Es útil, para seguir trabajando cada uno en su propio campo, saber en qué mundo vivimos, sacar las conclusiones, volvernos tan astutos como la serpiente y no tan ingenuos como la paloma, pero por lo menos tan generosos como el pelícano e inventar nuevas formas de dar algo de vosotros a quienes os ignoran. En cualquier caso, desconfiad más que nada de quienes os honran como si fueseis la fuente de la verdad. En efecto, os consideran un mago que, sin embargo, si no produce enseguida efectos verificables, será considerado un charlatán; mientras que las magias que producen efectos imposibles de verificar, pero eficaces, serán honradas en los programas de entrevistas. Y, por lo tanto, no vayáis, o se os identificará con ellas. Permitidme retomar un lema a propósito de un debate judicial y político: resistid, resistid, resistid. Y buen trabajo. © Copyright 2002 Umberto Eco

¿O…, por qué no? En el departamento de… no, mejor no nombrarlo. No hay gente más susceptible que los funcionarios, oficiales, oficinistas y en general los servidores públicos. En los tiempos que corren, cada particular considera que si se toca a su persona se ofende al conjunto de la sociedad. El capote, Gogol

Si te digo que escribo por amor en lugar de por un interés motor cambiante a lo largo de los meses; si te digo que única y exclusivamente compongo textos poseído por ansia de un amor al que le tiendo hilos de palabras para probar de abrazarlo hacia mí en lugar de decirte que la composición de los textos obedece al ansia de recrear con hilos de palabras sombras, perfiles y texturas nacidas en el onirismo de mi soledad; si al principio de una novela escribo que escribo enamorado y, también, describiendo un amar en lugar de escribir templado una meta-escritura que diga que dice lo que se está diciendo; si te digo que cuando me siento en la soledad a teclear o garabatear palabras siento en el pecho un anhelo de regresar junto a mi amada y por ello la describo junto con lo vivido horas o meses en lugar de decirte que cuando escribo me hundo, me sumerjo, olvidado de cuanto allende mis cinco sentidos sucede, devenir solitario aquende un ser; si aquí escribiera que mi escribir es patético enfático, romántico, ecoico y orientado en las guías y buen hacer del cortejo, a los métodos y maneras de una vida conyugal que se desea mantener limpia, sana, motivada, vital e, incluso, convivencia feliz o trascendente en lugar de escribir aquí que mi escribir es prosaico, ilustrado, egoico, uniformador en lo universal, objetivo en lo empírico; si lo hiciera, entonces, te mentiría.

Todo lo contrario. Escribo desde el desamor, para el miedo, y con la acritú individualista del uraño olvidado. Reconozco algunos errores en el pasado causados por un exceso de pasión. Ahora me he templado. Podría decirte que vivo en la que Isaiah Berlin, identificándola en sus albores, llamó la Edad de la Razón. Una vez acabadas las tinieblas medievales y comenzado el pensamiento crítico del Renacimiento y el propio pensamiento científico, te diría que vivo en una edad dominada por la ciencia. Pero te mentiría. Tampoco, no obstante, vivo en una edad dominada por la magia. Me he centrado. He basculado mi corazón para situarlo allí donde mi mente no lo alcanza. ¿Puede ser que la materia gris que hay en la espina dorsal se sincronice con la materia gris que hay en nuestro cerebro? Yo lo afirmo.

Así como te dije aquello, quisiera al igual aclarar que la bandera del dolor-miedo en mi puño se tiñe menos con los colores de quien no encuentra y por eso sufre impotencia que con los colores de quien aún encontrando y pasadas las semanas, quiere volver a encontrar.

¿No te parece ilimitada la capacidad de absorber nuestro servicio habida en el prójimo? ¿Te pasa eso de servir, servir, servir, infinitamente servir y a las vueltas hallarte rodeado de Egos que miran a tu Ego tan marchito tan seco tan esmirriado que tu mismo Eco, haciéndose nada, como manto arrugándose, haciéndose jirones, apelmazándose, se obliga a conformar un monigote para que te emerja un Ego? Ya, de acuerdo, okey: puede que la pregunta anterior explote la línea argumental y se disuelva soliloquio: a lo mejor, puede, oíste hablar del Ego, pero puedo que jamás hubieras oído hablar antes del Eco. Quiero decir: ¿te sucede que si no luchas por vivir el prójimo te arrasa?

Ahora te copiara unos pocos párrafos del Werther de Goethe apelando a su sabor romántico, siglo XVIII, con ínfulas de un saber que se ama a alguien y, a la vez, comprender que jamás seré correspondido. Frustración. Mi nomaestro (supongo que te hablaré bastante de él a lo largo de este escrito) compuso su primera novela, ElDorado, para enamorar a una mujer. Aquí, qué remedio, seguimos la estela. Verás mientras lees, así lo espero al menos, la claridad con la que te aparto en una mano el amor y en la otra lo contrario. Que pueda ser el odio o el miedo. Mi intención es sostenerlas so capa de la lírica para que no me ahoguen. Sin embargo, porque este escrito no es a vuelapluma sino ejercicio consciente de literatura, he trabajado bastante su verbo. Te voy a cambiar de tercio, evitando con ello redundar en los viejos cánones líricos. Intentando satisfacer lo que se espera de un escritor, a saber, ubicarse en la cresta de una ola en la superficie de un mar. Sabes: la mar. Una mar de tercer milenio. Posmoderna. Voy, seguidamente, con caldo poético fresco: cibernético, si me apuras.

En cualquiera de nuestros móviles como apéndices naturales de  trompas de Eustaquio, se lanzan nuestros chats a través de Internet, enhebrando una red de comunicación telepática. Aparecen nuestras palabras, también asíncronas, como flora menciéndose en el viento cibernético. Hojas colgadas de copas de árboles entroncados en los discos duros de los servidores de hosting, conformando los bosques de nuestros mensajes en la blogosfera y en las blogosferas de las redes sociales.

¿Qué te pareció? ¿te imaginas al Cándido de Voltaire escribiendo semejante párrafo? Esta visión de un predominio ya absoluto de la mentalidad científica, que se anunciaba tan ingenuamente en el Himno a Satanás, de Carducci, y más críticamente en el Manifiesto comunista de 1848, la apoyan más los reaccionarios, los espiritualistas, los laudatores temporis acti, que los científicos. Son aquéllos y no éstos los que pintan frescos de gusto casi fantástico sobre un mundo que, olvidando otros valores, se basa sólo en la confianza en las verdades de la ciencia y en el poder de la tecnología. Resigo la línea, porque quiero ubicarme, como dije, tras una literatura. Quiero ser hijo de mi tiempo, a la par que original y contribuir con mis textos a la cadena perenne. Ceñirme, me guste o no, al vocabulario de la época. Describir, me agrade o no, lo que existe cuando me siento a escribir.

Verás, si lees, que mi quiste, eje primordial de mi escritura, no es tanto un amor sexual como una voluntad de emancipación. Un sentimiento de opresión patente forzado a estallar en libertad. Entraré, erre que erre, al trapo de liberación: así como Benedetti: sin tregua: sin salvarme. Radical, y en sintonía con Pizarnik: no quiero nada más que ir hasta el fondo; a las raíces. Vayamos pues:

Hay quienes piensan que la palabra colonia viene del “colonizador” por excelencia Cristóbal Colón. Pero es mera coincidencia (y de hecho se ve en la traducción al español del apellido original: Colombus) La palabra colonia ya existía varios siglos antes de Colón. Viene del verbo latino colere, y significa “cultivar”. Posteriormente la palabra decantó hacia el culto/cultivo de las personas, salta la vista la relación con la palabra cultura. La relación original es probablemente que para los romanos las colonias eran generalmente agrícolas, o sea se dedicaban al cultivo de la tierra, como Egipto que era frecuentemente llamado “el granero de Roma”. Ahora se constata que África y Latinoamérica han sido el huerto y el jardín de Occidente. Tiro de Wikipedia para informarnos que cerca de dos millones de personas viven bajo ‘dominio colonial’ en los 16 territorios no autónomos que reconoce Naciones Unidas. Malvinas, Sáhara Occidental, Bermudas, Islas Caimán, Gibraltar… De acuerdo con el Derecho Internacional, su proceso de descolonización sigue abierto. Son las máculas de un mapa político cambiante: en 1945, cuando se gestó la ONU, la cifra ascendía a 750 millones de personas, casi la tercera parte de la población mundial. Más de 80 regiones estaban entonces sometidas a la legislación y costumbres de sus ‘conquistadores’. Desde entonces, el colonialismo ha desaparecido prácticamente del mapa. Esto es bueno: pero no del todo cierto: es un primer paso.

Después del hilo anterior, nada más enunciado como introducción, se sigue la religión. La política y la religión, sabrás, religazones del individuo en el colectivo. Se pide a todo hombre santo alejado de la región que viaje a Tierra Santa por lo menos una vez en la vida. El viaje puede durar eones en hacerse porque el tiempo cronológico casi nunca sirve para medir estos viajes más enmarcados en tiempos kairológicos o aeónológicos: vaya palabros, no por raros menos reales: el tiempo es tiempo lo mida Kronos, Kairós o Aeón. Un tal Virilio habla de nuestra época como de la época dominada, yo diría hipnotizada, por la velocidad: desde luego, estamos en la época de la velocidad. Ya lo habían entendido anticipadamente los futuristas y hoy estamos acostumbrados a ir en tres horas y media de Europa a Nueva York con el Concorde: aunque no lo usemos (si me lees supongo que no lo usarás), sabemos que existe.

¿Por qué sueño así? ¿Por qué no asirme con un planteamiento religioso para cubrirme las vergüenzas del sentimiento? ¿Ay, cuándo se apaga la luz, a dónde va “lo claro”? ¿Y si hablar del alma es hablar de una gran metáfora, y el alma nada más pueden entonces tocársela quienes de ideas escojan ramas de palabras? El deseo a veces de pasar de golpe de una causa a un efecto por cortocircuito o por gusano de agujeros negros y blancos, sin completar los pasos intermedios. En cualquier caso, aunque mi metáfora agote tu paciencia, lectora, escribo tras la Novela de ajedrez de Stefan Zweig, ¿conoces?: un militar nazi somete a su torturado menos a una violenta paliza física que a un aislamiento total y hermético. Y, haciendo así, se considera más humano que un superior suyo que le presiona para que abandone tales métodos y proceda a castigar al prisionero. Yo podría cargar mis tintas con lisongera y liviana descripción como hicieron Dumas y compañía; enarbolar el verbo enciclopedista como si el mundo fuera algo así como lo fue cuando al final del siglo XVIII las revoluciones de las constituciones francesa y norteamericana se abrían en la esperanza de un nuevo mundo. Pero no. Escribo después. Cuando ya Auswitch y el resto de campos de concentración han existido y los románticos que más o menos están un poco cuerdos tienen el corazón roto en mil pedazos: otrora imbecilidad supina en la falta de báculo.

Así, entonces, allí donde Homero despliega su Ilíada en verso, epopeya que abre la literatura occidental, sin ánimo de soberbia, yo, meramente, con pena, nada más te presento una escritura floja y sin heroísmos que explica cómo la simultaneidad entre causa y efecto se ha transferido a la tecnología, que parece la hija natural de la ciencia. Ortega y Gasset aquí escribiendo la Revolución de las masas, apuntando a una catástrofe de dimensiones universales. ¿Cuánto ha habido que padecer para pasar de los primeros ordenadores del Pentágono, del Elea de Olivetti tan grande como una habitación (los programadores necesitaron ocho meses para preparar al enorme ordenador y que éste emitiera las notas de la cancioncilla El puente sobre el río Kwai, y estaban orgullosísimos), a nuestro ordenador personal, nuestras tablets y smartphones, en el que todo sucede en un momento?

Ignoro si te perderé adentrándome en terrenos puramente técnicos. También ignoro si cuando Lautremont o Rimbaud cerraban el discurso allende las lindes de la poesía esperaban que alguien (algún lector) les acompañase: insisto: es lo que hay: hijos de la época. Entonces: Los primeros usuarios del ordenador programaban en Basic, que no era el lenguaje máquina, pero que dejaba entrever el misterio (nosotros, los primeros usuarios del ordenador personal, no lo conocíamos, pero sabíamos que para obligar a los chips a hacer un determinado recorrido había que darles unas dificilísimas instrucciones en un lenguaje binario). Windows ha ocultado también la programación Basic, el usuario aprieta un botón y cambia la perspectiva, se pone en contacto con un corresponsal lejano, obtiene los resultados de un cálculo astronómico, pero ya no sabe lo que hay detrás (y, sin embargo, ahí está). La odisea de Steve Jobs con Lisa y el Mac frente a los capitalistas sin escrúpulos que le roban la empresa: su venganza cuando regresa y comprende que debe asumir la dirección general de Apple, etc. El usuario vive la tecnología del ordenador como magia. En Linux, que es territorio de código abierto, además, el usuario pude vivir la tecnología del ordenador como mago, vale decir: enredándose en repositorios de código libre, puede forkear, código y operar sobre él en su mesa de trabajo. Este tipo de casos: ahora. Aquí. No quiero entrar a describir, únicamente describir el contexto: puesto que cuando Platón argumentó su mito de la caverna seguramente ni podía imaginarse las elecciones electrónicas ni podía entrever que en el CERN iban a estallar átomos para ver si en su interior hay o no masa oscura. Es importante, es mi opinión, y posiblemente la compartas, muy a pesar de Fukuyama, no perder el hilo de la Historia: a los que estamos abajo y a la izquierda nos va la vida en ello.

Siendo sincero, por el momento, poco de lo escrito abstrae un ápice de genuidad por mi parte. Hasta la línea en curso, únicamente he hecho que resumir las enseñanzas de mi nomaestro. Para tejer lo escrito no he necesitado nada más que a alguien capaz de sostener su propio interés egoico tras una red de pedagogía, capaz de explicar objetiva, conscientemente, liberándose del monoteísmo, de los dogmas, y liberándose del esqueleto de la religión, pasando todos los dogmas a un mundo absolutamente simbólico, relegando la ceremonia de la iglesia (como autoridad) a un ámbito de lo interno, y, así, explicarme, explicarnos los textos. O sea, en un primer momento: orar los textos. En un segundo, análisis de la obra literaria. Y, en un tercero, presentarme, presentarnos, un cuerpo hermenéutico extendido desde el perfil del Libro alumbrado con la luz de nuestro entendimiento. Desvelando, por encima de todo, el redimensionamiento y recualificamiento de la sombra hermenéutica según la luz del entendimiento que alumbra los textos. Esto es, en suma, lo que mi nomaestro me ha entregado. De esto parto. Por eso lo atropellado, la enumeración superficial. Si me pides, lectora, explicaciones: te remito a su bibliografía. Decíamos ayer, en un hilo racionalista, Fray Luis de León y cuatro siglos después Unamuno….

Y, a pesar, cómo no, sea, ya no mi nomaestro sino mi maestra de literatura quien de entre nosotros más bella sombra conseguía sacarle al libro de los evangelios y al paraguas de cuya luz mejor hemos sido subjetivos testigos de las parábolas y anáforas en las sagradas escrituras escritas. Sea así, mi, nuestro, agradecimiento a mi, nuestra, profesora de letras. Y, tras ella, no tras él, vamos con la novela. Verás como al sincronizar con la maestra mi escritura se vuelve menos densa, más cristalina. Quería escribir una novela corta para testimoniar a cerca de un asunto añejo al que siempre he prestado atención, voluntad y memoria. Ella señaló, y yo miré. Me he enclaustrado en demasía por motivo de ese asunto. Parece natural una obligación a narrar, ni que sea suscinta y escuetamente, una panorámica de la experiencia.

Un buen día, gran día, Jueves de Corpus para los católicos apostólicos y romanos, di con un libro intitulado El capote. Ese asunto con el que yo me había obsesionado, hasta el punto de sacarme del surco un poquito hacia el delirio, y que con tanto esfuerzo y dedicación había intentando nombrar en su sentido estricto de poner nombre a cosas, quedó por todas partes nombrado. Como encontré ese asunto desvelado mediante y durante las letras del libro de Gogol, quedé entendido y un vacío me llenó el hueco que dejaron las pesquisas, las marañas, las miríadas de hilos semánticos, de memes y femes acumulados a lo largo de los años, ahora todos compactados, agrupados, ordenados, constituidos tras los nombres que leí en El capote, eso es, quedó entendido. Magia acabada de una ilusión cuyo efecto ahora se comprende desvelada la causa que lo lanza a la realidad: Todos estamos bajo el capote de Gogol, se podría decir.

Todo el mundo sabe que el material del cual se hace el espacio es el vacío, y, si me apuras, que el saber no ocupa lugar; siendo ninguna la paradoja si tomamos la premisa de que el saber crea espacio interior. Sabe uno y genera vacío en su mismidad porque es un arte de la memoria desaparecer de la biosfera y reaparecer en la noosfera. Uno recuerda referentes biosféricos y los significa en su mente noosférica. Solamente que no sabía o que no sabía nada sabía un filósofo del Hélade mesopotámico llamado Sócrates precursor o, al menos maestro, del filósofo rey principal artífice de nuestro reino de pensamiento finito racional construido irrisoriamente con la autoridad carcelera de un rey como padre, como señor velando el encierro del loco que todos llevamos dentro. Derrida, y su pensamiento débil, aquí. No en vano se inscribía conócete a ti mismo si deseas conocer los misterios del universo en las fachadas de los templos primeros aquellos prehistóricos que incubaron los germinales secretos gnósticos de donde se lanzó al futuro la espiral de evolución de la conciencia humana de la cual nuestro pasar constituye fastigio. ¿Y cómo iba a poder engendrarse el universo en el conocimiento de uno mismo si el saber no procurase espacio, vacío? Es así que entender en la lectura del libro de Gogol me abrió un espacio huero. Polvareda asentándose, el horizonte devora al carruaje. Ya se marchó. Y quedamos de nuevo solo de soledades yo, de última soledad. Lírica española, sabrás. Mi última sobriedad igual como un hombre de pie ante el mar, con los talones sumergidos, en la orilla, en la playa. Una lengua que borra a lametazos cualquier intento de construir la eternidad.

Esta novelita que tienes en las manos, lector, es una carta y, a la vez, un cuento. Se escribe desembarazándose de un asunto (el que Gogol y su capote acrisolan) mientras se va gestando otro. Zona liminar, convulsa, multívoca obligada porque después de tanto tiempo dedicado a ese asunto me da como no sé qué pasar a otro nuevo sin por lo menos escribir que no escribo sobre él porque otro escritor antes escribió y lo escrito nombra sobradamente bien.

Si me permites, hoy asistimos al renacimiento de sectas satánicas, de ritos sincretistas que antes los antropólogos culturales íbamos a estudiar a las favelas brasileñas; incluso las religiones tradicionales tiemblan frente al triunfo de esos ritos y deben transigir no hablando al pueblo del misterio de la trinidad y encuentran más cómodo exhibir la acción fulminante del milagro. Esto significa que los occidentales, con el culo al aire, ni temen a los rabuhos, ni temen pecar, ni creen, por supuesto, que la Tierra sea plana o que sea el centro del universo. El pensamiento teológico nos hablaba y nos habla del misterio de la trinidad: padre no es hijo, hijo no es espíritu, espíritu no es padre: y todos son Dios; pero argumentaba y argumenta para demostrar que es concebible, o que es insondable un creador manejando nuestros hilos. El pensamiento del milagro nos muestra, en cambio, lo numinoso, lo sagrado, lo divino, que aparece o que es revelado por una voz carismática y se invita a las masas a someterse a esta revelación (no al laborioso argumentar de la teología), antes bien: quien crea que lo haga porque es absurdo, Tertuliano aquí. Querría recordar una frase de Chesterton: “Cuando los hombres ya no creen en Dios, no es que ya no crean en nada: creen en todo”.

Seguimos descendiendo. Cada vez, lectora, verás más clara mi escritura. Si mi nomaestro nos encumbraba al filo de los tiempos y mi maestra hurgaba sin miedo en una realidad física desprovista de divinidad, ahora ya toca mi cosecha: Una gorra negra, mi gorra durante el último lustro, junto al teclado. Una gorra no es un capote. Pero es mi objeto de deseo y el ítem que traza mi continuidad: una gorra negra que siempre repongo cada vez que la anterior se me deteriora por el uso.

Esta gorra negra que tengo aquí, en breves momentos la guardaré, ya para siempre, en el baúl de las gorras muertas. Sentado en un escritorio, una gorra negra nueva ya instalada en mi cabeza. Dario, un anti-editor del mundo de la bohemia fanzinesca del suburbio que acaba de re-editar al precio de un céntimo de euro la compilación completa del cómic el Incal de Jodorowsky y Moebius, acaba de regalármela y justo se marcha, encaja la puerta de la habitación: “Déjate de imperativos categóricos o universales. Hazlo como si fuera una acción única, efímera, concreta, transitoria, contingente. ¡Sastipén…!” Talí, pronuncié, en un suspiro murmullo, mis labios, dispuesto a hacerlo como me ha aconsejado. Salud y libertad en lengua rom. La gente del carro. Sí, igualmente, salud y libertad. Un escritorio nuevo, se entiende, para un escritor, y más si todavía permanece inédito (pudiera decirse que por el anonimato el peso sobre sus hombros es lisongero como columnas de aire y no pesadas como columnas de agua o imagología del escritor publicado y con nombre en el coralino bibliográfico), supone, se entiende, un trampolín o una espoleta o un aleph. Esta escritura es la primera escritura que escribo en él. Y es por la gorra vieja negra, en rigor, ya no es negra (Ya no es negra. Fue negra. Ahora es gris claro; incluso pardusco. ¡Y su olor…! no huele a nuevo como la que llevo puesta. No huele a nada no huele a vacío, huele a vivido. Que es olor a sudor.), que un nuevo escritorio abre la senda de otro tiempo, quién sabe si otro lustro; que bien sé ya que esto es pasar, estela (¡las gorras negras!) a desvanecer. ¡Ahí se queda la gorra vieja! -digo lanzándola como un disco al baúl, es un acto fulcro en la secuencia de mi devenir. Ajusto la visera de mi gorra negra nueva, para que me caiga sobre las sienes; haciendo cuevita; que me enfoque un triángulo isósceles con vértices: mi tercer ojo, mis manos y las pantallas del escritorio. Donde lanzar como efecto una atención, donde causar una voluntad, donde proyectar una memoria.

Y esto es el primer trozo de la novela. Así comienza. Le late un corazón, bajo una gorra negra nueva. a un escritor de líricas. Soy yo, lectora. Marcando un pulso. Espero que no abandones la lectura en este punto debido a que no hayas logrado extraer sustancia de lo leído. Estaba obligado a escribir lo que he escrito. Ya lo indiqué: mi nomaestro, mi maestra: provengo de sus aulas. Estaba obligado. Asumo que por el momento, y aunque mucho me esfuerzo en un rigor, en una sustancia, en un método, en un sistema, en un útil de interés a terceros, nunca emplato. Fogoneo en cocinas pero no saco el plato al comedor. Mi querida ausente e hijo, lector, por más que me aparece la obra de agonías, sueños, polvo y, claro, palabras mecanografiadas, algo le posterga una calidad o estado de acabado, finalizado, listo, desarrollado. Sea quizás la falta de final un atributo del escritor posmoderno, muy dado a enredarse y poco a levantar cátedra. Sea lo que sea, lisongero, hasta la fecha siempre me han quedado cabos que atan un futuro o tiempo posterior donde se alojan fragmentos de texto a incluir en la obra y que me han mantenido al pie del folio tecleando. Me he dado cuenta de que acabé una novela y comencé otra cuando los personajes y el mundo mismo había cambiado, pudiendo regresar a buscar el tramo en donde la transición era de texto liminar, convulso y multívoco, ya connoté. Pero esta vez, no. Remataré.

Relativo al asunto, sé que no conseguiré incluir en el relato, para ser concretos, la aparición de un fantasma vengativo (el capote) ajusticiando a quien en vida no me socorrió la miseria. Este como cualquier otro ejemplo, a día de hoy (espero no olvidarlo durante la travesía), miro el baúl de las gorras negras, me han de servir para levantarme a tiempo.

Y me apearé de la historia, escindiéndome de ella, atándole el último verso con un punto. Para que la novela que será carta y cuento caiga desde el cielo de mi escritorio y se abra paso en la superficie del mar, (de aquel lado, o sea, del lado sumergido, ya no se dice el mar sino la mar), y, que, sin mí, el escrito se deposite en algún discreto rincón de un cúmulo de corales rojo-verdoso, dispuesto a permanecer junto al resto de corales un buen montón de siglos al acontecer de la vida orgánica sumergida en la mar, atestiguando, en la línea del capote de Gogol, el asunto nombrado.

Al final, y ya te suelto, lectora, la conclusión polémica de la intervención de U. Eco, es que el presunto prestigio de que goza hoy el científico se basa en razones falsas, y está en todo caso contaminado por la influencia conjunta de las dos formas de magia, la tradicional y la tecnológica, que aún fascina la mente de la mayoría. Si no salimos de esta espiral de falsas promesas y esperanzas defraudadas, la propia ciencia tendrá un camino más arduo que realizar. Y más cuanto el capital, el terror financiero, haga que la ciencia no acometa soluciones y remedios para los humanos sino se convierta en mero instrumento de beneficio.

Por lo pronto, Dario vendrá mañana a desayunar. Y a llevarse este prólogo, el exordio y, quizás, hasta me saque un mapa. Con el tiempo, un día venidero, Dario ya no volverá más, y me habrá arrancado un montón de hojas. Y llegarán a ti… Como es en la mar, es en el mar…, será lo último que teclee, rayando un alba… ¡ataraxia freak!

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(estos enlaces aún no están disponibles, marzo 2015; lo estarán en septiembre u octubre.)

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