Por no nimio litote debe pasar esta primera declaración; aún menos por ripia. El Yo, que no es con mucho todo lo que existe, es de dónde parto. Soy egoísta; no siendo, el egoísmo, patognomónico de mi enfermedad.

De una de las otras partes, es frecuente, en el ámbito público, el usufructo de seudónimos ligados a una persona; a una vieja máscara griega: ¡Hola! ¡el mío es Martín Santomé! Heme aquí, descorchando un botecito de cristal, en cuyo interior macera, sumergida en una solución de tesón y resolución, una minúscula, aunque significativa, muestra capturada furtiva, pero no ilícitamente, de la insigne pelota embolillada por el Caballero del Escarabajo: “…pues delito es atentar contra la propiedad privada, y sin ella, como señala John Dos Passos en Años inolvidables, no hay libertad posible.”

El propósito de hallarme oliendo el perfume de un botecito de cristal que encierra esencias de literatura, pisando la arena de la playa (bajo los adoquines), y con esto trinizo el punto de partida, es: combatir el nihilismo; El arma que empuñaré en mi diestra se sigue al hilo de las letras del grupo de riesgo Habeas Corpus: armamente; el rastro hasta Ariadna, arquetipo del mito del minotauro, acabó, años después, bautizado con el nombre de: filopraxis; amor a la práctica, ciencia y religiosidad de mi proceder.

Voy a formularte unas preguntas con ánimo de ubicarte al principio del texto. Puedan parecer inconexas o arbitrarias; más no lo son: ¿Es posible el comercio capitalista entre dos naciones vecinas no armadas sobre la propiedad privada y el mercado único? ¿lo puede ser la comunicación verbal entre dos humanos vecinos no armados sobre el egoísmo?; ¿qué es el ego sin el orden del Yo, será el Todo?; y ¿qué es el orden sin la “verdad privada” o subjetiva o evolucionante, será la nada? ¿es posible usufructuar la verdad privadamente de forma homóloga a como disponemos del espacio físico, edificado o sin edificar, son porciones de Gaia atribuidas a humanos? ¿qué es la verdad, es, parafraseando a Gandhi,  Abraxas?

Contemplando consciente a mi Eco (complemento, según Ken Wilber, del Ego; movimiento en red horizontal, complemento de la jerarquía vertical egoica), emitiendo sus juicios, dirimiendo su estro, para condensar el primer axioma de este exordio: con una obvia, si tal adjetivo no hiere la sensibilidad, tendencia caleidoscópica, holónica, le brotó la primera propiedad, de naturaleza emergente, a este, mi egoísmo: la propiedad privada en el ámbito no sensible, es decir, allende la biosfera aquende la noosfera, es condición sine qua non para liberar la posibilidad, esto es, el desarrollo social de la irracionalidad.Volveré sobre esto.

Devolviendo, por el momento, el botecito de cristal a mi esquero extraigo otro de hojalata y desenroscando el tapón, distingo, agudizando mi ingenio, una nueva “esencia” flotando circunscrita en una atmósfera fétida de sangre y pólvora: “En política se llama orden al que existe y se llama desorden a ese mismo orden cuando le sucede otro orden distinto; por consiguiente es perturbador el que se presente a luchar contra el orden existente con menos fuerza que él. El que se presenta con más, pasa a restaurador, cuando no se le quiere nombrar con el pomposo título de libertador.”

Bien, dando unos pasitos, tentando con escrupulosa atención la temperatura de las olas desvaneciéndose en la playa, me adentro hasta que el agua del mar me cubre los tobillos, enrosco el bote que libera olor de libertador, de restaurador, de perturbador y lo devuelvo junto al que mi eco determina, un tanto peyorativamente, egoísta; mas no le diré al sol del mediodía que soy libre porque escapé de un yugo; (aunque, efectivamente, del pensamiento único a base de valores dominante me escapé) le diré: filopraxis; así llamamos en mi familia, nativa de la república Utopía, a lo que los indoeuropeos llaman “libertad”, si bien, notables, e irreconciliables, diferencias de dominio semántico alejan a ambos referentes. Aparecí dentro de mí conmigo ya en marcha. Paulatinamente, fruto de la suma de instantes, tomé consciencia de mí. El juego (jugar), lícita dedicación del infante, pura imaginación actuando dentro de un paradigma meticulosamente reglado, se convirtió en mi más motriz impulso vital. Cuidándome instintivamente de no caer en el vicio de malgastar el tiempo de juego politizando la legalidad de los actos, más física que metafísicamente, viajé el mundo hasta mi adolescencia hiperprotegido por mi, invocadísima hada madrina y mi convocadísimo hado padrino, manejando una Balanza, don otorgado por Ella y una Linterna de mano, herramienta fabricada por Él.

Yo, adventicio de un cuerpo materializado a mi alrededor dotado de autonomía propia, me pegué una patadita en el trasero, arrojándome del esquema que me tejían mis familiares, mis profesores, mi conocidos: el laberinto que aquí narraré, novelando. Enraizado en orígenes proletarios, mis manos no dudaron en ponerse manos a la obra; trabajando de sol a sol, haciéndome a mi mismo, aislé un pedazo de noosfera y le robé metros de oscuridad a la Sombra, manteniendo iluminada una linde cerrada de atalayas; Conquisté un imperio dentro del cual no se ponía la luna (parafraseo del imperio español donde no se ponía el sol; y, sabrás, el capitalismo nació de una primera acumulación de oro inicial a base del holocausto indígena). Lo salvaje, agazapado tras las fronteras iluminadas, acechando nuestra claridad, no consiguió detener el engendramiento de vida mónera e independiente de la oscuridad. Pronto, los muros de nuestras atalayas, y con él la férula iluminada, cedían al embiste del exceso de vida perturbando su ataraxia. Oleadas de conquistadores abandonaban su patria y emigraban en busca de nuevos espacios que iluminar. Con el paso de los ciclos, los que se quedaban, ávidos de recibir las epopeyas de aquellos que conseguían regresar, publicaron las historias que desvelaban a los salvajes vencidos en honor a la Luz. Retratos de seres oscuros y desconocidos, emitidos con mesura y constancia, impregnaban la sabiduría popular empaquetadas en el ocioso, y minoritario, Arte del Mito. La Sombra, reculando colonia a colonia, dejaba de pasar inadvertida, acumulándose, a fuerza de mitos coincidentes, empirismo suficiente como para incorporar certezas relativas doble-pensantes de sus allegados. Extremado el proceso, oscurecida la luz, palpándose menguar, los genuinos habitantes de la tierra de la luz, dieron en denominar Irreales aquellos seres que, paseándose por sus sociedades, no contribuían a la causa de la luz, y denominaro Reales a todo hijo de vecino restante con la clara intención de distanciar una y otra, Clara y Oscura, instancias de la vida. Esta distinción, en sus primeros estadios de facto y en su colmo de jure, acabó escindiendo la sociedad de la luz en dos grandes aspirantes al control de la férula socializada: los Reales, con afinidad a aclarar la Oscuridad, y los Irreales, salvajes pasados por el aro con tendencia a preservar la Oscuridad, la cual fue origen de su existencia, en la medida que de ello se pueden enorgullece. Sucedieron sucesivamente eras de confrontación. Rotación en el usufructo del poder. Conspiraciones. Acuerdos. Desafíos y pacificaciones. Durante incalculable tiempo aquel pellizco de la noosfera se convulsionó internamente, ora iluminándose ora oscureciéndose. Mientras tanto, la vida en él se desarrollaba.

Sé que lo anterior sobrepasa en cantidades desproporcionadas cualquier otra cosa que no la glosolalía, pero, ¿cómo redactar la sinopsis de la novela en un único párrafo? Esto que he resumido, es la historia de mi despertar. Si me das tiempo, compañía y cooperación lectora, te cuento cómo me arrojé por el abismo de la postmodernidad. Parafraseando (lo que junto a metaforeando son ladrillo y cemento de la construcción laberíntica a las puertas de la cual te hallas) a Wilde, concluyo la bienvenida: puedo resistirlo todo, menos el riesgo.

Alguien pudiera inquirir el motivo, la causa o la razón de abrir una novela titulada Illud Tempus y subtitulada: sobre Kronos, Aeón y Kairós o de las dimensiones y la mesura del tiempo, sin hacer una sola referencia explícita a esos dioses y a ese propósito, que es tanto cuantitativo como cualitativo, de trazar panorámica sobre el consorte del espacio en el matrimonio que llamamos “continuo espacio-tiempo”. Si es tu caso, lector, bien hecho y bueno y agudo apunte. No perdamos más ídem. Vamos directos al primer capítulo…

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