro hilo, ese que se pinta con material de oro. Claro que, en mi entendimiento, coletazos del enamoramiento, el hilo aferrado a mi siniestra seguía siendo el de Maríaceta. Fue más de un lustro dentro de la orden. No te habrá costado imaginar, aprendí a montar a dragón para cabalgar en Gea. Años de orar y trabajar, de ejercitarse, en fin, muy fuera de juego, muy fuera de la sociedad, haciendo todas esas cosas para encarnar los verbos arriba indicados y que llevan a un derrotado a ponerse en pie. Debo apuntar aquí que jamás me fallaron las fuerzas, ni me sentí arrebatado por esa conocida losa pesada que invita a muchos convalescientes a abandonar, a rendirse. Esa pesada piedra que uno tiene que subir cada mañana a lo alto de una cumbre, a base de sudor, tesón, constancia, para comprobar por la noche, como Sísifo, que la piedra se tambalea y rueda falda abajo. Una y mil veces amanecer sabiendo que todavía uno no es capaz de andar. Una y mil veces, vestirse, desayunar y silla de ruedas. Una y mil veces la rutina de calentar y estirar los músculos, una y mil las tablas de ejercicios. Una y mil veces ducharse, cenar y acostarse. No es esta primera entrega de la micronovela –intitulada: El hilo de Ariadna (o, en rigor, el de Maríaceta)– lugar ni espacio para narrar qué y cuánto aconteció dentro de la orden, pues, así son las obsesiones, y mi amor por mi profesora era una obsesión, únicamente constaba como medio hacia un fin: valerme por mí mismo para salir en busca de Maríaceta. O, al menos, eso quería yo hacerme creer a cada alba bajo el crepúsculo, tras los ejercicios rutinarios de meditación entre los olivos, cuando me preparaba para afrontar una nueva jornada.

¿Cómo un romántico forjado en la misma tierra donde nacieron y vivieron los escritores del Siglo de Oro de las Letras Españolas que tan alta cumbre lírica alcanzaron con sus versos iba a renunciar a apurar hasta la hez cualquier oportunidad de recuperar a la amada? Todavía más fnordiano me siento al reconocer que ni siquiera se trataba de mi amada; yo, para ella, solamente fui otro alumno. Como todo lo que se persigue con afán, ahínco, perseverancia, una tarde, el caballero del saltamontes, que es el maestro fundador de la orden, me ofreció una Espada envuelta en un paño de terciopelo color esmeralda; sin ningún tipo de ceremonia o ritual de iniciación. Mi Espada, y con ella mi calidad de caballero, me cayó encima cual manzana golpeando la cabeza de físico calculando sus cábalas sentado bajo manzano; y` produjo en mí la idea feliz de un campo gravitatorio atraído por una fuerza hegemónica y central; que sea esa fuerza el honor. Entregado el hierro, el maestro quiso entender por qué pretendía marchar, dado que había superado “la prueba del laberinto”. Por qué no proseguía vereda por el sendero de la mano izquierda, en busca de lo esencial, en busca de lo invisible. Hice cinto con la tela y me enfundé mi nueva Espada. Hubiese deseado solicitarle otro favor antes de marchar, pedirle oráculo. Quise saber hacia dónde me llevaría mi camino del corazón. No lo hice. Reboleé esos pensamientos. Busqué sus profundos ojos para anclar mi pensamiento. ¿Por qué marcho? pues porque he de buscar a mi amada. Me cuidé de apresurarme. Uno nunca debe apresurarse ante un maestro zen. En lugar de dar por resuelta la cuestión, ejercité suponiendo que hubiera contestado así al maestro. Entonces, seguro, él hubiera cuestionado mi enamoramiento. Hubiera vuelto a preguntar por qué me percibo enamorado y necesito abandonar la orden para salir en busca de mi amada. Con una nueva pregunta por ejercicio, afiancé mi anclaje visual en los ojos del maestro, y reforcé el engarce acompasando mi cadencia respiratoria con la suya, que era abdominal y en ocho tiempos, abstrayéndome de la vorágine en que se había articulado fruto de la actividad psíquica. Me respondí a la cuestión de por qué me percibía enamorado; de nuevo cuidándome de no expresar en voz alta el resultado mas de buscar la pregunta con que el pandit de la orden del Dragón y de Gea hubiera, mayéuticamente, correspondido. A causa de sus preguntas (o de sus supuestas preguntas) descubrí algo que yo jamás había tenido nada nítido en mis recuerdos. Entonces sí, podía liberar mi voz. Performar la cura por el habla.Hinché los pulmones, lancé bocanadas de aire, titilando mis cuerdas vocales, articulando mi aparato fonador, abriéndole en canal a mi inconsciente la posibilidad de expresarse sin intervenirle el discurso con los filtros de mi pensamiento. El caballero del saltamontes acogió con agrado y un envaramiento de atención a su interlcutor y ambos escuchamos quedos qué tenía que contarnos.

Por toda respuesta, le hablé (o nos habló mi inconsciente) de ciertas cartas que durante años me había cruzado con Maríaceta. Privadas bajo juramento. Cientos de ellas. Hoy día irreproducibles pues ardió el papel en el fuego. Cartas que, aquí el descubrimiento, nada más eran ejercicios de gramática y estilo hábilmente encubiertos en un centro de interés so capa de la práctica epistolar alumno-profesora, no siendo en ningún caso lo que pensara este loco que te escribe, a saber, las huellas, las estelas de un coqueteo, una danza de seducción, un alterne, un flirteo forja de un puro apasionamiento. Fue hablándole al maestro del saltamontes que entendí el origen de mi delirio. Quizás Maríaceta, sin percibirlo, en el entendido de que el contenido de nuestra escritura no era tanto personal como lírico, forjó una folie a trois constituyéndose sujeto dominante para la fantasía de un adolescente haciéndose hombre, aclamándose especial por mezclar en su mundanal hábitat un amor puro, exquisito, de verbo, realmente platónico. ¡Oh, qué amor poseía yo en la intimidad de mi huerto emocional, cultivando casi semalmente carta va carta viene, en secreto! ¡Amor regado con la tinta de un corazón tintero! ¡Amor tan distinto de los escarceos carnales, discotequeros, de mis amigos! ¡Y tan distinto de los otros amores que fueron asomándose en forma de cortas relaciones de noviazgo adolescente! ¡Yo poseía un amor de pura alma! Así habló mi inconsciente. Aquella tarde, a las puertas de la orden, con mis cuatro animales de poder serenos, calmos, templados, agazapados a mi vera.

Ante el caballero del saltamontes, de pronto, todo un paradigma estalló en mil fragmentos. Mi memoria era una locomotora de cuya caldera chirriaba el vapor revolviéndose a presión, pitando sus humos por los conductos de la chimenea, que circulaba a máxima velocidad por unos raíles metáfora de las líneas de los textos en aquellas cartas en la tierra de mis recuerdos; centenares de miles de metros de palabras que no eran lazos de amor sino mero proceso lectivo. En unos segundos mi memoria viajó frenéticamente por esas vías de palabra escrita, trazando relaciones, constatando secuencias que en un momento yo interpreté como expresión de ese amor platónico y, a vueltas, visto a toda máquina desde el interior de la locomotora, se devoran en una nada de mentira y confusión. De acuerdo. La memoria de regreso a cocheras. Pensamiento prosaico. Disolución del estado mental patético enfático. Fin de la función, se corre el telón, se encienden las luces, acaba el espectáculo, los espectadores regresan del mundo illud tempus. Puede enunciarse aquí, por antonomasia de los despertares tras el sueño, el grito fuerte de un filósofo de la moral que renuncia a sus tratados de metafísica cambiándolos por otros de ciencias de la economía y chilla a quien puede oírle el fin del sueño dogmático de la razón. Cruda realidad. Quizás sí, quizás hubo folie a trois. Mis ojos sueltan el ancla amarada en las profundidades oculares del caballero del saltamontes. Mi respiración adquiere ritmo propio separándose de la suya. Ya recula y se silencia mi inconsciente. Que me salí del surco, en el sentido etimológico del término delirar, a la postre, ha quedado patente. Fueran aquellas cartas la evidencia de un amor platónico o el trabajo de una profesora catapultando la nesciencia de un alumno desde el lodo y el barro hasta el plasma sutil estelar, debía salir al encuentro de la amada. Y esa era mi respuesta.

El maestro del saltamontes no emitió juicio alguno; nuevamente, valga por muestra botón su método de enseñanza, había dado con la pregunta adecuada y le bastó ese clic mío de vértigo a lomos de la locomotora. Algo parecido a la contracción de que habla K. Wilber cuando alguien vence las resistencias de la onda transpersonal que le marca el estadio evolutivo en que se encuentra abriéndole vía hacia el siguiente. Vía, por otra parte, que no transcurre cronológica o secuencial o en un solo sentido de un eje que se pierde al sesgo en el futuro como una cuerda por la que discurre un hombre alejándose se su bestialidad con destino a su Übermenstch sino que va y viene, avanza y retrocede, abriéndose a varios frentes, entre los estados de pleroma y los estados causales (causuales, quizá, afirmaría el caballero del saltamontes) que abarcan los arcos interno y externo en que se hinchan los dos hemisferios de una realidad esférica y que, por mor del conocimiento, sirven de ruedo al hombre que se lanza a lidiar, espada y capote, a sus cuatro grandes enemigos: miedo, claridad, poder, vejez. Efectivamente, el avance en la espiral de la evolución de la conciencia no es algo que un hombre haga secuencialmente o cronológicamente así como se hace, por ejemplo, con el estatus académico, en que uno, a medida que supera pruebas y reúne méritos va engrosando la calidad de su palmarés acumulando títulos, reservando quizás los más altos honores a la senectude, sino que, por contra, otras funciones del dominio de Kairós y Aeón trazan unas gráficas que representan el avance –tras unos progresos mínimos de gestión de los engarces energéticos y de lances con una energía que recorre en forma de serpiente desde el sexo hasta la cocorota–, y que confieren el gozo y padecimiento de lograr ciertos hitos de nirvana en manera de paz relativa apenas sostenidos durante unas horas para perderlos después del mismo modo como se pierde la capacidad de distinguir un olor a poco uno se exponga a él de forma continuada; goce y padecimiento del instalarse temporalmente en unas cumbres de samadhi que se pierden después cuando desciende como cualquier escalador hace cuando regresa al campamento base tras la coronación.

El maestro del saltamontes mantuvo su boca cerrada y no emitió ningún juicio cuando percibió en mi rostro que yo acababa de encontrar en aquellas cartas pedagógicas el quicio de mi neurosis. Me indicó los establos de los dragones y abrió la palma de la mano haciendo un gesto de balancín dándome a entender que podía tomar uno de ellos; me dio unas palmadas en el hombro, un puñetazo sereno sin apenas fuerza en el plexo solar, y me indicó la puerta del recinto de la orden. Ignoro cuántas novelas habré de escribir sobre lo acontecido esos años, pero, como digo, es harina de otro costal.

Yo tenía una quimera aguardando en mi pecho, y había llegado el momento de salir a buscarla. Alba, (así apodé al dragón con quien mejores migas hube hecho aquellos años), tosía tizne cuando lo ensillé. Era un dragón anciano. Quizás él se alegraba más que yo de abandonar el recinto. Yo no sabía que moriría menos de un ciclo de Abraxas después. Un alba repleto de buitres negros y niños perdidos en cloacas mi dragón expiró su último aliento. Y, según me confesó él mismo, tras tantos años en clausura dentro la orden, había agradecido mucho aquellos meses en que surcamos juntos buscando a Maríaceta.

En un mundo absolutamente revolucionado por lo digital, por las telecomunicaciones, no fue tarea en absoluto ardua encontrarla. Lo hice. Y descubrí el motivo de su marcha en boca de su hija menor: cáncer.

Ni con esas. No iba a resignarme. Decidí reparar a Lucero, hacer la mochila, salir como si fuera yo un Orfeo en busca de las Puertas del Inframundo. Había leído el mito. Existía una posibilidad. Tenía que intentarlo. Fue en el solsticio de invierno de 2013/125. Pasarían dos ciclos de Abraxas antes de que las lograra encontrar. Hito estelar para un fénix regresado de las cenizas. Me adentré en la penumbra funesta del reino de Proserpina. Dos veces el Sol había visto a nuestro planeta Tierra yirar a su alrededor cuando yo me interné en la más negra de las oscuridades. En vano.

Nada que aportar a lo que tan certeramente narra el mito del Orfeo y Eurídice. Exactamente así, reflejo del arquetipo, le sucedió a quien te escribe. Había descubierto a la muerte entre una vida repleta de objetos aparentes como sombras de otros sujetos de pura existencia; me adentré; recorrí con fuerza y honor las entrañas de la inexistencia; soporté el aullido interminable de las bestias que moraban allí; le arrebaté a la reina del Hades un promesa que era una oportunidad de recuperar a mi profesora de literatura. ¡Tendrías que haberme visto entonces, henchido de esperanza, de ilusión, de anhelo de vida! Casi sentía mayor intensidad frente a la posibilidad de recuperar a mi amada que cualquier sentimiento de amor experimentado con anterioridad. Y fue en vano.

Acabo de verla desaparecer, supongo, ahora sí, por última vez; ¡hube hecho lo más difícil! ¡Lo tenía todo conseguido!… acabo de verla desvanecerse tras de mí, a pocos metros (Espada para qué te quiero envuelto en esta selva de sentimientos).

Sin querer creérmelo, subo los pocos peldaños, alcanzo la puerta de regreso a la vida. Salgo con el corazón estallado en mil fragmentos… de un portazo cierro el infierno… la luz del sol, el abrazo del viento, el agua y la materia encarnada en mil formas de organizarse la autopoises y el soma, … ante mí: el mundo de la vida. Y, yo, nuevamente derrotado cayendo de bruces al suelo.

Y yo con el alma hirviendo pena, destilando frustración… No debí haber girado el cuello… Debo serenarme, de otro modo no querrás leer. Supongo uno se acostumbra a fracasar. No sirvió acelerar y desequilibrar aquella vez; no sirvió bajar al infierno, esta. Señor, la jaula se ha vuelto pájaro, ¿qué hacer con este dolor?

No se me ha ocurrido otra cosa mejor en qué emplear estos minutos, otra cosa que sentarme en el suelo, a templarme, no montarme de nuevo en Lucero y provocarme un nuevo ex-nihilo acelerando y desequilibrando, todavía sin decidir un nuevo rumbo, con la espalda apoyada en las Puertas del Infierno, sentarme a llorar impotente, a drenar dolor sin espavientos, habiendo mandado al carajo la oportunidad de recuperarla, incapaz de someter mi curiosidad, no debí haber girado el cuello… ¿qué otra cosa sino rebuscar en el atillo el cuaderno y la pluma y ponerme a escribir ante una terrible e infinita incertidumbre? Escribir que, a partir de hoy, voy a escribir qué hice después de este nuevo tiempo. Si te quedas…

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