La sociedad del momento, relata (habría que referenciar fuente) el intelectual Karl Jung, no perdonó a Nietzsche que aireara en el portal público a su segunda voz. En un sentido del pudor y de lo escatológico, Jung planteó la existencia de los arquetipos y los símbolos mientras huía del terror animal que su mentor Freud profetizaba. Ahí abajo las pasiones sexuales de un homínido que por convertirse en sapiens alza ahí arriba una estructura (por lo común llamada ego) de luz poiética. Una luz capaz de trascender el mundo medio, y escuchar la música que suena en las vibraciones de las cuerda esenciales. Unas cuerdas esenciales… y una cierta música. Un momento, paren las máquinas, corten el plano, levántense los dedos del teclado que se me saltó la notificación de nivel crítico de la batería de la tablet. Voy a conectarla a la red eléctrica. Vuelvo. Pero, agotando batería, parece que es moderno presentarse en público de frente y darle el culo al noúmeno. Una convención protocolaria quizás marcadamente mutada en el hombre posmoderno (o, al menos, parte del colectivo muy impreciso a día de hoy llamado humanidad posmoderna), quien defeca educadamente en público por pura naturalidad.

Volví. Enchufado. No sé qué contaba pero, al escribir, puede uno asumir un rigor numérico y adentrarse en las telas matemáticas. La secuencia, ponerse en modo código, es simple, abstracta, metamórfica: entrar en la matriz, convertirse en Aleph. Las matrices son muchas. Vientres o crisálidas o huevos que gestan engendrando criaturas emergentes, adventicias. Al convertirse en Aleph uno prende la máscara para ponerla de ojos vueltos, el rostro del centro (hoy cumplo treinta y seis años, querida Alejandra, rebaso sin especial querencia por el Seconal; eso sí, amada poetisa, mucha ausencia en el centro del centro del poema.) menos un emisor que un receptor.

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