Soy lobo joven, mis fauces y garras apenas acabaron de afilarse. Me separé de mi manada; una manada que se alumbró en 1501 fulgurando, mínimo, hasta 1627, transformando un Renacimiento de la luz en un barroquismo abigarrado de pavesas y favilas chisporroteando al viento a partir del pensamiento platónico y un cuerpo hermético que nace en las bibliotecas de Florencia y otras ciudades de Italia hilando en tramas los textos gnósticos de Alejandría, recopilados varios siglos antes. Ahora, pago el precio del ostracismo obligado en una sociedad maquinal, descendente, superficial y chata; soy escuálido lobo solitario. Aquí, perdido, carente de otro camino, desorientado observo, confuso, asombrado, la textura de los horizontes que acotan la frontera, el espacio de tierra entre mares que es, a su vez, tiempo de aire sobre los fuegos que emanan del centro del planeta y se viven gracias a la ígnea protección del Sol. Abrazado a un viejo erasmismo, de  “quietismo” iluminado, de libertad de conciencia y religiosidad interior.

Se narra en este libro un Internarme, ascendiendo en el conocimiento de mí mismo, –virando, por elección personal, el rumbo de mis pasos hacia los senderos de la mano izquierda–, lidiando, como cualquier otro, con los grandes temas sempiternos de la vida y la muerte, la risa y el llanto, el amor y el odio, la religión, la política, los vicios y las virtudes capitales. Un ascenso seguido de un descenso que ha desembocado, real e imaginariamente, en una localización espacio-temporal, fusionado un equilibrio cuerdo, menos real político que real poético, arcadiano; un mundo surgido más por azar o caos que por creación teológica. A un lado, antiguos habitantes sedentarios, ligados estrechamente al sistema reticular de abastecimiento y suministro de caudales energéticos, económicos y alimenticios; y, al otro lado, nuevos habitantes (no falacia pre/trans equiparando a peregrinos, nómadas, diáspora, clochards, etc. con los homínidos de donde venimos. Vale decir, no tanto una antítesis a los sedentarios como un resolución dialéctica) capaces de acumular cierta soberanía, cierto movimiento, cierto dinamismo siempre con necesidad de recarga. Con evidencia, inscribiendo a estos personajes en términos de sistema de economía-mundo capitalista, ya neoliberal, y entre unas bolsas de resistencia de muy variada índole e idiosincrasia, resurgidos de la inercia de un rebufido quincemayista y sesenta y ochista de revolución integral en la aspiración, poco panglossiana, de otro mundo posible y del sueño emancipador aupado en las andanzas de muchas visiones y muchos visionarios, por citar: la ecología profunda, el postmodernismo, el idealismo holandés, el counseling de Rogers, el cuidado por la salud canadiense, la psicología humanista, la teología de la liberación, el Consejo Mundial de las Iglesias, Greenpeace, los derechos de los animales, el ecofeminismo, el postcolonialismo, Foucault/Derrida, los movimientos en pro de la diversidad, los derechos humanos y la ecopsicología, la espiral de la evolución de la conciencia humana de Beck y Cowan bien portavoceada por el discurso integral de Ken Wilber.

La frontera; la veo. La recorro. La habito. La observo, escudriño, escucho, investigo, indago. La soy. La frontera –en contra de la creencia que la tilda de delgada, rectilínea y roja– es bien amplia, bien multiforme y bien policromática. La frontera –el lugar que separa lo uno y lo otro de lo aquello, lo esto o lo ello– adopta apariencia de aleph. Un único punto en el que se aprecian todos los puntos. Un punto donde la condición de finitud del humano linda y engarza con la totalidad de lo real. Un frontera que aleja entre sí la cuestión de si solamente existe la realidad psíquica (noúmeno) o si, por contra, lo que existe es la otra, la fenomenológica. Escribo tras la filosofía, la teoría del conocimiento, la gnoseología de occidente que se ha pasado la vida entera tratando la cuestión fundamental, y epistemológica, de si los objetos son inmanentes o trascendentes, es decir, si existen dentro o fuera de nosotros; si son internos a nuestra percepción (fruto de la actividad de la mente y de los sentidos) o si están fuera. Escribo a caballo entre el solipsismo de un adolescente, y la subjetividad positivista y empírica de un hombre nacido en plena revolución digital del tercer milenio gregoriano donde la máquina establece un paradigma de objetividad magnética sostenida en una red polarizada de bits. En mi diestra, una navaja; en mi siniestra, un categórico; y, pues, abandero las posturas intermedias como la de Occam: voluntarismo del conocimiento (conocemos solo aquellos que queremos conocer) o la de Kant: eso que existe fuera, existe solo para mí.

No podría, ni lo pretendiera, unificarme; hacerlo me desintegraría del empíreo que, en mi labor de faraute, prologo: la historia única mía que se une a la que todo el mundo tiene que contar; quede advertido. Mi enfermedad, que el DSM denota: folie a trois, es mi compañera, mi aliada. Tampoco, habiendo ya tanto escrito –obviamente, aún no todo lo escribible; dudo se alcance el máximo alguna vez– pretendo aportar un nuevo fallido intento de enumeración, siquiera parcial, del conjunto infinito de elementos que  componen la frontera: puesto que esta intentona sería categórica, sintética a priori y taxativamente senda a la redundancia, a la desesperación fracasada, a la indefectible limitación del humano. Limitación humana, demasiado humana, incluso para aquel (aquellos) que ven mejor lo divino subyacente a lo humano que el resto de inteligentes y, precisamente por eso, ha (han) sido arrojado(s) al abismo de la postmodernidad; que es lo que viene después de la modernidad luterana, calvinista y cartesiana. Quiero decir, no es esta obra una obra revelada como la Biblia, el Korán, los Vedas, el Tao Te King, etc. sino, más bien, una opera aperta, concepto con que los estructuralistas con Umberto Eco a la cabeza nombran a un tipo de textos, como el Quijote: una gran casa con muchas puertas y ventanas que admite muchas entradas y todas conducen a la misma habitación que es un “centro”; es decir, que permite una visión para cada lector.

Una obra iniciática, que bien podría intitularse: si furiosas las llamas me injuriaron generosos y nobles mis hijos me vengaron, y que está dedicada, con humildad natural, al Caballero del Escarabajo.

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