Toda está tendencia acaba llevando, digerido en occidente a través de los siglos, con Schopenhauer, s. XIX, a los infinitos grados de inanidad del ser; hasta qué punto el Ser realmente es nada, menos que nada; hasta que punto el mundo no es más que ilusión, velo de Maya; ¿podría ser que conocer el ser fuese conocer nada?; hasta que punto la felicidad no se puede conseguir más que renunciando al deseo; hasta que punto lo mejor que podemos hacer todos es declararnos mortificados y mortificantes; hasta que punto la ganancia, la lujuria, el éxito, la tranquilidad son signo de… pues… de falta de virtud moral.

No sé, de alguna forma pienso en añadir tinte negro al agua cuando lavo mi gorra negra. De ese modo podría probar de contrarrestar la continua grisación o, incluso, parduscamiento, de la tela. Eso o dejar que engrisace o se enpardusque y, como he hecho hasta ahora, ir contando que tengo una gorra negra que a medida que la uso va perdiendo su negrura absoluta. Basta una mirada rápida al montón de gorras negras que guardo en el baúl de las gorras negras viejas para experimentar esa sensación atribuida a los cementerios. Uno, si va cuerdo y compuesto, cuando entra al recinto funerario percibe la inmovilidad o estaticismo o la ausencia absoluta de vida. Esa sensación, escrita en el lenguaje de los sentimientos, es un silencio cuando no lágrima pura. A partir de ahí, de regreso, todo queda tranquilidad y alegría cuando no puro dolor y renuncia al deseo.

Mira esa, por ejemplo, esa gorra negra que llevé puesta desde el catorce de julio de mil novecientos noventa y cuatro hasta alguna de las últimas semanas del otoño del noventa y nueve. Esa gorra era poco negra ya, bastante más pardusca que grisácea, el mediodía del catorce de julio en que llegó a mi cabeza. ¿Cómo olvidar aquella meada? Era algo absolutamente imprescindible de experimentar: con los pies en España, sacarse la churra y que el río de orín cayese Francia abajo. Así performando la micción me vio Dario (un anarquista que moriría accidentalmente dos décadas después; me enteré desde la distancia y aún y así ¡fue un horror!). Cuando el responsable al cargo de la expedición que nos había traído a la cumbre o cima del Puigmal, montaña pequeña de la cordillera pirinaica, me contempló la cara de felicidad en lo escatológico de mi acción no pudo menos que acceder por fin a las súplicas que con tanta insistencia y cabezonería había yo vertido sobre su persona a lo largo de la acampada en el valle y los días de preparativos de la ascensión. Me estampó la gorra en la cabeza diciéndome: toma te la has ganao. Ya nunca más, diría que algo se quedó en la cumbre, volví a ser el mismo. Suponiendo que uno pueda bañarse en la misma agua del río dos veces, yo no. Siempre, si alguna vez antes lo había hecho, siempre ya me he bañado en agua nueva a cada instante. Es lo que observo, así lo expreso. No tengo sensación de que el agua sea la misma, por mucho que lo ensueñe o lo recuerde siempre mi pensamiento me actualiza lo nuevo del agua. Desde aquél día bajando. El descenso, ya con gorra nueva, pasando a gran velocidad (trote saltarín cuesta abajo) por donde horas antes habíamos sudado tanto para subir, fue igualmente, pocos lo dirían (siempre con la mirada fija en las cumbres), sabroso. Subir y bajar, entonces, podría llamar a esta gorra negra. Y subiendo y bajando es lo que he estado haciendo el resto de mi vida.

En ellos (en los filósofos de la vacuidad del s.XIX) hay mucho pesar, mucho dolor. Es una filosofía que hurga bien en los fundamentos de la tristeza. De la pena.

Llámame tonto. Cuando uno tiene taco no se preocupa más de lo debido. El taco, claro, siempre saca de cualquier problema. Ahora que si no tienes taco no es fácil sostener una gorra negra, por muy nueva y de marca que sea, sobre un traje corbata. El protocolo, si no tienes taco, más que beneficiar, encarcela. La etiqueta, sublimación del protocolo, sin taco, mata. Desde esas, llevar un portátil en una mochila en lugar del maletín, en el año dos mil dos, atravesando el túnel de embarque del puente aéreo Barcelona – Madrid, permite, ya no ponerse bambas, pero sí llevar gorra. Aunque de rasqui. Perfil de yuppie ultima generación trabajador de las TICS. Además, es, estrictamente, al pasar por el puesto de control de acceso de una gran corporación que empieza a ser particularmente necesario vestir atuendos adecuados y cuando, si acaso, uno puede guardar la gorra en la mochila. El resto del tiempo que uno habita la ciudad, cuando sale a comer o cuando va al hotel, ¿por qué no habría de llevarla? Ya claro está que las metrópolis mueven infinitos otros mundos que no el del business. Sea un largo y ancho sótano un lugar iluminado derrochadoramente con florescentes blancos, todo el techo canalizado de cables, las paredes canalizadas de conductos de aire y el suelo de punta a punta ocupado por hileras de racks. Que sea semejante lugar gélido, pàrquing de hosting, colmena de LDAP’s, y que sea mi visera ajustada sobre mis sienes, las mangas de chaqueta, los gemelos en los puños de la camisa, los dedos en el teclado; el cuello sobre el nudo de la corbata, los ojos plano recto por la visera al monitor sostenido con una escuadra móvil a un lado del armario de racks, una base de datos necesitada de saneamiento, un gran archivo de varios gigas corrupto. Y, sí, es la medianoche el tiempo de acción, cuando me abandonan en aquel hormiguero de servidores web, porque al mediodía la actividad sobre el rack es frenética y ahora, con la noche, apenas si le llegan una docena de peticiones http. La temperatura, técnicamente, está fuera del rango óptimo para la vida animal. Lo anodino de una conexión ssh desde cualquier lugar anónimo freelance y lo emocionante, hasta lo lírico, de una conexión física en la consola original. Es lo que tiene el exceso de celo en la seguridad. Prohibir conexiones remotas via terminal ¿lo convierten en más seguro? Así lo mismo los padres católicos, apostólicos y romanos prohibiendo a sus hijas vestir minifalda y regresar del baile más allá de las doce. A máximo hermetismo, a conciencia, esos servidores, se mantienen en el frío. Y, un humano en un lugar como ese, habiendo determinado, en síntesis qué proceso de sanación sobre la base de datos corrupta habría de ejecutar en las próximas horas, suspende la sesión, se apea del banquito, aparta el monitor, sale al pasillo, llega a la puerta, marca el código, entra de nuevo en el planeta Tierra, toma una escalera, dobla un pasillo, entra en una sala, saluda a sus compañeros, balbucea en puntos claros el plan de sanación que ha ideado mientras abre un armario y busca su abrigo y su bufanda, y de la mochila (bolsillo interior tras un doble forro) saca un cigarrito de ganja, recibe la aquiescencia sobre el plan de la cuadrilla (son el administrador del sistema, el cabo de help desk, el analista y Dario: un hijo de la élite que andaría entre los pasillos de Lehman Brothers en septiembre de dos mil ocho), toma una escalera, dobla un vestíbulo, mete el código, sale a una terraza, se aproxima a la baranda, prende el cigarro, repasa el plan, lo estima en tiempo, lo encaja en la noche, mira la luna, mira el skyline de Madrid desde uno de sus edificios más altos, mira la luna, se agazapa dentro del abrigo y se arma un yelmo bereber con la bufanda. Agredece conocer, por una noche, un lugar donde morir. Acaba de fumar. Acoge el lento alterarse del estado de su conciencia regresando a la sala de servidores. Se instala en el banquito, ante el teclado y el monitor… entra en modo código… es la gorra negra la que le recuerda aquellas horas saneando la base de datos. Como si sentado al alba en flor de loto ante la fachada del poder constituido municipal. Abandono del cuerpo abajo en la tierra y la mente evadida al fluir de otra realidad. Saben allá arriba qué mundo viven, pero, pasadas tres horas, cuando bajó Dario a la sala de máquinas y me trajo la infusión de ganja y la gorra negra (no quieras saber el precio de aquel trapo si sabes cuánto hambre abunda en los estómagos de siete mil millones de humanos), comprendía que a mí únicamente debía importarme qué mundo vivo. Y cuando al mediodía funcionó el plan y la base de datos respondiendo provocó la sonrisa de Dario, comprendí, más, que a mí únicamente debía importarme qué mundo vivo. Y que los otros mundos, como el que estaba gélido dentro de la sala de máquinas o el mundo donde Dario habitaba, a mí, plin por mucho que aquél mediodía pudiera esconderme del sol bajo una gorra valorada en varios de mis sueldos mensuales…

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