Si los mineros, tú sabes, extraían el metal del vientre de las montañas, en el siglo pasado, en este, los testohackers, extraen el noúmen de sus cabezas. Metal para hacer máquinas, Códigos para correr programas sobre las máquinas. ¡Astilleros del mundo, uníos!

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19 de marzo de 2015, 10:21
Para: xxxxxxxx <xxxxxx@hotmail.es>,xxxxxx <xxxxxx@gmail.com>

Buenos días,

¿Qué noche has pasado?

Hoy nada más entrar la A. por la puerta, a las 9.00, mi abuela ya
la ha llamado al dormitorio para decirle que avise a su hija A.A. para que le diga a
la nieta M. que vaya a buscarla con el coche para llevarla al
cementerio: 19 de marzo.
Prima, me dijo mi tía anoche que no sabía de ti que no había cobertura.

¿Sabes quién es:https://www.google.es/search?q=beatriz+preciado?

Si no lo sabes, te envío una carta que le he escrito y que voy a
enviarle. Voy a corregirla que la escribí ayer y tengo que repasarla.

Mamá, dice abuela que la tita C. ha dicho que Papá ha dicho que
en septiembre cuando se jubile se viene aquí al pueblo, y abuela ha
dicho que “¿en qué casa se va a quedar?”

Bueno besos a las dos.

Érase una vez un penitente del espíritu
@ a todos todas y a nadie, por nosotros nosotras tenemos género y nadie no.

“… La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores;
y todo el pueblo que vimos en medio de ella, son hombres de grande estatura.
También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes;
y éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas; y así les parecíamos a ellos”
Números, 13, 32-33

1. Aquí está el penitente del espíritu. El relato de Jonás, el artista trabajando. El piso de José en Barcelona.

Érase una vez un penitente del espíritu. Hete aquí alguien hastiado de ver objetos ideales y que se inicia echándose a cuestas la penitencia, huye de lo sublime partiendo en un peregrinar hacia la decadencia, a través de lo feo y del asco, para buscar su nombre y encontrar así cosas humanas, y ¡ay!, demasiado humanas. Abanderando en la marcha el propósito de conocer mejor al hombre, a la mujer: a la humanidad. Y, también así, presenciar el secreto del alma.

Ahora sostenía en sus manos un ejemplar de bolsillo de “El exilio y el Reino” de A. Camus que había tomado prestado tres semanas de una biblioteca municipal. Aquella madrugada amanecería un viernes trece de noviembre en una urbe portuaria de la costa noroccidental del Mar Mediterráneo. Curioseando el índice, el penitente del espíritu comprendió que el librito no era una novela como en un primer término supuso, sino un compendio de relatos. Sopesando caprichosamente los títulos escogió el quinto: Jonás, el artista trabajando. Calibró su longitud, treinta y cuatro páginas de una tipografía enjuta y poco clara, muy económica. Una cita del Antiguo Testamento figuraba en la cabecera del relato: “Arrojadme al mar… porque yo soy el que atrae sobre vosotros la tempestad.” Jonás, I, 12. Le sedujo. Pensó, o más bien unos pensamientos pasaron por su mente, acerca de su vida de pobre, de su sempiterna querencia o vocación hacia el arte, la libertad y la verdad. Hacia la música y la escritura de aldea en rebeldía con la corte. Él, se dijo, prefería el verbo ostracismo al verbo exilio.

Pensó en otras trinidades posibles donde hubiera podido sostener su carácter, alternativas de ruta al devenir de su destino, y lo hacía mezclando lamento y responsabilidad y aceptación ajusticiado por el espejo en el grosor de sus carnes ya que más le reflejaba el cristal la escuálida figura del Quijote que la oronda del Sancho. Homólogamente había que cualificar el poder de sus capacidades crediticias y patrimoniales. De igual modo escuálido -de ahí emanaba su energía primordial- era el cuerpo de su deuda. Le habían salido al paso y había desechado trinidades como libertad, igualdad y fraternidad o patria, trabajo y familia o piedra, naturaleza y sol o padre, hijo y santo o unidad, amor y belleza o mercado, ejército y espectáculo… El cavilar que le ocupaba, desarrollándose, le prospeccionó a sí mismo según otras profesiones o especializaciones e imaginó y proyectó sobre ellas enmarcando y adaptando su rostro y su figura según las formas y noúmenos que les son propias. Parecía un director de teatro que nada más dispone de un único actor para interpretar todos los papeles que necesita en su obra. En verdad lo que producía este pensar era presentarle la distancia entre sus sosias, le esquematizaba el espectro de su potencia no consumada. Otros miasmas diferentes ahora le estarían resoplando y zozobrando su transitar y de otros grosores sería el calibre de sus músculos y sus cuentas de crédito y las escrituras que abajo firmase podrían incluso tener correlato en propiedades comerciales, urbanas o rurales en lugar de en hilos argumentales líricos: matemático e informático, pedagogo y maestro, filósofo y coach, astrónomo y cocinero, guerrero y torero, ingeniero y albañil, ludópata y ajedrecista… Interpretando el croquis, el penitente del espíritu obtenía una premisa. Forjaba, en logos fundido, un axioma. Un proposición afirmando que vivir bajo el influjo no de un viento sino de una rosa determinada provoca vidas, muertes y amores determinados. Y a los indeterminados, porque saliendo al paso no les dio camino, les llama sus sosias. Verbigracia, que azote tu fachada La Tramontana o lo haga el Ostro, o lo haga el viento de Poniente o el de Levante, o el Gregal o el Lebeche, o el Mistral o el Siroco siempre te mantiene en los vientos del mediterráneo, pétalos y tensiones entre ellos pero ¿no hay gran diferencia en vivir bajo otra rosa de los vientos de, por ejemplo, la cordillera del Riff o la falda del Himalaya o de la estepa siberiana o el cañón del colorado o la pampa argentina…? El penitente del espíritu agitó una mano tratando de desasirse del paraje de miasmas. Marcó la primera página del relato de Jonás doblándole la esquina y abandonó el libro sobre una mesa camilla ubicada en un rincón del salón.

Esta camilla era de aquellas redondas de metro y medio, de madera, con enaguas verde oliva y colgador para un periquito. Suspiró y mentó el nombre de Dios en vano. Profirió susurrando libelos y tacos primero, y pura glosolalia después, con el propósito de aflojar la pesadumbre de sus inquinas, convocar a las musas que regulan el cauce de las crénides y liberan estros fluyendo ladera abajo a los lagos. Preparándose para leer, para liberar esas dolencias suyas tan patognómicas y tan símbolo o causa de la trayectoria paupérrima que hasta entonces estaba llevando. Una cosa habría de significar semejante putrefacción y otra bien distinta la blancura del folio. Le parecía que lo oscuro de aquel mundo de miseria trepaba hasta este otro trepándole los harapos, calándose por ósmosis piel adentro y pacificándose y aglutinándose en la tinta negra con la que embrutecer, caligráficamente, el lienzo en blanco. Leer era escribir. Porque escribía lo que leía. “Carpe diem”, se dijo con la clara intención de sosegarse; como evidenciándose: “aquí, ahora estoy. Y eso: aprovecha el momento”.

Recordó, y lo acoló, el lema de un compadre apodado NosceTeIpsum, el principito. Decía: “Sé y Haz” porque lo esencial es invisible a los ojos.

Titubeó y, al fin, arrimó a la camilla una silla cuadrada, forrada con un sucedáneo de cuero amarillo y se sentó arremangando las enaguas sobre sus pantorrillas. “Carpe diem; sé, haz…”, repitió, y agregó: “¡vuela!”. Bajó los párpados unos instantes, enderezó su espalda contra el respaldo, hinchó su abdomen, pronunció concienzudamente la sílaba om, agarró el librito y se decidió a dar comienzo la lectura.

2. Leyendo en la mesa camilla y comenzando a escribir. Un Prólogo al libro del Génesis del Libro de Occidente, FSD. Vagamundos, mochila y, rara avis, reparo en el piso de José. Más miasmas porque la prosa y la poesía mantienen relaciones de elasticidad cuando el peregrino tiene la mochila en el umbral de una guarida.

Tras leer las primeras páginas del relato de Jonás, trasladó al suelo todo cuanto había en la camilla, cuidándose de memorizar la distribución original para luego recolocarlo. José, quien tuvo la amabilidad de entregarle las llaves de aquel piso, le había rogado una estancia aséptica. Que no modificara nada y borrara el rastro. Haciéndolo, le brotaron dos relampagueantes imágenes de una familia indígena, un joven y una jovena y su bebé, ella escoge la zancada cargando con el cachorro y él las sigue acarreando ramas borrando el rastro, en una frenética huida, la selva al sesgo, alejándose de la aldea internándose en lo profundo y hermético de la montaña, perseguidos por palatinos del cacique local que han arrendado los servicios de perros de presa y de rastreadores mercenarios nativos. Fugaz trueno termina con el destello y el penitente del espíritu bosteza con esfuerzo, de pié en el centro del salón, abrazando la inmensidad abriendo un brazo a siniestra y el otro a diestra. Mantiene la firmeza en el ámbito de Cronos, y sostiene en su percepción los veinticuatro usos horarios que convierten la esfera del planeta tierra en lonchas y fotografían su rotación diaria para situar la segunda de las indicaciones de José: que nada más habitara el piso durante las horas oscuras del día. Además, como límite a la hospitalidad, en ningún caso, más de tres noches seguidas. Habló de sedentarios y movimientos altermundistas. De lugar de paso y de zonas autónomas temporales. Denostó las palabras zulo, búnquer, picadero y otras parecidas… Esas eran las condiciones y muy agradecido el penitente del espíritu las aceptó.

De la mochila apoyada en la pared del recibidor sacó su cuaderno, un bolígrafo y una lata de bebida de jengibre. “¿Por dónde empezar? ¿Cuál es el principio?…” Se cuestionaba cavilando para sus adentros si lo idóneo para recibir la inspiración sería invocar a cuanto en él hubiera de divino y, no por el contrario, sino por complemento, convocar cuanto de animal tuviera. Delirio desde el panhomo hasta el homo sapientissimus u homo universalis (Wilber). Es decir, en términos alegóricos, dirimiendo si para mirar de ver venir el estro motriz, debía emplear tres ojos (como Shiva) o un ojo (como los cíclopes). “A lo mejor para esta ocasión…” -refutó en su fuero interno parafraseando a una poetisa judía y argentina- “… baste mirar con los dos ojos, con inocencia, como si no pasara nada”. Siendo esto último, que no pasa nada -corrobora quien narra- cierto. Escribir es una acción más energética que leer.

Falto de inercia, al azar, o a la causualidad, o, quizás, por prendimiento de Baraka, entrometió una uña en los pliegues de su cuaderno; lo abrió según la marca, leyendo seguidamente para sus adentros lo anotado en aquellas dos hojas. Era la transcripción literal de un texto iniciático insurgente e hipostático –la triple acotación es mía, insisto, de quien narra-, correspondiente a un prólogo de cierta edición del libro del Génesis, que él hubo releído aquella misma tarde -como se ampliará después- mientras aguardaba turno (ignorando, aún, que se hallaba en la cola para el tablero de José) en la plaza Cataluña:

«Lo ha dicho y lo ha escrito Roger Garaudy: Occidente es un accidente mortal para la humanidad. Si traigo aquí a colación, abriéndome de capa, este brillante y macabro retruécano es porque estoy de acuerdo con su contenido, por una parte, y – por otra – porque este contenido tiene, creo, mucho que ver con la dura, conflictiva, enigmática, anfibológica, terrible y temible obra que, sobrecogido, casi despavorido, me dispongo a prologar. Nunca mejor dicho: que Dios reparta suerte, y que algo de ésta me alcance también a mí. Sospecho, y ojalá me equivoque, que estoy violando un tabú.

»El Génesis es, para bien o para mal, el libro fundador de la historia de Occidente y, a rastras de ella, la matriz de casi todo lo que contiene nuestro actual Sistema de Valores Dominantes. No creo que quepa poner en duda esta afirmación: al trasluz de la primera parte del Pentateuco se ilumina (es un decir) y cobra sentido, o sinsentido, lo que hoy sucede en el mundo.

»Tendré que ser escueto. Mucho es lo que hay en este libro – punto de cruce entre las tres formas de pensar que distinguía Ortega: la mítica, la poética y la religiosa – y muchas son también, por lo tanto, las elucubraciones y apostillas que su lectura sugiere. Empecemos por cualquier parte sin ánimo de mencionarlas todas.»

Apartó de sí el manuscrito. Le parecieron oír los espavientos de un cerdo gruñendo e hilarando en plena matanza. Incluso su vista se cubrió de un grana sanguinoliento. Volteó las hojas del cuaderno retrocediendo a la última escrita y primera en blanco, aterrizó la punta del bolígrafo en el papel y anotó cuanto acabas de leer. Propinó un largo trago a la lata de refresco y trasladó de nuevo al relato de Jonás. Giró, ya escrita, aquélla página de su libreta, musitando, en esas, el cántico espiritual de San Juan de la Cruz del Esposo que le dice a la Esposa: “Debajo del manzano, / allí conmigo fuiste desposada; / allí te di la mano, / y fuiste reparada / donde tu madre fuera violada”. Tenía que continuar rellenando con sus escritura las hojas de aquella libreta. Y solamente por ello podía seguir viviendo, amando y muriendo. Eso y, además, seguir leyendo.

Transcurridas apenas cuatro horas desde su llegada al piso -podríase describir, por su desnudez, piso franco- gozaba ya de cierto confort y amparo; equiparable, este creciente sentimiento de arrobo y ágape, a un rehacerse de su círculo primordial y céntrico (del cual todas las demás capas o estadios de la personalidad –persona del griego, máskara- son concéntricos). Intimidad que el peregrino acoge en un recular del sol y los reinos vivos. A la reformulación de un cierto centímetro postrero de dignidad. Al ser yo solo de Miguel Hernández. “¡Lo que…” –exclamó agradecido porque curándose, aliviándosele la excentricidad, sanándose de la corrosión (descentre, fragmentación y ulterior disolución en la irrealidad) experimentada o padecida mediante y durante sus recientes penitencias azotado por la rosa de los vientos del mediterráneo, retornaba a la noción de sí mismo- “…no es poco!”. Pero ahora tenía que seguir escribiendo. Y leyendo.

Buscó una vela en su mochila y la trajo a la camilla. Encendió la mecha y vertió unas gotas de cera en la cavidad interna de media vieira que usaba de cenicero. Clavó la vela cerciorándose de fijarla. “¿Cómo abrir el sésamo?” –preguntábase. Tenía que escribir. Ahora que estaba leyendo el relato del artista trabajando, Jonás.

Le era menester hallar la forma. No tenía alternativa: un propicio viento en popa le obligaba a desplegar a tope la vela mayor: debía proseguir su tarea. Escatimarla le supondría, a su honor, incurrir en holgazanería. Sucedía que él había elegido enfrascarse en una imitatio Rimbaud. Significara lo que significase semejante pretensión ¡aceptaba el sufrimiento! y ¡no -iba a demostrarse-, no necesitaba escritorio! Embrujado por tal quimera, la de experimentar el mismo arquetipo -o interpretar otro tierno avatar- del místico (no mítico) escritor maldito, se juzgaba, azuzándose, conminado a aprovechar el tiempo. A ser y a hacer. A volar. Tenía que escribir. Había una ballena, se dice, blanca. ¿O tal vez había un toro blanco? Desde luego este penitente del espíritu no poseía cien cañones por banda en su bagel velero. Eso sí, su barquilla navegaba sola sobre las olas y ondeaba, en tela bruta y brochazo, carabela pirata. Si habían, como se dice, monstruo en alta mar, navegantes aguerridos, él se decía, caza le iban a dar.

Conectó como quien arranca un despertador de su timbrazo y acontece ipsofacto a la vigilia. Parafraseando la conseja que una vez hubo expresado Golum desde las profundidades del paradigma Tolkien, “Frías las manos y el corazón del viajero alejado de su región, no puede encontrar la vereda con el Sol escondido tras la Luna Muerta”. Tenía que entrar, sin más, el laberinto tiene infinidad de entradas aunque una sola salida.

Con ello, de las tres fases -conexión, sintonización y flujo- constituyentes del proceso de una sesión de lectoescritura, embarcando desde tierra rumbo alta mar, mediante y durante la cual experimentaría en la Verdad la Existencia de la Esencia (cabrá aclarar –te asegura quien narra- el constructo; cuyo acrónimo, por lo pronto, es V.E.E.) y con la intención, alcanzado ese estado o trance V.E.E., de cristalizar (en párrafos) lo que viera en su desempaquetamiento íntimo de la soledad, de las tres fases, sería la segunda la que ahora, cómodo y confortable: conexión correcta, pertocaría lidiar. “¡Así!” –susurró al aire- “¡dedo al dial!”. Tenía que escribir.

La madrugada se abriría paso sin interferir en la burbuja originada e hipocentrada en su concentración, como vagina -forzada metáfora, opina quien narra. En cualquier caso, se trata, interpreto, de solapar en una sola lectura el despliegue, sísmico, de las energías psíquicas, como mero busilis literario, correlatándolas con las homólogas telúricas de un remolino- de su, en proceso de erección y revolución, epicentrada voluntad. De sangre corazón tintero y de luz también el entrecejo. Contextualizando, mediante y durante esa liturgia, una porción de devenir, el florecimiento de su hic et nunc. El presente que en él se estaba sucediendo. A solas en el piso, ínterin vertical en la trayectoria horizontal de un peregrino. Tenía que escribir.

Debido a lo utópico de su propósito, y al eje vertical en que se aupaba, el medio habría de tomarse por el propio mensaje. El fin –o finalidad-, al igual que el futuro, desaparecía del horizonte y se enredaba reculando hasta sus mismísimos pies; lo mismo el pasado: se caía a una dimensión ex nihilo -es decir, como si jamás hubiese constituido precedente, sino, periférico, hubiese sido creado disociado y, por ello, ubicado en un universo independiente- de la dimensión actual. O sea abajo, significando el espacio de precipicio y abismo. Estableciéndose, tras ese quebrarse de la secuencialidad (al “rebelarse los recuerdos en la tierra de la memoria” y al “desaparecer el navío y la misma mar cuando el horizonte se ha comprimido”), la simultaneidad. Vale decir: su unicidad ecuánime entre su obra y su obrar. Y también valdría decir, la perspectiva del electricista trepado en la escalera arreglando la conexión del poste telefónico.

Todo propicio. Tenía que escribir. Caso de no bastar una madrugada y a pesar de que con la llegada del alba debería reempaquetarse –recoger los bártulos- y marchar (palabras de, y palabra dada a, José), tras el día podría regresar; y, si aún era necesario, disponía hasta de una tercera ocasión. Aquella circunstancia, la gracia de aquella provisional madriguera dentro de la ciudad, constituía una oportunidad para desplegarse, y escriexistirse, de cuyo albedo, metafórico y alopécico brillo, se diría, cegaría hasta a los invidentes. Ser escritor consistía en realizar la acción de escribir. No había prestigio ni mérito ni competición ni embudo alguno limitando convertirse en escritor. Igual que lector era todo quisqui que leía, escritor era quien escribía.

3. Le llaman spoilers a quienes desvelan el contenido de las películas o novelas. Spoiler del pecado original: el sexo y el árbol del la vida. Jugando al ajedrez con José en plaza Cataluña, junto al monumento a Francesc Macià.

Leyó entonces otro trecho del relato del artista trabajando. Prosiguió anotando en su libreta todo lo explicado hasta donde tú estás leyendo, luego, retrocediendo tres páginas, echó un ojo a lo que hubo escrito a vuelapluma aquella jornada al caer la tarde, justo después de conocer a José en la plaza Cataluña, a cuenta de la fruta prohibida y del mordisco original. Aunque pasó muchas dificultades para desentrañar la letra de su propio puño, tratándose en gran medida de escrito apócrifo (escritura automática mediante y durante), perseverante, y para entrar en materia, lo pasó a limpio, al hilo de ésta -que yo te explico y él entonces escribía sentado en la silla cuadrada, calentico so capa de las enaguas,- narración.

«Lo que voy a escribir se cuenta (aunque me permito el lujo de matizarlo a mi gusto) en la Autobiografía de un yogui de Paramahansa Yogananda. En él se expone lo que sería una interpretación hinduista (ortodoxa) del paraíso:
»El jardín del Edén es el ser humano y en él habitan el hombre, Adán, y la mujer, Eva. El hombre y la mujer representan el cerebro, el hemisferio izquierdo y derecho respectivamente, la razón y el sentimiento, la lógica y la intuición. En el centro del jardín están el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal.
»El árbol de la vida simboliza la inmortalidad y sería en el cuerpo humano la columna vertebral que daría vida a todos los demás árboles del jardín: las partes sensoriales del cuerpo. De todos los frutos de los árboles del jardín estaba permitido comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal, o sea, del sexo no estaba permitido. En la espina dorsal está enrollada la serpiente -kundalini- es decir, la energía sexual que es el más sutil y astuto de los animales del campo; el más costoso de vencer, en el que más fácil se cae bajo su influjo de entre todos los impulsos del cuerpo. Así Eva, la emoción, fue seducida por la serpiente. Y cuando la emoción está atrapada por la pulsión sexual, la razón, Adán, no puede resistir y cae detrás. Al comer del árbol de la ciencia del bien y del mal los ojos se abren (1) al mundo fenoménico, a maya, y por lo tanto a la ilusión de lo dual, a las distinciones de lo bueno y lo malo. Se cierra así el ojo único (2), se pierde la visión del tercer ojo, la del ojo de Shiva donde se asienta la consciencia de Dios, la omnisciencia, la consciencia de la inmortalidad; cayendo de este modo en la forma de reproducción animal y así en la muerte (3).
»La ley interior del ser humano sería la de restablecer esa consciencia, es decir (en cristiano), volver al jardín del Edén, o lo que es lo mismo (en pagano) a ser el que se es.
»(1) “Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron ceñidores” (Génesis 3.7)
»(2) “La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará luminoso; pero si tu ojo está malo, todo tu cuerpo estará a oscuras. Y, si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá!” (Mateo 6, 22-23)
»(3) “Respondió la mujer a la serpiente: Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte” (Gen 3,2-3)»
Se repiqueteó suavemente el entrecejo con el fastigio del bolígrafo. Realizó varias series de respiraciones abdominales en ocho tiempos y acometió el resto de la revisión del texto…
«Por lo dicho, el árbol de la ciencia del bien y del mal son los órganos sexuales, su fruto abre los ojos al mundo fenoménico. Cuando se prueba el fruto de este árbol se veta el del árbol de la vida, y cuando éste (se supone) se podía probar, el otro, el sexo, estaba prohibido. Siguiendo con el juego, y como dicen otros, en la vida de cualquiera, cuando se duerme podría decirse que estamos más cerca del inconsciente, atreviéndome a decir que se abre el ojo interno, intuitivo pero no nos percatamos. Así cuando despertamos del sueño, cuando abrimos los ojos perdemos la visión del ojo único. No en vano, hay quienes creen que teniendo sueños lúcidos y entrenándose en ello, después de la muerte, en el paso por el bardo, podremos mantener igualmente la consciencia, al menos lo suficiente para influir favorablemente en nuestra próxima reencarnación. (…) Bien, en esta cotidianidad, fuera del jardín del Edén y ya que tenemos abonado el terreno, sigo jugando, y pecando ahora de cientista se podría afirmar que la melatonina, la hormona que segrega la glándula pineal que se encuentra en el centro cerebral, sea un sucedáneo (cágate) del fruto del árbol de la vida. Y es que dicha glándula regula el ciclo circadiano y la melatonina segregada por ella en ciclos de 24 ó 25 horas induce al sueño, además de ser antioxidante combatiendo, según dicen, el envejecimiento. Y da la casualidad que la glándula pineal se encuentra a la altura del entrecejo, donde el tercer ojo.»
Apurando el último tercio de espiración, sin un grumo de oxígeno en los pulmones, al borde de la asfixia, como asomado en la cornisa de un abismo, se contuvo en silencio unos instantes, manteniendo el cuaderno abierto sobre la camilla, contemplando quedamente la sala en la que se hallaba. Le aconteció en la pantalla de la conciencia un retrato de José. Luego otro retrato más: el de Dorian Gray. Por libre asociación, le sucedió la imagen de un tablero de escaques, el mismo, junto al monumento a Francesc Masià, en plaza Cataluña, donde conoció a José.
El fortuito encuentro con su puntual benefactor se produjo trece horas antes. Había oído rumores de que en la plaza Cataluña de aquella ciudad se jugaba al ajedrez. Animado, pasado el mediodía, se dirigió a ella. Aunque la plaza era enorme y a esa hora aún no había nadie, pronto aparecieron varios jugadores junto a un curioso monumento, dos bloques de piedra trabajados para sacarle escalones, uno encajado sobre el otro. Tres hombres dispusieron sobre un murete sus tableros y, al tiempo, fueron aparecieron oponentes y otros tableros. Pronto hubo más jugadores que puestos y se comenzó a jugar a quien gana se queda. Las partidas iban sucediéndose con la velocidad de los caracoles, pianíssimo. Sólo, muy de vez en cuando, alguna pareja protagonizaba uno o dos compases en alegreto, toma y daca, acción reacción. Pero, por lo general, los movimientos llegaban con cuenta gotas. Ritmo muy opuesto al frenético tránsito de vehículos y peatones enrededor. Él, de pié con un libro abierto en una mano, apoyado contra el murete, justo antes de conocer a José, echaba un ojo a las partidas y el otro al cierto Prólogo al libro del Génesis: Prólogo al Prólogo de la Historia del Mundo, -el mismo que hemos citado antes- donde se decía:

»Quienes en la décima centuria anterior a Cristo se aplicaron a la tarea de recoger los mitos genesíacos de Mesopotamia, Canaán (que luego sería Palestina) y Egipto con el propósito de sacarlos del cauce de la tradición oral incrustados en la escrita ignoraban que con el correr del tiempo los localismos y particularismos así cosechados llegarían a ser mitologemas generales del mundo occidental y, en menor medida, de las ramificaciones de éste en otros escenarios y latitudes del planeta.

»Surge ahí mi primera acotación: el Génesis no responde ni por asomo a las tres preguntas clásicas sobre la condición humana (quiénes somos, adónde vamos y de dónde venimos) en su vertiente ecuménica, sino – todo lo más – al enigma y problema de los orígenes y postrimerías del hombre oriundo del territorio delimitado por las tres zonas del Próximo Oriente a las que me he referido en el párrafo anterior.

»Del mismo modo, y por las mismas razones, el elenco de los patriarcas citados en el texto bíblico no alude ni quiere aludir a la estirpe primigenia del género humano, sino al linaje ancestral de los pueblos establecidos en dichas zonas.

»La mitología del Génesis, por lo tanto, no es universal en su origen, aunque luego lo sea en su desarrollo, estrictamente local, y en esa contradicción, que lo es de a puño, hunde sus raíces en el principal casus belli desencadenado por la obra en cuestión. El fascismo brota – me dijo hace ya mucho tiempo Jean-François Revel, y yo le abono la sentencia – cuando y donde uno o varios mitos locales se transforman, por la razón que sea, en mitos universales. Y eso es precisamente lo que ha sucedido – por la razón que sea, sí, pero no es éste el momento de ponerse a buscarla – en el caso del libro que nos ocupa.

»Lo dicho, aun siendo grave, no es lo único ni lo peor que podría decirse. A ver si atino a explicarlo (y a explicarme) en las pocas páginas que esta edición de bolsillo me consiente.

»El hombre occidental lanza, primero, la piedra a la que acabo de aludir y después, por si el desastre desencadenado de esa forma no bastara, la escamotea. Quiero decir que el implume y arrogante bípedo judeocristiano, no contento con la manipulación descrita (la de elevar el mito adánico y edénico, y cuánto de él se deriva, a verdad de fe casi ecuménica), renuncia luego – al hilo del siglo XVIII y de las dos centurias sucesivas – a la visión sagrada del universo, de la naturaleza y del devenir histórico, y la sustituye, a mayor gloria de la diosa Razón y de la supuesta Ilustración que de ella se deriva, por el ateísmo, el cartesianismo, el cientifismo, el mecanicismo, el materialismo, el economicismo y el brutal igualitarismo que constituyen las siete principales patas de banco del sistema ideológico y filosófico hoy vigente en la mayor parte del diablo mundo. Y eso, amigos, equivalía – equivale – a dejar compuestos y sin novia (o viceversa) a todos los cristianitos y cristianitas occidentales u orientales que de grado o por fuerza habían caído en la trampa del discurso dominante anterior a la Revolución francesa.

»Asunto – este último – verdaderamente grave, por no decir gravísimo. Joseph Campbell, cuya autoridad en tales temas es prácticamente indiscutible (y, de hecho, nadie que yo conozca la discute), ha demostrado hasta la saciedad que los niños y los adolescentes no pueden crecer y desarrollarse de forma equilibrada y salutífera sin el concurso del aprendizaje de una historia sagrada – cualesquiera que ésta sea – que les suministre pautas lógicas y estéticas envueltas en el celofán de la mitología. Y ello porque sólo los mitos poseen de cara a nuestros ojos – los ojos de la niñez y de la adolescencia. Luego cambia la cosa, aunque no siempre – el prestigio, la respetabilidad, la autoridad, la verosimilitud psicológica y el alcance conferidos por la batuta mágica de los Orígenes y la no menos mágica e hipotética virtud de la legendaria Edad de Oro.

»Y así, cuando la falsilla de la historia sagrada se desvanece, huérfanos todos y abandonados sin gobernalle a la deriva, los niños, los mozos y los adultos con síndrome de Peter Pan se desvertebran, dan tumbos y palos de ciego, se agarran a lo que pueden, colocan en el pedestal de los héroes y semidioses defenestrados a los abyectos e inanes idolillos sin dimensión moral ni cultural que el entorno le propone – Hitler, Stalin, el Che, Michael Jackson, Schwarzeneger, Maradona, los Rolling Stones o Lady Di, verbigracia – y acomodan o intentan acomodar su conducta a la conducta, por disparatada que sea, de tales mamarrachos con las deplorables consecuencias que todos conocemos y, por lo general, lamentamos. Apunto, huelga decirlo, a ese leimotiv de las tres últimas décadas que hemos dado en bautizar con el certero remoquete de pérdida de valores. En ello andamos, y así nos va.

»También sobra aclarar que cuando menciono la historia sagrada no me estoy refiriendo únicamente a la bíblica, sino a todos los grandes y pequeños sistemas mitológicos de todas las pequeñas y grandes culturas. Lo mismo me dan Noé o Job, pongo por caso, que Aquiles o Quetzalcoalt. Y si lo digo es porque la metódica e implacable destrucción de illud tempus – el érase una vez – y del espacio sacramental no se ha producido sólo intramuros del cristianismo, sino que alcanza ya de lleno, aunque con menor intensidad, a otros ámbitos geográficos, étnicos, religiosos e históricos.»

No pudo terminar la lectura del texto, más tarde lo haría. Uno de los anfitriones le alzó la mano y le invitó a sentarse. Cerró el librito y se lo metió en la mochila. No dudó aceptar, estrechándosela con gentileza plantó sus posaderas en la piedra. Colocó sus fichas. Buscó en el bolsillito exterior de la mochila sus propias damas e hizo un gesto rápido mostrándoselas a su oponente, este esbozó una sonrisa y él llevo la pieza blanca al tablero y la sustituyó. Abrió de peón dama y José le dio la réplica. La apertura alcanzó su punto álgido cuando se planteó un gambito de dama… Fue en la mitad de la tercera partida cuando su oponente le preguntó: “¿Tienes donde dormir?”

Hubo finalizado la lectura del quinto párrafo del relato y Jonás, el artista trabajando de Camus o, quizás, el Jonás mitológico que será zampado por una ballena comenzaba a perfilarse en su cognición, bebió de la lata un trago de jengibre, localizando en la mosquitera de su mochila un juego de cartas de tarot marsellés. Aparte de la camilla y un sofá situado en el otro extremo, el suelo estaba completamente libre. Barajó la baraja y dispuso las cartas boca arriba, formando un cuadrado sobre las baldosas en el centro del rectángulo. El tiempo transcurría, al menos a su percepción, inusitadamente veloz. Retiró los naipes de los arcanos menores, quedaron en el suelo las figuras, los cuatros ases y los veintidós arcanos mayores. Solitario, sujeto con cuatro cellos en una pared lateral, había un póster en blanco y negro. Se entretuvo en enfocar la mirada esparciéndola sobre su superficie. Figuraba la base de un árbol viejo y vetusto y una pequeña obertura en él a modo de madriguera. A la izquierda, en la esquina inferior, una caligrafía blanca y redondita inquiría: “¿Crees en la magia?”. Apartó la mirada.

4. Magia del caos tras las cartas del Tarot. José ofrece las llaves. Una empresa de servicios informáticos se zampa a Jonás y después le escupe. Encuentra un equipo de audio en un cuarto del piso y suena su música.

Escribió cuanto precede desde que indiqué haberlo hecho la última vez. Por toda respuesta a la cuestión del póster, esbozó una cadena de libres asociaciones, según: “esencia: aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas. Lo más importante y característico de una cosa. / unidad: propiedad de todo ser, en virtud de la cual no puede dividirse sin que su esencia se destruya o altere; el concepto de unidad, como convención cultural de diccionario, parece independiente de abstracciones numéricas, estando íntimamente relacionado con el concepto de esencia, en cuanto a lo permanente e invariable. / permanecer: mantenerse sin mutación en un mismo lugar, estado o calidad. / Invariable: que no varía o no puede variar. Estar en algún sitio durante cierto tiempo. / variar: hacer que una cosa sea diferente en algo de lo que antes era. Dicho de una cosa: Cambiar de forma, propiedad o estado. Parece que el concepto de permanencia está ligado al de movimiento y tiempo. / mover: hacer que un cuerpo deje el lugar o espacio que ocupa y pase a ocupar otro. / Tiempo: magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro”. Entonces, a saber por qué capricho, consideró una idea, y la plasmó en la libreta; y esa idea le llevó a otra y así hasta tres veces: “idea 1: es el pensamiento, entendido como movimiento neurológico del sistema nervioso, el que crea el tiempo: movimiento = tiempo; pensamiento = conciencia de yo = yo; atención. Ahora viene cuando la matan…
Monismo: concepción común a todos los sistemas filosóficos que tratan de reducir los seres y fenómenos del universo a una idea o sustancia única, de la cual derivan y con la cual se identifican.
Dualismo: doctrina filosófica que explica el origen y naturaleza del universo por la acción de dos esencias o principios diversos y contrarios.
Dualidad: Existencia de dos caracteres o fenómenos distintos en una misma persona o en un mismo estado de cosas.
Pues, Monismo y dualismo hacen referencia a dos sustancias o esencias: mente y materia; el monismo dice que ambas comparten la misma esencia; el dualismo dice que son dos esencias separadas.
Idea 2: el pensamiento, en cuanto dualista, es el que segrega la realidad y crea la noción de divisibilidad.
Idea 3: ¿Es posible la esencia sin la no esencia? monismo: sí; dualismo: no. Estamos condicionados. En cuanto pensamos, dividimos. En cuanto dividimos, la cagamos. El anterior enunciado no es cognoscible ni demostrable, ni esencialmente verdadero o falso. En todo caso, podrá ser aprehendido, no en lo intelectual, sino como idea en sí mediante lo intuitivo. Pensamos (movemos el pensamiento, creamos la idea de tiempo) que debemos llegar a ser, cuando ya somos.” De nuevo se alzó y volvió a las cartas. De cuclillas, las resituó para eliminar los huecos dejados por los arcanos menores. Cuando hubo completado el rectángulo, siete por seis, procedió a leer el siguiente párrafo del relato de Jonás.

“Tras la catedral…” –había respondido a José antes de mover su caballo rey- “… hay un jardincito muy poco concurrido, allí me recostaré sobre la mochila.” Recordó el extraño silencio con que su oponente acogió la respuesta. Quizás se hallara sumido en escoger el siguiente movimiento, o quizás, como al final resultó, estaba dirimiendo si fiarse de él. “Bueno…” -musitó al fin José escogiendo un peón para evitar el avance del caballo- “… bueno…”, y ahí se quedó el tema. Cuando nuevamente su rey cayó en jaque mate, José extrajo del bolsillo interior de su chaqueta las llaves del piso, “¿cuánto te quedarás en Barcelona?” -le preguntó ofreciéndoselas.- “No lo sé…, aquí, allá, ¿qué más da? Donde están mis zapatos…”. Ahuyentó estos pensamientos con un espaviento y leyó el siguiente párrafo del relato del artista trabajando.

El frío se hacía notar, especialmente en su tobillo derecho. Un lustro atrás, cuando regresaba a casa en su motocicleta, tras visitar a un cliente, se había estampado de mala manera. Fractura abierta de tibia y peroné hecho añicos. Desde entonces andaba con un termómetro, cinco clavos de titanio, en la pierna. Lo que podría haber tomado como un revés de la fortuna, se convirtió en el punto y final de una vida, o de una época de su vida. Y había dado lugar al comienzo de otra. Atrás quedó el maletín y la corbata, las tarjetas de visitas y los preproyectos, los proyectos y los postproyectos. Cuando salió del hospital, con la musculatura sensiblemente menguada, y comprobó que la rehabilitación en el centro kinésico asignado le acabaría por hundir, decidió rescindir su contrato social. Canceló sus cuentas bancarias, envió correos a todos sus clientes anunciando el fin de sus servicios y las vías de sustitución a que deberían de acogerse, dio de baja su línea telefónica y el resto de sus suministros. Vía postal, notificó su decisión a las personas allegadas estrictamente necesarias. Armó su mochila, se deshizo de sus pocas posesiones y se arrojó a la calle. Todo este proceso le costó a penas medio año, pero, en verdad, las raíces del cambio se hundían mucho más atrás, impidiendo durante ese tiempo que nuevos lazos, o al menos, la menor cantidad indispensables, se le atasen; y cuando lo hubo completado, asumió, sin más, que había cerrado una puerta. Quizás irremisiblemente. Su vida como animal sedentario, al menos en un futuro próximo, había concluido. Entraba en la cuarta de sus décadas. Una sinapsis familiar le vinculaba, como se relacionan ciertas canciones con determinados momentos de nuestra vida, a una piececilla de Baroja que se hubo aprendido de memoria en las postrimerías de ese despegadizo período y que, del libro El Árbol de la Ciencia, correspondía a uno de los diálogos de Andrés Hurtado con su tío Iturrioz: “-Sí. […] Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla, algo como para el caminante detenerse y sentarse a la sombra de un árbol, algo como penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estúpida, sin emociones, sin accidentes, al menos aquí, y creo que en todas partes, y el pensamiento se llena de terrores como compensación a la esterilidad emocional de la existencia. […]

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p style=”text-align:justify;”>El individuo sano, vivo, fuerte, no ve las cosas como son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean, vive más y con más intensidad que los otros.
[…] La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averiguación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que es necesaria para la vida. ¿Se ríe usted?
-Sí, me río, porque eso que tú expones con palabras del día dicho está nada menos que en la Biblia.
-¡Bah! 
-Sí, en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del Paraíso había dos árboles: el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. ¿Y tú sabes lo que le dijo Dios a Adán?
-No lo recuerdo, la verdad.
-Pues al tenerle a Adán delante, le dijo: “Puedes comer todos los frutos del jardín; pero cuidado con el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas su fruto morirás de muerte.” Y Dios, seguramente, añadió: “Comed del árbol de la vida, sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia a mejorar que os destruirá”. Un escalofrío, que disolvía de su mente estos recuerdos, acabó por decidirse a prender el periquito del interior de la camilla. Se acomodó vigilando que las enaguas no tocaran la tela, escribió este párrafo, afirmó -mirando de nuevo el póster en la pared- “Sí, creo.” Retomando seguidamente el relato de Jonás.

Alzó la vista del libro. Masajeándose el cuello reparó en una puerta de cristales y decidió adentrarse por el pasillo que salía de la sala. Encontró un pequeño lavabo y cuatro puertas blancas contiguas cerradas. Escogió la primera, con cuidado, la abrió. Una estancia muy estrecha y profunda guardaba, al estilo de un trastero, enormes bultos cubiertos con sábanas y trapos. Haría diez metros por dos de ancho. Con sumo tiento indagó bajo las telas. Descubriendo antiguo mobiliario, supuestamente del propio piso. Aproximadamente en la mitad, encontró un carrito metálico de varios estantes, con un televisor viejo, unos altavoces, un video y un equipo de audio. Dudó unos instantes. ¿Cuánto hacía que no oía su música? Cargó con los bafles hasta la sala, luego fue a por el equipo de música y lo situó todo en el sofá. En su mochila llevaba los últimos cds que había grabado con sus composiciones, baterías y samplers, creados con software, y líneas de guitarra y bajo grabadas con su instrumento y un simulador de amplificador conectado a la tarjeta de sonido del PC. Estaba ansioso y nervioso. Comprobó que las conexiones funcionaban, ajustó el volumen al mínimo, cargó el primero de los cds y presionó play. Aquella música, creada en otro estadio de su vida, apareció de nuevo proyectada desde los altavoces. Le reconfortó al tiempo que un impulso melancólico le abatió. Tarareando las notas, agitó, como relajando, sus hombros y regresó a la camilla. Meditó un instante, luego bostezó empalmando un bajo y poderoso aum… Pensó en la manzana, los árboles –o el árbol- de la Ciencia y de la Vida… y, por libre asociación, musitó: “Verosimilitud, pero no verdad. Apariencia de libertad, pero no libertad. Gracias a estos dos frutos, el árbol de la ciencia no corre el peligro de que lo confundan con el árbol de la vida.” Nietzsche dixit. Tomó de nuevo el libro, y prosiguió leyendo. Luego escribió, palabra por palabra, lo dicho hasta esta línea.

5. El peregrino y el hospitalero. Pausa en la travesía, principio y omega. Caos matricial y aventuras de orden.

No conseguía conectar con el instante. Tantos meses vagamundeando le creaban la sensación de haber perdido el hábito de escribir y, con él, a la propia escritura. Igual como se pierde la fluidez si no se practica asiduamente en el tablero. ¿Qué esperaba despreciando, cuando la tuvo, la costumbre? ¿Por qué entonces no aprovechó, cuando poseía un escritorio? Todas aquellas trinidades que salían al paso y él desechaba. Estudio del perdón y el retroceso. Recordó un aforismo: “Si no te subes al carro, tendrás que empujarlo.” Ahora, no sólo el carro había pasado de largo sino que incluso la polvareda ya se había asentado. Recordó, providencialmente, que había dejado pendiente la lectura del prólogo al Génesis cuando José le convidó a sentarse a jugar. Localizó el libro en su mochila y, para concentrarse, devoró el resto: «Urge, pues, regresar cuanto antes al estudio, enseñanza y narración de los mitos – casi todos épicos – de los Orígenes como mejor (si no único) sistema capaz de detener o, por lo menos, contener la arrolladora ascensión de la barbarie. De ahí que, pese a todo, me atreva a prologar, avalar y recomendar urbi et orbi la lectura – peligrosísima, arriesgadísima – del libro o, más bien, bomba de relojería que ahora tienes, compañero de aventuras bíblicas, entre tus trémulas manos. ¡Al toro de Yavé, y que tu buena estrella, si la tienes, te ampare!
» Pero seguramente, en el ínterin, te estarás, lector, preguntando el porqué de ese pese a todo que tan mal casa, en principio, con la obligación de encomio y la servidumbre hagiográfica que teóricamente se le suponen a un prologuista. Motivos, desde luego, no me faltan. Incluso diría que me sobran. Hay, de hecho, en el Génesis, un borboteo, una efervescencia de mejunjes y de aromas que resultan, como mínimo, altamente problemáticos – cuando no francamente turbadores – a la luz de lo que está ocurriendo en el mundo y a la vuelta de la próxima esquina. Son los que a renglón seguido enumero…
» 1.- El pecado original. ¿A quién, a qué demente, pudo ocurrírsele tamaño dislate, el mayor y el peor, el más dañino, seguramente, de toda la historia humana? Ser occidental significa nacer culpable, sucio, andrajoso, marcado por un estigma del que sólo redime el sufrimiento. Cualquier barbaridad es, a partir de ahí, no sólo posible, sino también probable y hasta inevitable. Los niños orientales son inocentes antes del parto, durante el parto y después del parto. ¡Quién hubiera nacido allende el Bósforo!
» 2.- El dualismo (y, tras él, el maniqueísmo, la guerra permanente, las sinrazones de la competitividad y la agresividad frente a las altas razones y las suaves maneras de la complementariedad). Quienes no son judeocristianos y musulmanes creen, por el contrario, que sólo existe una materia, una sustancia, una energía, y que – por ello – el bien y el mal, Dios y el Diablo, son anverso y reverso inseparables de la misma moneda.
» 3.- El trágala de la existencia de una divinidad antropomórfica que un mal día creó al hombre a su imagen y semejanza. De ello se deduce que, por ser como dioses, todo nos está permitido. Al resto de la creación, si se me tolera el exabrupto, que le den por saco.
» 4.- Los desastres ecológicos, lógica consecuencia de lo inmediatamente anterior. Poseed y dominad la Tierra, dijo Yahvéh. Y fue la lluvia ácida, el mercurio de los peces, el recalentamiento del planeta, el bradiseísmo, la desbandada del ozono, Chernóbil, el lago Aral, Mururoa, Doñana, Hiroshima, Nagasaki…
» 5.- La explosión demográfica. Se nos conminó a que creciéramos y nos multiplicáramos. Lo hemos hecho.
» 6.- El machismo. Varones y mujeres según Yavé y sus portavoces, no tienen el mismo origen ni están al mismo nivel. El yang – lo masculino – viene del aliento y las manos de Dios. El yin – lo femenino – es materia inerte formada a partir de una costilla.
» 7.- El racismo. Abraham (y, más tarde, Moisés) sellan una alianza que excluye a todo aquel que no haya nacido de madre judía. Sin comentarios.
» 8.- Y, por la brecha del racismo, el feroz corolario del militarismo, del imperialismo, del colonialismo, de todo lo que hoy se esconde bajo la tapadera del american way of life.
» 9.- La esclavitud del trabajo entendido como fin, y no como medio. ¿Por qué diantre, además, tenemos que ganarnos el sustento con el sudor de la frente? Jesús arregló un poco las cosas en el sermón de la montaña, pero luego volvieron a desarreglarlas Lutero, Calvino y Franklin
» 10.- Y, ya puestos, aunque en otro orden de asuntos, ¿por qué rayos hay que parir con dolor cuando nada, en la naturaleza, así lo establece?
» 11.- El odio entre hermanos. ¡Figurémonos entre quienes no lo son!
» 12.- La idolatría, el fetichismo, la superstición, el Becerro de Oro…
» 13.- Last but not least: la tosquedad filosófica del monoteísmo (dios de raza) frente al refinamiento social y cultural del politeísmo (dioses de función). O lo que tanto monta: el dogmatismo, la creencia de que existe una verdad absoluta, el arrogante vicio de despreciar cuanto se ignora, la transculturación. »
Cerrando el librito y guardándolo, tomó aplomo. Aquel refugio le reparaba de la intemperie. De su lento corroer de la dignidad. La música, su música, cubría, delicadamente, el ambiente. El tarot, desplegado en el suelo, le protegía y le anclaba el alma a la tierra. La bebida de jengibre le aportaba un brío que ya comenzaba a surgir efecto. Las tornas giraban. El relato de Jonás le abría un mundo imaginario que lentamente avanzaba remontándole, viento en popa a toda vela, al avance de la madrugada. El calor bajo las enaguas le disolvía la contracción en el tobillo y le masajeaba las piernas. La vela proyectaba una luz que dibujaba sombras que se iban moviendo sobre las hojas de la libreta a medida que sus bolígrafo cimbreaba la camilla y que le apaciguaba la sensación de vacío. Pero, entonces resurgió la cuestión central, ¿qué pretendía hacer? ¿cuál era su tarea? Escribir qué. Hojeó con desgana su libreta. Le llamó la atención dos entradas de diccionario transcritas en una hoja con las esquinas roídas:

Consciencia. 
(Del lat. conscientia).
1. f. conciencia. 
2. f. Conocimiento inmediato que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones. 
3. f. Capacidad de los seres humanos de verse y reconocerse a sí mismos y de juzgar sobre esa visión y reconocimiento.
Conciencia. 
(Del lat. conscientia, y este calco del gr.).
1. f. Propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta. 
2. f. Conocimiento interior del bien y del mal. 
3. f. Conocimiento reflexivo de las cosas. 
4. f. Actividad mental a la que solo puede tener acceso el propio sujeto. 
5. f. Psicol. Acto psíquico por el que un sujeto se percibe a sí mismo en el mundo.

¿Hubiese sido preferible, en términos de estabilidad emocional, no aceptar el ofrecimiento de José? Se trasladó mentalmente al jardincito que había encontrado tras la catedral. Quizás si estuviese allí ahora, en lugar de en aquel piso, esta duda no le aparecería. ¿Su tarea? El frío, el miedo a ser asaltado en plena noche ocuparía su pensamiento de hallarse en el jardín. Pero no, estaba, increíblemente cómodo, seguro, a reparo. Después, cuando le hubo cogido las llaves y mostrado su agradecimiento, se enfrascaron en una de esas discusiones sobre lo humano y lo divino. José, haciéndose eco de Schopenhauer, había dicho: “Todos los acontecimientos de la vida del hombre guardarían entre sí dos clases de conexión fundamentalmente distintas: la primera sería la conexión objetiva y causal del proceso natural; la segunda la conexión subjetiva, existente sólo en relación con el individuo que la vivencia y tan subjetiva como los propios sueños de éste … El que ambas clases de conexiones existan simultáneamente y que un mismo suceso, como eslabón de dos cadenas completamente distintas, encaje a la perfección, de modo que el destino de un individuo invariablemente se ajusta con el destino del otro, siendo cada cual el protagonista de su propio drama y al mismo tiempo personaje en el drama ajeno -eso es cosa que excede con mucho nuestra capacidad de comprensión y sólo puede concebirse como posible en virtud de la más admirable armonía preestablecida”. Y, acordaba, no le faltaba razón. Tenía, entonces, que aprovechar la oportunidad y continuar su tarea. Pero, ¿cuál tarea? Cuando hubo anotado todo esto en su libreta, tomó el libro de Camus y prosiguió leyendo.
Por un momento se admiró de la velocidad con la que el autor construía, para él, lector, la vida de Jonás. Louise, el apartamento en el bajo del antiguo hotel, sus tres hijos. Sus nuevos amigos y sus visitas. En apenas once páginas, de la ochenta y siete a la noventa y ocho, el escritor había desplegado varios años de las peripecias del pintor y los suyos. Repasó las páginas que él llevaba escritas en su libreta; sonrió decepcionado: todavía no había ni siquiera enunciado su propósito, la intención de su escrito. Soltó el bolígrafo y se alzó. Aquella sala también tenía los techos muy altos y carecían de cortinas y persianas los dos amplios ventanales. Afuera la oscuridad eléctrica de la ciudad dormía y negaba el paisaje. Cogió un cojín del sofá, lo echó al suelo, junto a las cartas del tarot. Insatisfecho, con lentitud, prestando atención a la música, su música, las recogió en un mazo y se dedicó a ordenarlas. Mientras trataba de crear su propio orden y de transportarse a un estado de conciencia idóneo, dio en trasladar su intención, por el momento poco concreta, desde las palabras a los números. Simplificando el problema, estimó, facilitaría el éxito. “Así…” –se planteó- “… ¿cuál es el principio anterior al verbo? ¿Los sistemas de numeración?” Afianzado en su intentona, empuñó presto el bolígrafo:”Por ejemplo, el que nos parece más evidente (base 10) que surge simplemente de la forma de contar (los diez dedos de las manos). Otras culturas emplearon otras bases, y exactamente con el mismo principio. Una base empleada en la antigüedad fue el 5 (los dedos de una mano) la cual puede resultar extraña desde nuestro punto de vista, pero a la hora de contar con las 2 manos… permite llegar a 25 (5 x 5, en contra del tope de 10 del nuestro). De igual forma existió otra forma, cuyo origen, parece ser tiene otra metodología de contar con los dedos, es la base 12 (el pulgar para contar, y cada parte comprendida entre articulaciones del dedo, en cada dedo 3, 3×4 =12) este sistema derivó en el base 60 (una mano para unidades y la otra para contabilizar las veces que se llega a 12 (12 x 5 =60) … este sistema en principio tan curioso es uno de los más empleados pues de la cultura que lo desarrolló conservamos la forma de medir el TIEMPO (el reloj está dividido en 12 horas, cada hora en 60 minutos etc…). No,…” –se paró en seco- “… los números no son más que una convención, un instrumento”. Dispuso en tres filas los cuatro ases y las cuatro veces cuatro figuras. Primero oros, luego copas, espadas y al final bastos. En el resto de filas los veintidós arcanos Mayores. Mientras situaba las cartas se esforzaba en descubrir su tarea. O tan siquiera recordarla. Una cadena, eslabones de libre asociación, le surgía a razón de una palabra por carta colocada: “dios: ser supremo que en las religiones monoteístas es considerado hacedor del universo. / Hacedor: Que hace, causa o ejecuta algo. Se aplica especialmente a Dios, ya con algún calificativo, como el Supremo Hacedor, ya sin ninguno, como el Hacedor. / causar: ser causa, razón y motivo de que suceda algo. / Supremo: que no tiene superior en su línea. Superior: que excede a otras cosas en virtud, vigor o prendas, y así se particulariza entre ellas. / Universo: mundo. / Mundo: conjunto de todas las cosas creadas. / crear: producir algo de la nada. / Nada: no ser, o carencia absoluta de todo ser. / Algo: designa lo que no se quiere o no se puede nombrar. Denota cantidad indeterminada, grande o pequeña, especialmente lo segundo, considerada a veces en absoluto y a veces en relación a otra cantidad mayor o a la totalidad de la cual forma parte. / Cosa: todo lo que tiene entidad, ya sea corporal o espiritual, natural o artificial, real o abstracta. / Todo: que se toma o se comprende enteramente en la entidad o en el número. / uno: que no está dividido en sí mismo / infinito: que no tiene ni puede tener fin ni término. / Panteísmo: sistema de quienes creen que la totalidad del universo es el único Dios”. Se afanaba, jugando con los cartoncitos, en encontrar un hilo que trazar en la libreta. Obligábase a circunscribirse en su tarea; debía aprovechar aquella oportunidad, aquella situación privilegiada… “dios = hacedor = superior = causa = todo = universo = mundo = uno = infinito = panteísmo.” Se sentía arropado más allá de la burbuja o membrana pegada a su piel; protegido por el hormigón, debía levantar en aquel instante un círculo mágico. Aprovechar la asepsia de aquellas paredes para conjurar, o conjurarse. Todo, se dijo, es empezar… “Juan 1: – 1 En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. / 2 Ella estaba en el principio con Dios.” y “Juan 1:14 – Y el Verbo se hizo carne. Y habitó entre nosotros”. Decidió modificar la estructura del cuadro y partió en tres: cinco filas de cuatro cartas por un lado, dos de diez por otro y el Loco y al Mundo emparejados en cruz entre medio. Levantó entre sus manos el arcano diecisiete, la Estrella. Lo sostuvo unos instantes ante su mirada. Imaginactivamente, la estrella dibujada en la carta le tomó volumen desprendiéndose de la tinta y, centelleante, comenzó a trasladarse hacia el fondo. No pudo evitar anticiparse a la anunciación de aquella alucinación visual. Comenzaba a conocerse. Cristo no tardaría en presentarse. La estrella le conduciría al pesebre donde habría de nacer el hombre que habría de dar lugar a nuestra era, la del pez. Pero, ya digo, perro viejo, duraba ya su camino en las angosturas de su nosce te ipsum y quiso impedir la inercia que fuerza a desviarse, abandonando el propio camino, -igual como los hombres occidentales, en masa, fueron desviados por la via antiqui- al camino trillado, el marcado. No pudo, sin embargo, frenar la potencia de su imaginacción. Jesús, de todos modos, habría de aparecer en aquel piso. Simplemente, por su treta defensiva, le rebotó el pensamiento del Cristo lejos del madero y de las piedras donde se cimentaron las Iglesias, saliendo disparado del código en los centros cosmopolitas hacia las liminares zonas subterráneas de la periferia; describió en su cuaderno la dirección del vector de movimiento de su pensamiento “hacia los posibles viajes de Jesús a Egipto (Akhenatón “el Hereje”, también conocido como Amenofis IV, hacia el 1350 a.C. , Faraón de la XVIII dinastía es el primer Faraón que rompe con el mito de la “Trinidad” de Ra – Amón – Horus, instaura por primera vez en la Historia el monoteísmo, el culto a Atón o el disco solar. Casualmente, contemporáneo de Moisés. Bueno, se conocieran e influyeran el uno sobre el otro o no, quién sabe, algunos van tan lejos como para afirmar que Akhenatón y Moisés son la misma figura…) y la India y su especulada muerte tras difundir su particular filosofía en la región que hoy se conoce como Kashemira.” La última de sus canciones sonaba en el Cd. Aguardó con la mirada fija en la carta 17 a que concluyera la reproducción de la canción; entonces la encajó bocabajo en la posición de donde la tomó. ¿Cuál era su lugar en el mundo? Aquella era una nueva pregunta que se sumaba a la de ¿cuál era su tarea? Extrajo otro Cd de su mochila, el lp de Iron Maiden titulado “el número de la bestia”. Lo entró en el cajetín del reproductor guardando el saliente en la mochila. Sentóse acomodando las enaguas en las pantorrillas. Anotó en su libreta todo esto que he explicado y prosiguió leyendo el relato de Jonás. Le imaginó pintando, conversando con sus discípulos. Y le imaginó orgulloso de no masticar azúcar ni comer chocolate. Entonces apagó el fluorescente y la estancia quedó reducida a la camilla iluminada tenuemente por la llama de la vela.

6. Traigo tres heridas, tres heridas traigo. La del amor, la de la vida, la de la muerte. Rescindido un contrato social, ostracismo de salón t.a.z. De Poeta informático a poeta vagamundos: “perito en ríos” y “quien le vio y quien le ve…”

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p style=”text-align:justify;”>Al tiempo que estallaban dos preguntas, dos burbujas, dos miasmas en su cabeza “¿Cuál era su tarea? ¿cuál su lugar en el mundo?”, la guitarra distorsionada de “av. Arcadia 22”penetra desde los altavoces en un sendero que se adentra hacia el averno. El penitente del espíritu otra vez se abstrajo. En pocas semanas regresaría el día de su cumpleaños. El trigésimo tercero. Se preguntó si había hecho bien apeándose del establishment, si dejarse erosionar, si entregarse a la casualidad, si eliminar cualquier vínculo con el pasado y con el futuro, al menos los proporcionados por el calendario gregoriano y la hora de los meridianos, aislándose en el presente más inmediato, donde, meramente, seguir vivo constituyese el Plan, había sido un acierto o por contra un error. Se cuestionó, y trató de imaginar, no por egolatría, sino por curiosidad, en qué habría derivado, qué laya de boquete con su desaparición había creado en su círculo social. Cómo hubiera sido la negociación de la redacción de un nuevo contrato, quizás para reglar la cesión –si tal cosa está en manos del diablo- de su alma. Le estalló del vientre una carcajada mezclada con una compulsión histriónica y, de corrido en plan bipolar, recitó eso de los hermanos Marx que dice: “- Haga el favor de poner atención en la primera cláusula porque es muy importante. Dice que… la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte. ¿Qué tal, está muy bien, eh?
– No, eso no está bien. Quisiera volver a oírlo.
– Dice que… la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte.
– Esta vez creo que suena mejor. 
- Si quiere se lo leo otra vez. 
- Tan solo la primera parte. 
- ¿Sobre la parte contratante de la primera parte? 
- No, solo la parte de la parte contratante de la primera parte. 
- Oiga, ¿por qué hemos de pelearnos por una tontería como ésta? La cortamos. 
- Sí, es demasiado largo. ¿Qué es lo que nos queda ahora? 
- Dice ahora… la parte contratante de la segunda parte será considerada como la parte contratante de la segunda parte. 
- Eso sí que no me gusta nada. Nunca segundas partes fueron buenas. Escuche: ¿por qué no hacemos que la primera parte de la segunda parte contratante sea la segunda parte de la primera parte?
Cuando de nuevo reinó el sosiego en su espíritu, tomó el libro y, como queriendo evadirse de estos pensares, siguió leyendo acerca de Jonás y de su pintura. Antes de continuar escribiendo en su libreta, volvió una vez más sobre las cartas de tarot. Observó primero los ases, luego recorrió los cuatro filas de figuras y se detuvo en el rey de bastos. Le dio la vuelta. Y este hecho coincidió con la primera nota del compás postrero de la última pista del Cd. Le pareció escuchar el portazo de una pesada puerta, como la del averno. Así le aconteció un estado psíquico menos asfixiante, menos angosto. Recién escapado de los fuegos del Hades. Hete aquí de nuevo las flores y los vientos.
¿Cuáles eran sus necesidades? Hacía meses que la cojera se le había definido en la pierna derecha, quizás había adelgazado un par de docenas de quilos desde que se soltara de su anterior vida intramuros del sistema, su piel había perdido la suavidad tornándose ya roja, áspera, sus maneras de ciudadano habían desaparecido instalándose un vacío alrededor de su ya no-persona. Durante mucho tiempo se abstuvo de beber y había hecho por no juntarse con otros sin techo, pero en la última época, en parte atizado por el hambre, se dejó apresar por el vicio de emborracharse al amanecer para pasar el día turbado y cobijado en una especie de membrana, de ebria coraza de niebla. Entonces, como viajero arribando al ónfalo, centro del laberinto, fue que los planos de su culpa y su virtud se solaparon en el balance ocurrido en su corazón. Así lo percibió, quedándose petrificado por un microsegundo, que a él se le figuró largo como un eón, y así sintió la llegada de un chispazo, de un rayo que atravesando al sesgo su pecho dejó prendido, irremediablemente -como si sus pulmones, necesitados de menor densidad o mayor sutilidad, contuviesen ahora cualquiera de los cuatro gases primordiales (amoniaco, metano, dióxido de carbono y nitrógeno) y del súbito prendimiento ocasionado por el repentino paso del cometa crístico, hubiesen despertado las cadenas de aminoácidos que, de encontrarse en biotopo fecundo desplegarían, a la postre, la vida- el tetragamatrón, las cuatro letras nombre de dios, constituyéndose aleph, ambigua enumeración de la serie completa de los elementos de un conjunto infinito o, en otras palabras, la primera carcajada o más primer gruñido, como mínimo sardónico, de su deidad interior. Y el tiempo, entendido como línea progresiva iniciada en el pecho de Cronos cambió y se hizo círculo concéntrico del corazón de Kairós. Cuanto antes se hubo narrado en pretérito imperfecto ahora debíase narrar en presente de indicativo.

Meras imágenes, proyectadas en tropel, originadas por su hemisferio derecho, le inhiben toda posibilidad de escritura. Dibuja, tras el último párrafo una manzana. Agregándole cola, cuernos y tridente. Ya fuera del trance, ínfimo para la cera ardiendo en la vela sobre la camilla, de inmensurable duración para sí mismo, musita: “malus = mal = manzana en latín”. Algo trastornado palpa las enaguas para comprobar que no tocan el periquito. Tacha el dibujo sin ensañamiento y escribe lo anterior seguido de: “Enteógeno: en- (dentro) theos (Dios) -geno (que despierta o genera), así, a escoger, “Generación de Dios adentro”, “Dios naciendo dentro de ti”, “Manifestación interior de lo divino”… En el jardín del Edén, el hombre tenía conocimiento. Conocía las cosas que existían, los animales, tenía conocimiento del Ser, y por tanto, de Dios, porque todo lo que era, era bueno.

Gen 2:9 – “hizo brotar el árbol de la vida en medio del jardín, y el árbol del conocimiento del bien y del mal.”
Gen 3:4 – La serpiente dijo a la mujer: “No, no morirán. 5 Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal”
Cuando comen del árbol del conocimiento del bien y del mal, no ganan conocimiento del bien, puesto que ya lo tenían, sino del No Bien, entendido como el mal. Conocimiento de la privación del bien, de la privación del No Ser, conocimiento de lo que NO existe. 
Antes de comer, dice el Génesis:
Gen 2:25 – Los dos, el hombre y la mujer, estaban desnudos, pero no sentían vergüenza.
Después:
Gen 3:6 Cuando la mujer vio que el árbol era apetitoso para comer, agradable a la vista y deseable para adquirir discernimiento, tomó de su fruto y comió; luego se lo dio a su marido, que estaba con ella, y él también comió. 7 Entonces se abrieron los ojos de los dos y descubrieron que estaban desnudos.
Releamos. “Entonces se abrieron los ojos de los dos y descubrieron que estaban desnudos”. 
Habiendo comido y ganado este conocimiento, lo primero de lo que se dan cuenta es que estaban desnudos. La desnudez no existe como tal. Tan sólo es la ausencia de vestido. El hombre percibe la desnudez como una pérdida en su Ser. Como su No Ser. Y se hizo la dualidad en el hombre. Se avergüenza y se esconde de Dios. Esconderse de Dios es la primera consecuencia del luego llamado “pecado original”.
Antes de caer, el hombre tenía libertad de acción, pero puesto que no conocía el No Bien, sólo podía escoger el Bien.
Gen 3:22 Después el Señor Dios dijo: “El hombre ha llegado a ser como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal. No vaya a ser que ahora extienda su mano, tome también del árbol de la vida, coma y viva para siempre”.

Inciso en el “nosotros”. Todas las traducciones lo hacen en plural”.
Y así el devenir, el transcurrir de la realidad, recuperó su orden natural en que él escribía y yo narro los acontecimientos en tiempo pasado.
No podría ignorar cuanto le estaba aconteciendo aquella madrugada, ni lo que provocaría en el preciso instante en que más desnudo y vulnerable se percibía. Alejandra se coló en sus pensares. Se movió acomodándose en la silla. La vela se había consumido en dos cuartas partes. “Abandoné a Alejandra porque no quería ser padre, quería ser escritor, parir obras de teatro, no seres de carne”. Se dibujó a imagen de su memoria el rictus de Alejandra encandilada como solía, “yo lo decoraré y haré de esto nuestro hogar” habría dicho ella. “Lo que tú quieras amor” habría consentido con coletilla a la que se había acomodado él. Sintió con inusitada fuerza ser aquel muchacho que con tanto ahínco se había puesto a medir el trecho que le faltaba por andar para salirse del rebaño, porque ni el amo ni el pastor eran gente de fiar, que había optado por dejar de imitar a los replicadores del set de valores dominantes y había, por todos los medios a su abasto, tratado de escapar de la alienación y explotación a que la sociedad del espectáculo y del consumo en la que había nacido los sometía. En su huida hacia adelante, se recongeniaba con los demás. En el acto de avanzar, de sobrevivir, la fraternidad se solidificaba entre sus soledades. Todos, o la mayoría, andaban en su paradigma personal, ejemplificando el drama, o comedia, de sus historias personales. No perdió punta de cuanto pensaba, copiándolo a vuelapluma: “Lo mismo cabe un obrero (por ejemplo de C. Real), que se desplaza a trabajar a Madrid para realizar una jornada de 10 horas y tiene esposa y tres hijos. Que lo mismo puede ser un cultivador de arroz a orillas del Río Amarillo. O el barquero del río esbozando una sonrisa tras comprar esa bonita escultura de madera. O el artesano de la madera maorí con zapatillas de deporte. O un remendador de zapatillas Nike (Just do it…) por 2 dólares la jornada de trabajo durante n horas al día. O el cooperante que hace cuentas y le salen 2 dólares por ración. O el kurdo en el campamento de refugiados esperando recibir su ración diaria. O el prisionero de la isla de Guantánamo sospechoso del 11-S privado de estímulos sensoriales. O la madre del profesor de parvulario que el 11-M tenía que haber pedido la baja por alergia primaveral en lugar de coger el tren para ir a dar clase a sus niños. O el niño empuñando un fusil habiendo recibido entrenamiento militar durante meses al que se le han hecho dos heridas en la cabeza espolvoreadas con sendas rayas de cocaína en Sierra Leona a punto de entrar en combate financiado por las minas de diamantes. O el acaudalado corredor de bolsa neoyorquino a punto de vender sus participaciones en la mayor productora de diamantes tras haberle sido diagnosticado un cáncer y convertirse en multimillonario. O el biólogo que, tras contrastar y verificar los últimos datos después de años de trabajo, contempla por primera vez ante sí en su microscopio la cura contra el cáncer. O la mujer que espera a su marido que vuelva del trabajo en el laboratorio tras escuchar de labios del doctor que se ha quedado embarazada.”

7. Descenso al daemon interior, equilibrios sobre el abismo y “Lo que tú quieras amor”.

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p style=”text-align:justify;”>Se retiró de la camilla y arrodillándose en el cojín dio vueltas a las cuatro figuras de espadas y luego al As de ese palo. Coincidió este último gesto con la finalización del disco en el audio. Otra vez, igual que hacía unos minutos, sonó un portazo. Esta vez San Pedro, en las puertas del cielo se despedía cordial, y no era de alivio su sensación al alejarse de allí. Y de esa casualidad le brotó esta cadenita por libre asociación: “ser: Esencia o naturaleza. Haber o existir. Cosa creada, especialmente las dotadas de vida. Modo de existir. / Esencia: Aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas. Lo más importante y característico de una cosa. / Naturaleza: Conjunto de todo lo que forma el universo en cuya creación no ha intervenido el hombre. Esencia y propiedad característica de cada ser. / Existir: Tener una cosa ser real y verdadero.” Estornudó antes de sintetizarla: “ser = esencia = naturaleza = existencia = universo = dios = panteísmo”. Sintió un sopor, un miedo indescriptible, incluso para él, que manejaba o quería manejar locuazmente las palabras. Tratándolas como elementos alquímicos. Estudiando sus posibilidades de combinación. Preparando, en su mente, o en su libreta, reacciones entre algunas de ellas escogidas y dispuestas en el orden adecuado. “Después de comer, adquiere conocimiento del No Bien, y, manteniendo su libertad de acción, puede escoger No Ser o el No Bien. La elección del No Ser resulta en la muerte. De modo que la muerte (que hasta entonces NO existía en el paraíso), deviene en el mundo, derivada de tal “pecado original” Atreverse conocer, a conocerse a sí mismo, al Ser que Es.” Menudo “pecado”. Y vaya aberración. Mercadear con la idea del bien y del mal, instituir el sentimiento de culpa por el mero hecho de nacer y Ser, con objeto de atemorizar y controlar. Para conocer y llegar al SER es necesario comer. Para morir. Morir en qué. Pues en el ego, claro. Y todo lo anterior, escrito en el Génesis por un humano como nosotros, hace más de 3000 años…
Recogidito en bajo las enaguas, se golpeaba los dientes con el bolígrafo. Una certeza le zozobraba escuálida en su mar de dudas: Había querido volar acullá el horizonte, igual que muchos otros egos que habían volado ultreya el finisterre y que, al fin, agotados, no habrían de aclamar su caída en la tierra prometida sino observar, sin agonía, como son sobrepasados por los más jóvenes rumbo a lo más desconocido. Había tratado de alejarse de la ciudad, siempre valiéndose de su dispar caminar, pero había encontrado mayor desamparo deambulando de un pueblo a otro. Decidiendo, recientemente, aplicarse al cinismo, valorando irremediable la posibilidad de cambiar en trueque su mochila por un tonel con tirantes. Balbuceó, por resiliente sobreponerse, a Santo Tomás donde dice que el bien es una perfección transcendental. Perfección transcendental como aquella que corta a todos los niveles de la realidad. ¿Quién osaría cobijar a la perfección en el trono de su escala de valores? Otros tesoros deberían esperar quienes se adentraran en aquel viaje que él había emprendido más allá del bien y del mal, y no la perfección. Quien busca la salida no ha entendido el laberinto. Imposible demorar su presencia, augurada en la pugna que culminó con la dirección periférica, o lateral, del citado vector del movimiento de su pensamiento, el Cristo irrumpe aquende los límites de su conciencia. En ese momento, sin por ello provocarle el menor atisbo de pánico, la Voz, su voz, la de su daimon o deidad interior, inició alegre y sin tapujos un dictado, al cual reaccionó él súbito, apresurándose a copiar, como si estuviese pasando a limpio las memorias de un arquetípico profeta ecuménico: “Al mal, claudicando lingüísticamente a esta concepción dualista de la que renegaba, si acaso, prefería llamarlo no-bien, como perfección en sí misma. Decíale de algo que es perfecto aquello que tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia en su línea. 
El bien es aquello que en sí mismo tiene el complemento de la perfección en su propio género, o lo que es objeto de la voluntad, la cual ni se mueve ni puede moverse sino por el bien, sea verdadero o aprehendido falsamente como tal.
La voluntad es el acto con que la potencia volitiva admite o rehuye una cosa, queriéndola, o aborreciéndola y repugnándola.” En su horma, como pez en el agua, con el aplomo de quien ha esperado invocando y es correspondido con la aparición del efecto de la convocatoria, se creció, se le subió a la cabeza y le espetó a su voz, a la Voz: “A ver, ¡en cristiano!”. Su deidad interior no reparando en atenciones, hizo el bien sin mirar a quien, y se complació en procelarle con un ejemplo práctico ilustrativo de la idea: “Un agujero en una camiseta. La camiseta es buena, y el agujero es malo. Pero en realidad, el agujero no existe, tan sólo es una falta de tejido en la camiseta. En este modelo, el mal no existe en sí mismo, sino que tan sólo es la ausencia de Ser, la ausencia de Dios”. Transcribiendo al pie de la letra, golpea pletórico con los nudillos la tarima de la camilla, “¡Jesús!” –exclama en el silencio de la madrugada- “¡Qué bien nos vamos a compenetrar!”. Sin perder ni una coma de cuanto la Voz, su voz interna, le está dictando y con la displicente sensualidad libertaria de quien se sabe condenado a muerte y orgulloso, inflándose de amor incondicional, se expande rellenándose de vacío material del que está hecho el espacio (lo único capaz de albergarlo todo) para dar cabida a la eternidad dentro de sí, a la par que redacta un epílogo autobiográfico sobre la bandeja de su última cena, copia en el cuaderno las postreras palabras como si se hubiese, al fin, iluminado. Oyó casos o cosas como: “Gén. 1:26 – Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza”. O “El ratio de eficiencia en la velocidad de reacción de la fusión del hidrógeno en las estrellas, que es 0.007. Si fuera 0.008 o 0.006, el cambio por exceso o defecto en la velocidad de la reacción sería suficiente para no haber dado lugar a las estrellas, y con ellas al resto de los elementos químicos, como es bien sabido, generados TODOS a partir del hidrógeno”. Sea como fuere, todo efecto fue tornándose en gratitud por la posibilidad de volver a experimentar semejante gracia a pesar de haber abjurado de sus favores tiempo atrás: intimidad, y en ella, introspección. No quería desaprovecharla ahogándose en una burbuja. Por desviar el pensamiento o cortarle la verborrea a su recién despertada deidad interior, fingió vanagloriarse pusilánimemente porque José le había entregado unas monedas, según aclaró, y por ello las aceptó, como pago por “la lección de ajedrez” que le había impartido. En verdad, le había ganado las cinco partidas que jugaron y él se había esforzado en que así fuera. Apuró de un trago el último sorbo de la bebida energética buscando desesperadamente zafarse del arrobo provocado por la experiencia enteogénica, escribió cuanto se ha dicho y no había sido escrito y tomó el libro de Jonás. Pero no aguantó dos párrafos, apoyando primero su barbilla en las palmas de las manos y cayendo después, dormido, sobre sus antebrazos.
Una voz, no era la de su daimón, le quiebra la ausencia y se le trama un hilo onírico. A él se aferra, igual que un penitente del espíritu se agarra al Hilo de Oro de vida, enfocándole toda su difusa atención:
“¡Despierta! ¡Despierta!
A qué te refieres con “despierta”, ya estoy despierto. Esto es real. Esto importa de verdad. No puedo despertarme más. ¡Lárgate!
¡Despierta! ¡Despierta!
Pero no entiendo. ¿De qué? ¿Y cómo?
[…]
Pregunta: “¿Quién te dirige?” Respuesta: “Los memes, por supuesto.” Esta no es sólo una respuesta intelectual, sino un modo de verte a ti mismo como una construcción temporalmente pasajera. La pregunta se disuelve cuando tanto el sí mismo como el que dirige son vistos como memes.
He tenido que seguir un largo camino para responder a mis preguntas pero espero que ahora puedan comprender mis respuestas. “¿De qué hemos de despertar?” Del sueño del meme, por supuesto. “¿Y cómo?” “Viendo que es un sueño memético”.
¿Y quién permite que el desmantelador de memes siga su curso? ¿Quién se despierta cuando el sueño memético es completamente desmantelado?
¡Ah!, he ahí la cuestión.”

Podía relajarse un momento, pensó. Cerró la libreta. Se levantó y dio unos pasitos y unas vueltitas usando como eje su pierna derecha. En el lavabo se refrescó la cara. Con la vista sobre las cartas en el suelo, dio vuelta al arcano de la Estrella. Y giró otro: el XV. Ahora sí, su voz interior, la Voz, pero con otra cadencia otro ritmo otro estilo, irrumpió en su mente. Lo mismo que antes, dictaba, sin miramientos: “Si metemos en un saco un montón de cosas y sustraemos todas, todas, todas sus propiedades individuales, lo único que quedará será su número. Curiosa circunstancia.” Hizo oídos sordos. Podía detenerse un momento, pensaba y, simplemente, volver a saborear el agradable sentimiento de cobijo que le ofrecía el piso. Quizás ir a explorar las otras tres puertas blancas que había visto al final del pasillo. La voz, con claridad procedente de sus profundidades, le acompañaba avivando su perorata. Era su daimón, su cristo interior, pero con otro tono, otra textura, diferente timbre: “Gén. 1:26 – Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza”. Y nació el monismo. El hombre hecho a imagen de los Dioses. Sin entrar en excesivos análisis morfológicos/etimológicos, sí me gustaría llamar la atención sobre el plural, porque todas las traducciones que se han hecho de la Biblia así lo traducen, en plural. Sí, la “explicación” del plural es la base del concepto de la Santísima Trinidad. Pero esto vendría mucho después. Mucho. Tanto como casi 2000 años después de ser esto escrito, acordado a mano alzada en el Concilio de Nicea… Lo mismo que la divinidad de Jesucristo… Pero eso es otra historia. El hombre con naturaleza de Dios. El hombre como Dios de sí mismo. Todo con naturaleza de Dios. En plural.” ¿Significaban –esta duda le surgió al vuelo- aquellos dos modos de pronunciarse que existía en su pecho un daimón conviviendo con su daimón? Un poeta había dicho Dos cuchillos tengo clavados en el pecho, uno blanco y otro negro. Al fin se decidió por sacar de la mochila otro cd, de nuevo con su música, lo colocó e inició la reproducción. En esas, subyacente, la voz de su deidad interior no cesaba, tejía su dictado alternándose, sucediéndose, simultaneándose, cambiando la textura, sonándole ora como la primera vez ora igual que la segunda, con las mismas variaciones de cadencia y tono como si asistiese al toma y daca de una misma voz, su voz interior, refractándose, que no reflejándose, en un diálogo, en dos mitades secantes, como una cucharilla dentro de medio vaso de agua. No podía con una sola mano escribir lo que oía, es natural. Se conformó con fragmentos: “Los números no son más que una abstracción de la realidad. Digo esto pues hay quien sigue buscando explicación al número áureo y su relación con la Serie de Fibonacci, pues bien ni el número ni la serie tienen sentido en sí, simplemente 1,61803 exactamente ((1+raíz de5)/2)
Así el sentido de irracionalidad de PI pues nada de particular tiene, simplemente la base originariamente empleada, ahora me pregunto … si la base del sistema numérico empleada fuera la relación entre la longitud de una circunferencia y su diámetro … pues no existiría la unidad como la conocemos (una persona no sería una unidad) por lo que se puede entender que desde ese punto de vista matemático, la unidad como la conocemos no es mas que una convención. La unidad, es un concepto filosófico que implica la indivisibilidad del ser sin que cambie su esencia, no sólo matemático.” A la postre, y pasada la impresión inicial, dedujo que su deidad interior no se estaba dirigiendo a él, sino que simplemente, si no es perogrullo, se hablaba a sí misma. Así que volvió a plantearse el tema de explorar las puertas blancas del piso. Resolvió que no. Prefería mantener la incertidumbre acerca de qué había tras aquellas puertas para preservar esa curiosidad latente que le proporcionaba unas decimillas de vitalidad. “¡Qué tontería!” –exclamó- “¡Debería estar pensando en mi tarea, aprovechar el tiempo!”. Y volvió a abrir la libreta. Escribió esto y, cuando lo hubo hecho, una vez más se quedó clavado. Mirando la vela, escuchando aquella música que él mismo había compuesto desde su otra vida, apenas ensombrecida por el murmullo del discurso, o conversaciones (ya no le estaba prestando atención) de su voz interior.
Arrancó entonces una hoja del cuaderno y con el bolígrafo se fue junto a las cartas del tarot, sentándose con las piernas cruzadas y, con la mejor y más rubricada caligrafía, se puso a transcribir, de memoria, un fragmento del capítulo 1º de “El Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes: “… Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva: porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas; y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío, donde en muchas partes hallaba escrito: la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura, y también cuando leía: los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza. Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido.” Con una sonrisa en los labios acogió un repentino y denso silencio interno, agradablemente, complementado, en los albores de la mañana de la urbe, con la silenciosa mareta exterior. Situó solapadas las palmas de sus manos formando un poco de cavidad unos dedos más abajo del ombligo. Ahora estaba dispuesto a afrontar su miedo. Atravesándolo. Progresivamente, su imaginación le proyectó la presencia de Alejandra. Primero le pareció percibir el olor de sus sexos mezclados cuando por fin se dormían abrazados, o espalda contra espalda, en la cama grande. Luego tuvo la certeza de oír su voz (la de Alejandra) respetando, desgarrada, la voluntad –mochila a cuestas- que él le expresaba. Seguidamente, en su representación visual, aparecieron sus rizos negros, sus ojos profundos, su tez oscura y la silueta de su orondo cuerpo. Decidió dar vuelta a toda la fila de figuras del palo de las copas. Y también, en la primera fila, al as de copas. En cuclillas su imaginación inició un caudaloso río de aguas oníricas. Imaginó aquella precisa sala extrapolando la decoración que Alejandra hubo diseñado y materializado para su salón. Descolocándole algún objeto meramente ornamental, sin duda causa de que se le disparen los niveles entropía a Alejandra y, con ánimo de guasa, él le habría increpado: “dualismo: el blanco necesita de la existencia de una no-esencia de blanco, de la negación del blanco (como negro u otro color) para existir. Lo bueno necesita de la esencia de no-bueno, y lo llama malo.”, ella se hubiera levantado y recolocando el objeto hubiera contradicho: “monismo: el blanco es. el negro es. el fucsia es. y todos son. ¿qué? gradaciones de color. ¿qué es el color? ¿qué es el olor? ¿qué el sonido? una sensación.” Por estúpidas que fueran aquellas batallitas -ésta proseguiría acordando y acompasando las posturas, verbigracia: “lo bueno es. lo malo es. ¿qué? gradaciones en lo ético. ad infinitum. todo es esencia. si todo es esencia, no existe hay no-esencia, luego sólo hay una cosa. monismo.”- tenían la virtud de librarles de sus soledades, de sus monocaparazones. Alejandra y él hubieran completado la sesión, caricias ya mediante, preguntándose: “¿qué son las sensaciones?”. Quizás habría respondido con tono de sabidillo: “ impresiones causadas en el ánimo, en la conciencia. La mente dual cuantiza las sensaciones y las divide.”, y la otra habría agregado con tono de madre superiora: “La mente monista abarca la totalidad de las sensaciones como la unidad.” Pero los dos acordarían pasar a la práctica ahondando sobre la mutua impartición de emociones. Rememoró algunas de sus veladas tántricas de los martes, jueves y domingo, a media luz, con un solo de opera alemana de fondo, dos copas de vino, un par de canutos, verbo encarnándose en asintótica tendencia a un final, en la cama, ya con el verbo encarnado, de únicamente sudor y fuego.
Suspiró plomizo, despertando un poco de la fantasía. Con melancolía recobró el ánimo y se zafó del recuerdo. Le quedó de remanente, no sin alivio, la irrisoria coletilla a la que se acogió durante aquella fase de su relación: “Lo que tú quieras amor”. Olvidó, no sin alivio, los objetos, los colores, la distribución que Alejandra desplegó en aquella sala y evito proyectar teorías predictivas acerca de qué hubiese sucedido si aún estuvieran conviviendo. Si en lugar de ceder y conceder sin contrapeso hubiera ofrecido firme sustento y techo. Consideró, antes de derrumbarse emocionalmente por completo, emprender la retirada. Se puso en pié de golpe. Localizó el libro del prólogo al prólogo de la historia y focalizó toda su atención al punto donde se había quedado: ”Todo esto – que conste – no tendría mayor importancia si allá por el primer siglo de nuestra era no se hubiese metido por medio un individuo de asombrosa inteligencia y triste memoria que primero se llamó Saulo y, después, Pablo. Pero su peripecia y el resultado de sus manejos con caben aquí. Son otra historia.” Fue infructuoso. Igual que caballos salvajes, o que el oleaje envistiendo los arrecifes, su desagüe de frustraciones, o desventuras, manaba desbordando fracaso desde el fondo de su memoria. Cada gota de fracaso un camino único. Quiso pensarse en su mente que la habitación estrecha de donde había sacado el aparato de música estaba vacía; era su despachito, tal y como él, entonces, lo tenía: una mesa con únicamente la computadora y el modem encima, un estante, archivadores, todos iguales simétricamente dispuestos y una cajonera siempre con los cajones cerrados. Soñó como todo aquel escenario en el que su amor por Alejandra se había convertido en molesta rutina, mutaba progresivamente con la llegada de uno, quizás dos hijos. Se planteaba que habría tenido que, quizás, trasladarse al salón para dejarle su habitación a los niños. Hubiera desaparecido el silencio del piso; hubieran aumentado sus obligaciones y a lo mejor, hubiera sido incapaz de compaginar su cartera de clientes con el cuidado y educación de los niños. Pensó que Alejandra habría tenido que dedicar más tiempo a trabajar. Se detuvo en ese instante. Atónito, con la claridad de un espejo, percibió la voz de Alejandra, allí de pié en medio del salón, con el dedo índice en ristre y ese rictus personalísimo signo inequívoco de que la feminista que llevaba dentro había sido herida: “Eva me temo que no es más que un símbolo de la corriente YIN. Esta corriente, en nuestra temporalidad ha sido subyugada por la corriente YANG. Parece que este hecho ha traído consigo la guerra de sexos y la violencia de género. Sin embargo esa violación de YIN está ocurriendo dentro de cada uno, sea hombre o mujer. Quizá ciertos aspectos evolutivos de la especie lo han requerido así por un tiempo, pero la evolución en el tiempo deriva hacia una liberación y puesta en marcha de la corriente YIN.” Dio vuelta en un gesto veloz al arcano V y, sin concluir sus pensamientos, sus imaginaciones, ni juzgarlos, ni dar tiempo a imaginarse otras posibilidades, quizás no tan trágicas como esta, retomó la lectura del relato Jonás, el artista trabajando. Sin embargo, un golpe malo se le venía encima detrás de los sueños.

8. Kundalini, manzana, pánico. Peregrino retoma camino. Narrador despide el cuento, tras un casi encuentro con Martín Santomé, jugando con José al ajedrez.

«¿Mi tarea?» se preguntó en voz alta, y sintió como el quebrarse de una astilla en algún lugar de su alma. «Sí,…» murmuró, aquejándole un dolor punzante en el plexo solar: «… estoy escribiendo, esta es mi tarea». Y mirando su cuaderno sintió una asfixia de legitimidad. Un ahogo como de crisis profesional. Sintió que al final de la jornada un carpintero podía dignamente soplarse el serrín de la camisa y un escritor digital apenas si podía si quiera limpiarse los dedos de tinta. Meditaba a cuenta de la inmaterialidad de la época cibernética. Sufrió un agudo pinzamiento de insignificancia. Juzgando quedo con su letra, su caligrafía, apenas producción original sino fragmentos de obras… ¡contracción! como quien entona terapéuticamente el sanita sana carita de rana, soplándose una herida después de un batacazo, nuestro escritor hizo como un auparse para sintonizar con el consciente colectivo e hizo como un envararse para estirar la brecha y lavarla con las aguas del sentido común, para cerrar el agujero de su afección hilándose con hilo de la Gran cadena del ser, así como quien se cose puntos de sutura en una herida metafísica. Y regresó la concentración, nuevamente, al libro de Camus.

Según leía en el relato, Jonás había dejado de pintar. El artista había dejado de trabajar. Su marchante le había reducido la asignación pero el pintor aún creía en su estrella. Nuestro escritor se confirmó una certeza: también él poseía una estrella. Un fueguito dentro siempre ardiendo, aunque ahora se tratase de una llamita flotando en el vacío de su dolor. Él la conservaba en un altar dentro de uno de sus templos de Dragón que habían aparecido tras la transmutación de las serpientes: «Al final de cada laberinto siempre veía un templo levantado sobre la superficie de la gente. En cualquiera de sus patios, el silencio crecía como un árbol, y al amparo de su oscura sombra hallaba la paz». Y luego, parecido a quien se pone una tirita sobre una herida limpia, recitó de carrerilla, desmedido, uno de los martillazos de Nietzsche, de los de la sección “El hombre a solas consigo mismo” del libro Humano, demasiado humano, decía: «La condición del heroísmo: Cuando se pretende ser un héroe, es preciso que antes la serpiente se convierta en dragón pues de lo contrario faltará el enemigo requerido».

Apartando la mirada del relato donde Jonás era un artista trabajando, expresó en voz alta con tono lisongero: «Millones de cosas se me ocurren acerca del contenido del capítulo de la manzana; casi lo terminé pero todavía debo darle unas cuantas vueltas. Entre las cosas que se me ocurren está dibujar a Yahvé embaucando al jovencito Adán para llevar a cabo su plan. Increíble, el mismísimo Dios omniscente, que por supuesto sabía previamente que la pécora que nos condenó al destierro del paraíso iba a morder el fruto, se lo presenta carnoso y jugoso para, en completa complicidad con la pícara viborilla, someternos al llanto y al crujir de dientes, a sudar como condenados, al parto con dolor y a las demás lindezas. También es curioso como, después de asociarse con la serpiente para el delito, monta el paripé con Eva para maldecir a esa pobre títere del plan divino obligándole a arrastrarse para siempre jamás; de lo que se deduce que la serpiente tenía patas antes de su asociación con Dios (y luego hacemos caso a Darwin… ). Y tampoco quisiera dejar de comentar el origen en este capítulo de la subordinación de la mujer al hombre, invento del propio Dios, cómo no hacer caso pues.» El escritor carraspeó, se calló, apretando fuertemente los labios. Incorporóse empuñando el bolígrafo, volvió ante el cuaderno, escribiendo hasta, justamente, la opinión que acabas de leer. Encapuchó luego el bolígrafo e insuflado por un repentino apuro, guardó el CD en su mochila y devolvió los altavoces y el equipo de audio al carrito de donde los había tomado, tapándolo luego con la sábana, igual como lo había encontrado cuando llegó al piso donde se había refugiado toda la noche. Regresó al salón cerrando la puerta tras de sí. Recogió las cartas del tarot y las apiló junto a la libreta. Y, otra vez, así como una herida que no cicatriza y vuelve a mancharse de sangre, le pareció que no podría expresar aquello que deseaba. Al menos, que no podría expresarlo con la suficiente claridad necesaria para compartirlo con los demás. Sin embargo, porque la profesionalidad le empujaba, no se permitió el silencio y abrió con gesto vehemente las compuertas de su ingenio en la composición de un ejemplo práctico; se lo expuso tal cual se justificara ante un auditorio pendiente de su palabra: «Os ha pasado alguna vez eso de tener algo “en la punta de la lengua”, pensar sobre ello, dale que te pego y nada… ¿qué rabia eh? Y de repente, pasan un par de días y…tachánnnnn ahí está. Bien, pues al parecer, dicen algunos neurólogos que es un mecanismo fisiológico con explicación plausible, en la que los axones, las dendritas y todos los chismes por ahí arriba, habrían estado reorganizándose y estableciendo las conexiones neuronales que activasen el camino destinado a recuperar ese recuerdo concreto.»

Acto seguido, devolvió el cojín al sofá tratando de colocarlo cuidadosamente, así lo había encontrado. Giró el cuello y comprobó que su sombra continuaba vibrando ligeramente en la pared, proyectado en el haz de luz de la vela. Se imaginó a Jonás bebiendo coñac escondido en un rincón de algún bar de la ciudad, pasando largas horas sentado, soñando, en ámbitos ruidosos y llenos de humo. Le azuzó un finísimo sentimiento de envidia. Tomó el libro con la mano izquierda al tiempo que retomando el bolígrafo lo desencapuchaba con la derecha. “¿Crees en la magia?” leyó otra vez del póster colgado en la pared. Soltó junto a su libreta el libro de relatos de Camus. “¿Magia?” repitió varias veces. “Sí, creo” -dijo tajante- “¡Soy mago!” -dijo aún más enérgicamente y recordó la última vez (necesaria pero no suficiente) que tomó la bebida de los inmortales, y prosiguió, vehemente, trabajando, copiando en el cuaderno-: «Primero los colores brillantes. Tenue distorsión en la memoria a corto plazo. Comunicación entre hemisferios cerebrales alterada, que resulta en una percepción ampliada de los sonidos o la música. Luego, colores más brillantes. Patrones bidimensionales con los ojos cerrados. Pensamientos distraídos debido a cambios apreciables en la memoria a corto plazo. Notable aumento en la creatividad. Después, distorsiones visuales evidentes. Todo parece curvado. Visiones tridimensionales con los ojos cerrados. Distorsiones de tiempo. Vienen luego alucinaciones intensas con los ojos abiertos. Objetos transformándose en otros objetos. Disociación del ego. Ligera pérdida de contacto con la realidad. El tiempo deja de tener sentido. Pérdida de la noción de pasado, presente y futuro. Y al final, pérdida total de conexión con la realidad. Los sentidos dejan de funcionar de la forma habitual. Muerte del ego. Idea de identidad respecto al espacio, otros objetos o al Universo. La pérdida de conexión con la realidad es tan intensa que desafía toda explicación. Los niveles anteriores son relativamente sencillos de explicar en términos cuantificables como cambios en la percepción o en patrones de pensamiento. Asociado con Iluminación, satori, experiencias “religiosas” y términos similares.» Aquella había sido una experiencia cumbre en su vida, como resultado de la experiencia, en lo práctico, hubo en su vida un antes y un después. Por primera vez tuvo conocimiento de sí mismo, del Ser que Es, liberado del condicionamiento y velo intelectual impuesto por el Ego. En ningún momento tuvo la experiencia de una divinidad entendida al estilo de las religiones como tal, sino la Divinidad en Sí Misma como Yo en Esencia. A inmediato plazo, se ha tradujo en un intenso refuerzo de su autoestima, así como de una pérdida de miedo a la idea de la muerte física. Una humildad y a la vez una sensación de alegría interior inmensas. Y una sensación de que el sentido último de la vida, el camino a la inalcanzable perfección en esta vida, al Ser En Ti, Ser Ahora, Ser en Esencia, Ser El que Es, es hacer el Bien. El Bien que dicte la Voluntad. A todo y a todos. “Hágase tu Voluntad, así en la Tierra, como en el Cielo”. De nuevo. El Bien que dicte la Voluntad de cada cual. Cuanto más y más grande, mejor.

Henchido en estos recuerdos, volvió a pasar por la experiencia de la ingesta de la bebida de los inmortales, pero esta vez, en lugar de recorrer la cara de la existencia lo hizo escriexistiendo la cruz de las esencias: «Experimenté la muerte del Ego. Experimenté al Dios interior. Experimenté el arquetipo de “Diablo” o “Demonio” interior. Experimente la unión con los infinitos Universos. Experimenté la Unidad. Experimenté SER el Universo. Experimente mi Ser como una abstracción en un punto, matemáticamente entendido sin dimensión y en unión con todos los puntos del Universo. Experimenté una fuerza omnipotente y un Conocimiento omnisciente. Experimenté la libertad para escoger con esta fuerza el Bien y el No Bien como un todo que forma parte del mismo Ser. Experimenté la muerte física como tan sólo un cambio de forma. Experimenté toda mi Vida desde el nacimiento hasta mi muerte, lo que algunos dan en llamar el túnel, la luz al final del túnel y todo el recorrido inverso hasta Ser Uno con el Universo. En lo que podría identificar como la más grande explosión en un orgasmo cósmico continuo.” El amparo crecía y le acariciaba el alma. Se sentía él mismo. Pura vida. No él de esta vida, sino el él de la otra, no quien originariamente advino en un mundo desde el vientre de su madre, sino el él de la de antes. Se descubrió con tanta fuerza como para formular las tres preguntas: ¿de donde venimos? /¿quienes somos? / ¿a donde vamos? y describirles tres respuestas: – venimos de la Unidad / – somos Dioses / – vamos a la Unidad”. Las sensaciones evocadas por el recuerdo de aquella experiencia hipostática eran exabruptas, desestabilizadoras. No eran asunto baladí aquellos mejunjes mágicos. Providencialmente, de las mismas manos que le había llegado el elixir, le habían llegado unas meridianas consejas: “cuando llegamos a la esencia misma de la cosa ya nos hemos quedado sin cosa, es decir, ya ha dejado de ser porque hemos vuelto a la unidad, lo que no deja de ser su número. Por definición, si nos quedamos sin cosa, perdemos: la capacidad para nominarla y la capacidad para numerarla. Dos cosas hay indivisibles, por definición. La unidad. Lo infinito (al no tener este ni principio ni fin, ni obviamente, punto medio. La mitad de infinito da lugar a otro ente infinito, y así, ad infinitum). ¿1=todo?»

En su corazón se fraguó entonces un perdón. Una absolución que le exoneraba de la terrible y onda inquina que le había amargado la soledad este tiempo vagando en las calles. Se sentía perdonado por la cantidad de horas que sus progenitores habían dedicado a tareas abyectas (qué tarea impuesta no lo es) invertidas, y perdidas, en sus estudios con objeto de permitirle construir aquella cartera de clientes a la que, desagradecidamente, él habría de renunciar meses después de su trompazo con la motocicleta. La culpa nunca creció hasta la desproporción, quizás porque él no era el primogénito. Otra vez amenazaba su estabilidad emocional. Mandó soplar las trompetas, cambió de tercio, para enfriar su corazón, lanzó a su mente un proyectil volitivo retórico: “¿Es la matemática omnipotente, omnisciente y omnipresente?” y, maliciosamente, se dejó caer en trampa respondiéndose: “teorema de Godel: en cualquier sistema que contenga la aritmética, existe por lo menos una fórmula, que, aun siendo verdadera, no podrá jamás ser demostrada. No importa cuál sea el conjunto de axiomas que se use: siempre habrá algo, que, si bien es verdadero, no se puede demostrar”. Por un momento fingió recordar un “inventado sobre la marcha” recuerdo donde ella, quizás un domingo ante uno de sus guisos en casa, había dejado de reprocharle semejante desconsideración, ateniéndose a no saber a qué atenerse había conseguido también la salve de su esposo y, absolviendo ambos a su hijo, habían aceptado aceptar su caótica existencia. Y con pavor a que regresara la flojera emocional, con objeto de sellar, figurando una gota incandescente de lacre que cae sobre lo fingido e inventado sobre la marcha, musitó para afuera un aforismo, a su autor y uno de sus amanuenses: “Aprende el principio, obra de acuerdo con él y disuelve el principio” – Bruce Lee, El Sendero de la mano izquierda – p. 259 . Aún le restaban por leer dos párrafos del relato de Jonás trabajando. Cerró la libreta y le dio la vuelta apoyándola del revés en la camilla. Se quedó unos minutos, como esperando, con las manos en posición oferente sobre las rodillas. Imaginó que las cartas del Tarot aún seguían en el suelo y que volteaba los cinco oros. Leyó el final del relato. Sopló la vela, esperó a que se enfriase antes de cogerla. Su deidad interior guasona como él no podía concebir, le agració con un canon (conformado por la dos tonalidades de la misma voz descritas por mí y transcritas en su libreta por él) donde se ensamblaba otra cadenita de libre asociación: “pensar: imaginar, considerar o discurrir / orden: colocación de las cosas en el lugar que les corresponde. Concierto, buena disposición de las cosas entre sí. / corresponder: dicho de una cosa: Tener proporción con otra / proporción: disposición, conformidad o correspondencia debida de las partes de una cosa con el todo o entre cosas relacionadas entre sí. / caos: estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos. Comportamiento aparentemente errático e impredecible de algunos sistemas dinámicos, aunque su formulación matemática sea en principio determinista. / inteligencia: sustancia puramente espiritual. Capacidad de entender o comprender / entender: conocer, penetrar. Saber con perfección algo. / conocer: averiguar por el ejercicio de las facultades intelectuales la naturaleza, cualidades y relaciones de las cosas. Percibir el objeto como distinto de todo lo que no es él. / comprender: entender, alcanzar, penetrar”. Guardó las cartas en la mochila. También la lata de bebida. Tanteó síntesis candidatas para la cadenita pero se abstuvo de cristalizar ninguna. Apagó el periquito bajo la camilla y repuso las cosas tal como recordaba haberlas encontrado, dejando visible las llaves de José, cargó su mochila al hombro y salió de aquel piso con la libreta en la mano murmurando: “Solitario…” o, quizás, “Solidario…”.

Esa mañana, a la del alba, albergando un sopor ataráxico en el pecho, como esperando al sol tumbado sobre la arena de una playa templada, existiendo a una excelsa expresión de la calma tras la tormenta, yo regresaba a la ciudad condal sentado cómodamente en un atusarme y arremolinarme la barba, abonado al espectáculo cinematográfico que el crepúsculo levantino proyectaba en una de las ventana de un tren Renfe con origen en Cadaqués. Me había quedado atrapado allá tres días, sitiado y acorralado por los muros de fuerza y los agudos azotes de los resoplidos y zozobrares de una sobrecogedora, aunque previsible, ocurrencia de un viento que llaman La Tramontana. La noche anterior José me envió un correo electrónico recreándose, con diagramas y adjuntos en .png, crónica de las maravillas ajedrecistas efectuadas ante él por el joven protagonista de este relato, ofreciéndome, además, un hospitalario ofrecimiento acompañado de las señas de una cierta vecina a la qué podía pedirle unas llaves del piso. Donde podría permanecer el tiempo que quisiera con la certeza de que, más tarde o más temprano, el joven prodigio aparecería. Leí el correo aún no acrisolada la madrugada y me hirvió la curiosidad en las entrañas y que en aquel instante, de golpe silencio, La Tramontana cesara sin más su asedio, se presentó para mí como un hecho causual, mezcla de casualidad y causalidad, una sincronía. Otro hito en el camino. Liberé contraventanas y abrí puertas, preparé el macuto y no me demoré en partir a la estación, y zarpar en su búsqueda.
Empero, para mi desconsuelo, no fui tan avispado como la situación requería. Si bien presencié cuando me aproximaba al edificio a un muchacho volteando sobre sí mismo al salir del portal, tirando con desdén un cuaderno a un contenedor de basuras y echándose calle abajo, poniéndome entonces yo a disimular repiqueteando de pies en el sardiné con un cigarro esperando verle torcer la esquina, y metiendo medio cuerpo en el contenedor para hacerme con tan misterioso objeto, no fue hasta que subí al piso de José y no hallando alma alguna me puse a hojear el cuaderno que comprendí que ignorándolo, había arribado justo, exactamente a tiempo. La última visita que el joven planeaba efectuarle al piso, precisamente en su punto final. Le falta a este relato lo sublime. Y le falta por mi torpeza, no supe reconocerle y no sucedió el encuentro.

Defraudado a causa de la ausencia de puerto donde arribar, dubitando si aceptar la deriva o proseguir la penitencia hasta encontrarlo, dirimiendo entre habitar la incertidumbre y acogerme al punto de fuga o persistir en la búsqueda de contactar y apropiarme del horizonte, habiendo acabado pero sin final, sin último encuentro, me martilleaba la conciencia el deseo de buscarle y devolverle el cuaderno y forjar en ese encuentro el desenlace, dudé, dudé confuso transitando la Rambla de arriba abajo. Subí y bajé dos veces, del mar a la montaña y en la tercera me quedé arriba. Así, acaba la penitencia de un penitente del espíritu. En una metáfora: “Este es el secreto del alma: sólo cuando el héroe la ha abandonado se acerca a ella, en sueños, el superhéroe”. Descubrí a José en la plaza Cataluña. Donde el monumento de Francesc Macià. Y se disiparon los miasmas de mi duda. Me acerqué, sin saludar más que con un movimiento del rictus y del cejo para no interrumpir su juego y aguardé asiento. Ahora, de pié, mirando las piezas ya no dudaba. Ni tampoco veía, ya, a los dioses que tras José y su contrincante la tramaba empezaban. Pensé, lo recuerdo nítidamente, que a partir de entonces, sin verlos, mejor podría connivir con ellos. Susurré una palabra que podría haber sido Apolo. O Dionisos. O Abraxas. Pero dije Lulz.

Jugamos varias partidas. En todas José bailaba con las negras y yo orquestaba con blancas. Acabaron todas en tablas. Me pareció el inicio de otra era respecto a solo unas horas antes. Pasó un eón. El muchacho saliendo del piso y tirando el cuaderno a la basura, yo con medio cuerpo dentro del container y luego navegando el río de la Rambla de las Flores ora como salmón a contracorriente, ora como mero fluyendo como un cordero. Un pequeño paso para mi cuerpo, pero un gran paso para mi mente. Un eón. A José no le hablé de la libreta. No le dije que el joven se llamaba Martín Santomé Negro. Que había esbozado, o estaba esbozando, en aquel fino cuaderno, en fragmentos, un tratado cosmogónico titulado: “Filopraxis: mediante y durante”, habiéndole denotado ya con una trinidad calificativa: “insurgente, iniciático e hipostático”. Ni que pretendía ofrecer con ese texto municiones para milicias anarcocristianas; ni que una cruz de cristo inscrita en el triángulo cerrado de una A inscrita, a su vez, dentro de un círculo, se repetía garabateado aquí y allá en mil y un modos caligráficos distintos. En verdad, moviendo mi piezas entre las de José, decidí sellar herméticamente en mi memoria una experiencia mística que ambos podríamos experimentar pero que yo en absoluto quise compartir con él más allá de las tablas que habíamos hecho esa tarde. Simplemente, cuando, concluido el ocaso, encendidas las farolas y las luminosas comerciales de la plaza, recogidos los tableros y guardados los escaques en sus cajas, José me acompañó a las taquillas de la Renfe y regresé a mi cuchitril de portero en Cadaqués, transcribí las últimas hojas, las páginas relativas a la estancia de Martín en el piso, y alegremente las cosí y ornamenté al hilo de los párrafos que preceden a este, haciendo una reconstrucción de sus pasos finales, recogiendo y saliendo del piso, y, explicando esto, colorín colorado, el cuento quedó explicado y, yo, que te lo he narrado, me despido con un saludo. @

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