1. Un diagnóstico psicomágico. 2. La posmoderna imposibilidad de seguir escribiendo. 3. Tras las tinieblas la luz. 4. La cruz erisiana. 5. Late corazón, no todo se lo ha tragado la tierra. 6. ¿Y si no sirve de nada? 7. Sherezade no me deja narrar sus noches. 8. ¡No soy católico ni protestante: soy cristiano! ¡No soy comunista ni socialista: soy marxista! 9. Las tres diana: culpa, vergüenza y miedo. 10. Lo que deseamos no es lo que realmente deseamos. 11. El principio de Peter. 12. Una creación telúrica dentro de un infinito sideral. 13. Lo que Platón copió, sintentizó, argumentó en colofón sincrético y ecléctico a partir de las enseñanzas espirituales que se abrieron paso en la antigua Mesopotamia y el Medio Oriente. 14. ¡Brinda, poeta, —me chilla imaginariamente uno de mis no-maestros, que es el Caballero del Escarabajo— un canto de frontera / a la muerte, al silencio y al olvido. 15. Un nuevo curso en la Escuela Superior Popular de Sabiduría. 16. Decidido. Estoy curado. 17. El viento del mundo. 18. Si hubiera que concebir la escritura menos como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden, sin tomar partido, y más concebirlo como una mácula.

.

.

.

1. Hace tres años solicité la ayuda, un tanto esotérica, de un terapeuta que mezclaba la psicología y la magia con el DSM —que es una especie de índice de patologías de la mente y la conducta elaborado en el seno de la clínica europea y norteamericana— y las artes escénicas. Yo, en busca de conocimiento, había leído “las enseñanzas de don Juan”, en donde el antropólogo Carlos Castaneda diseccionaba analítica, empírica y vivencialmente la actividad chamánica de un brujo yaqui. Había encontrado en sus libros la representación académica de un tipo de medicina muy poco ortodoxa. La mirada científica de Castaneda, narrada en primera persona, sobre la actividad sanadora de don Juan, y su postulado de que un hombre (o mujer) en busca de conocimiento debe vencer tres enemigos —miedo, claridad, poder— antes de toparse con el cuarto y último —la vejez—, me supuso un puente transitable desde mi condición de urbanita —Barcelona, península Ibérica— hasta la redacción de una petición de ayuda, en la que le explicaba mis síntomas al psicomago. Bastaron las primeras palabras de su respuesta —eran el remedo de la lorquiana advertencia: ¡alerta, alerta, alerta! del poeta andaluz cruzando el puente, en Nueva York— para granjearme la confianza. Efectivamente, un deseo me había poseído; una neurosis, podríamos decir. Yo quería escribir: quería ser, profesionalmente, un escritor. Y, sin embargo, aunque escribía copiosamente, nada de lo escrito obtenía mi aquiescencia; siempre me parecía fútil, innecesario, repetición. Todos los textos acababan desechados. El fruto inhibido de mi deseo consiguió sacarme de mis casillas. Con lentitud de estalactita, o de estalagmita, mi vida —mi trayectoria personal— se diluía en un fracasar sin tregua; a cada estación “en blanco” retiraba unas horas al ocio; pronto acabé veinticuatro siete aplastado por mi negocio: escribir. Todo mi tiempo dedicado a una actividad laboral infructuosa consiguió trastornarme; lógicamente, tuve que abrirme otros frentes para ganar dinero; y, siempre con la atención distraída, abandonando al poco, cuanto cobraba lo destinaba a costearme la soledad del escritorio, mis encierros, los libros y el material de escritura. Pronto me descubrí sin vida social, alejado de mi familia. Obsesionado. Así, que, preso de la derrota, acudí al psicomago en busca de un remedio. Este, en la distancia, no dudó en su respuesta. Identificó el “pecado original” —Eva tienta a Adán para que coma el fruto del árbol prohibido— como causa patognómica de mi enfermedad, diagnosticándome sin ni siquiera recibirme en persona; prescribiéndome un remedio en suma bastante simple, aunque muy estirado en el tiempo. Yo tenía treinta años y unos pocos meses. Debía dejar de escribir. Además, debía colgar un crucifijo en la pared opuesta de mi escritorio, reuniéndome en meditación con él tres veces al día: mañana, mediodía y velada; seguidamente, sentarme a leer. Entonces, cuando cumpliera la edad del Cristo, el día de mi cumpleaños, debía encender un fuego y quemar el crucifijo. Entonces, durante tres años más, debía meditar tres veces al día ante la “ausencia” del crucifijo, y, seguido, sentarme en el escritorio a leer. Tenía prohibido escribir. Finalmente, al tercer año, el día de mi cumpleaños, podría comenzar. Según me dijo, rodaría como un canto. Pocas semanas tras su carta recibí un pequeño cofrecito acompañado de otras instrucciones; emplazadas a tal día como hoy: felicítame, cumplo treinta y seis años.

Estoy en pie. Envarado. En la pared frente a mí, ante el escritorio, hay enmarcada una foto de una pareja besándose en una parisina barricada de adoquines con una bandera anarquista clavada ondeando, ahora inmóvil en la instantánea, que he recortado de una vieja revista llamada Triunfo.

Junto a ella, a su diestra, fotocopiado, fruto de la quiebra del juramento hipocrático del psicoanalista de un estudiante y miembro del Frente de Liberación Popular —que era uno de los grupos culturales que lucharon en España contra el régimen dictatorial imperante—, un artículo elaborado a raíz de la filtración ordenada por un déspota muy bruto —capaz de firmar tres sentencias de muerte por motivos políticos— en el periódico ABC; articulo redactado en base a las hojas robadas del cuaderno de notas del facultativo donde se expresa, entre líneas, la condición homosexual del estudiante, y que, en la mentira imagológica de un falso suicidio, atestigua su asesinato en nombre de una decencia, una moral, un modelo de civilización.

En un post-it de color amarillo, al lado siniestro de la fotografía, he colgado la transcripción en tinta roja de un mensaje SMS que recibí el trece de marzo de dos mil cuatro y que dice: “¿Aznar de rositas? ¿Le llaman jornada de reflexión y Urdaci trabaja? Hoy 13-M a las 18 horas sede PP C/Génova 13. Sin partidos. Silencio. Por la verdad. ¡Pásalo!“.

.

.

.

2. Tengo en las manos un ejemplar del Candide, ou l’Optimisme del filósofo del período de la ilustración Voltaire, publicado en 1759. Tras llevármelo al pecho por unos segundos, lo devuelvo a la estantería. Me siento en el escritorio. Puedo empezar a escribir mi libro.

Extremo desorden. Caos insondable sin límites ni horizonte ni tregua ni sostén ni, tan siquiera, lindes. Espiral de entropía. Y, al mismo tiempo, un oasis que en su centro contiene un aleph de aguas estancas, masa líquida y primordial de esperanza menos orgánica que metafísica, revestida de verdad, de realidad, de presente: una mano, un cuaderno, un lápiz. Unas frases, éstas, expresando la intención de extraer del caos una forma sustancial definida y concreta, mediante y durante mi mano, mi cuaderno, mi lápiz.

El pasado, aunque no lo puedo palpar, pervive en mí, en mi lengua, en mi habla, mi cultura, tradición y costumbres. ¿Cómo puede ser que escriba para expresar la imposibilidad de escribir? Anotar la pregunta. Acto seguido, soltar el lápiz, liar un cigarro, tomar un sorbo de café con leche, y leer que he escrito sobre la imposibilidad de escribir; maldecir en voz alta, buscar con la mirada en un extremo del escritorio el libro de diarios de Pizarnik; sentir en el pecho la necesidad de trabajar, de esforzarme, de sistematizar la actividad, pero, al mismo tiempo, frustrar toda tentativa de escribir nada; porque las lecturas previas me abruman hasta el punto de tantear la posibilidad de que todo cuanto se deba decir ya se ha escrito. Y más, hasta el hartazgo, una sensación de atiborre posmoderna, dadaísta, situacionista, pánica, fnordiana: ya se ha reescrito todo, incluso, en otra forma, otro estilo, otra estética, otra apariencia; incluso, digo, abundan textos chatos, únicamente como trama, métrica o concatenación coordinada de humo contingente absolutamente fenomenológico, sin una pizca de noúmeno; y, al revés, igualmente, hasta la hez, escritos ultrafísicos, expresando una relatividad flotante completa, total, carente de toda materia, solidez o consistencia otra que el puro discurso, el puro sonido.

El alfabeto latino, que es en el que yo escribo, tiene solamente veintiocho letras, ¡caramba!, me asfixio —braceo tratando de asirme, apartando la mirada de un abismo que me devuelve la mirada— en su permutabilidad infinita. Me ahogo en la hipótesis, que se abre sin piedad, de hallarme componiendo un nuevo texto genuino y único.

.

.

.

3. Levantarme de la silla, acercarme a la ventana, correr las cortinas, dejar que la luz a través del cristal atraviese invertida mis retinas, otear el cielo. Veo las nubes. Cruzan algunos pájaros, se detienen posándose en los cables del tendido eléctrico; retoman el vuelo. Son golondrinas.

Es mediodía, mañana, un año más, regresará la primavera.

Forzar la respiración para percibir mi abdomen empujando el oxígeno inhalado por mi nariz, que me nutre y me vive, convirtiéndose en veneno, a través del tamiz fractal de mis alveólos dentro de mis pulmones, diseminándose en la circulación sanguínea de mis arterias, alimento para mis células, regresando muerto en mis venas, dióxido de carbono, que mi boca exhala. Ejecutando, a pesar de mí, aunque yo trate de impedirlo —máximo, treinta o cuarenta segundos—, un ciclo que parece eterno, pero no: voy a morir; hoy cumplo treinta y seis años, no soy inmortal; soy caduco, he nacido, crezco, me desarrollo, y envejeceré desecándome. Me sobreviene lisongera la panglossiana idea de que si no respirara no me oxidaría, y mi cuerpo no perdería su póiesis.

Esto que siento ahora, esta vitalidad, fuerza, energía, potencia que ahora me regala fragmentos, sucediéndose sucesivamente, de existencia: no es infinita. Es, yo lo he descubierto filosofando como un amante que se emborracha de conocimiento, una pura suerte: ¡una magia orgánica menos creada que evolucionada!; y tiene fecha de final, y, he descubierto dialécticamente, proponiendo, negando y resolviendo la contradicción en una nueva proposición, hay que aprovechar y apurar y bebérsela sin demora ni pusilanimidad alguna. ¡Hay que aprovechar el tiempo!

Qué bien me hace la energía solar a través de la ventana, acariciando la epidermis de mi rostro, penetrando fotón a fotón en mi organismo. Tras las tinieblas, la luz.

.

.

.

4. ¿Y si no quiero aprovechar el tiempo? ¿Y si no quiero aprovechar nada? Busco con la mirada un poema de Pessoa manuscrito en una servilleta blanca y arrugada, con una chincheta clavada en uno de los laterales del marco.

Bajo mis párpados, los aprieto fuertemente; surgen las estrellitas; la oscuridad brillante, cara al sol, me sabe a elección, a decisión, a voluntad que opta libre expandirse o contraerse.

Llevo las dos manos a la correa de la persiana, estiro vívidamente activando el mecanismo de su rodillo, se cierra el día cuando cae el plástico; vuelvo a subir los párpados: la vela del escritorio y las luces de la estación de medios audiovisuales,… todo pasa, todo queda.

Ando unos pasos, cuatro o cinco, alcanzando el centro de la habitación. Extiendo mis brazos en cruz. Levógiro, roto en mi eje vertical. Visualizo una cruz: la cruz erisiana: «Luz en mi Cabeza, Fuego en mis Genitales, Fuerza a mi Derecha, Risa a mi Izquierda, Amor en mi Corazón». Rotando, giro, dando vueltas. Primero despacio. Anclando mis pies en un son de taconeo, uno otro uno otro… aumentando la velocidad; cada vez más rápido; ya no me mareo; ya no necesito alcohol, enteógenos, o similares; giro como un monje giróvago; sin perder el equilibrio, ni la sobriedad, pero destrozando sin miramientos mi orientación, soltándola de mis oídos; uno otro uno otro, las suelas de mis zapatos golpean marcando el ritmo; giro, giro, cada vez más rápido, muy rápido: estoy volando… salgo disparado.

Entrar en este mundo, descubro, me cuesta la cordura; mi literatura, ahora lo entiendo, es un teatro solo para locos. Yo he querido nacer en un mundo, y, por ello, he tenido que destrozar otro —si estuvieras junto a mí, en la habitación, y te acercaras a la estantería donde dejé al Cándido, verías, a su lado, un libro de Hesse titulado: el lobo estepario.

.

.

.

5. Han pasado varios minutos desde el último giro. Quizás, ahora soy otro. El regreso se ha consumado. Ya puedo volver a sostener el lápiz, y atinar el cuaderno. La soledad de mi estudio, por un momento, me supone tabla de salvación: tengo un vocablo en la punta de la lengua, es una raíz indoeuropea, que lentamente estiro en una pompa tras haberla masticado como un chicle: weik.

Siento la certeza, resonando el estribillo que cantó mi (apócrifo) maestro sevillano de la generación del 98, que lo mío es pasar; que no hay camino, que nada más hay estelas borrándose en la superficie de la mar. ¿Y si hubiera sido en balde su martirio? ¿Y si Antonio Machado se hubiera sacrificado para nada, aquella vez que María Zambrano exiliándose en su auto hacia Francia, a través de los Pirineos, se apeó para recorrer junto a él la última etapa, caravana de muerte y éxodo? ¿Y si su latido agotándosele hastiado, prematuro, queriendo morir como pueblo en lugar de sobrevivir como su hermano Manuel contando la historia de los vencedores, sangre vuelta tinta corazón tintero —Late, corazón… No todo
se lo ha tragado la tierra
—, expresando por activa y por pasiva, simple y complejamente, en prosa y en verso, que somos pueblo, que no solamente somos esclavos, o bestias nescientes a merced de unas pocas estirpes de élites, de jaurías sociológicas; expresando que podemos aprender, evolucionar, emanciparnos; y si hubiera sido en balde?

.

.

.

6. ¿Y si no vale la pena recoger un testigo que se abre paso, generación a generación, a través de la censura, de la represión violenta y la sevicia de los marcianos que como en la novela de H. G. Wells caen del cielo, arrasan vidas y bienes durante un tiempo con una violencia irracional y desmedida, y luego desaparecen y dejan sólo destrucción?

¿Y si nadie debiera mantenerse aferrado a la memoria histórica que topo a topo, héroe a héroe, mártir a mártir, sostiene una latencia en la construcción de una tradición perenne engarzando recuerdo a recuerdo lo que nos ha hecho, y nos sigue haciendo, 1a oligarquía de chupacirios, explotadores y vendepatrias que ordenan en nombre de un interés superior de nación o estirpe la vieja oligarquía feudal de terratenientes, latifundistas, empresarios, financieros, eclesiásticos, “hijos de”, autoritarios e intemperados abanderando la “responsabilidad de llevar y mantener la paz en el mundo” que no deja de ser su sistema imperio de dominación?

¿Y si nosotros, los de abajo y a la izquierda, no somos ciudadanos amparados en los derechos universales compuestos de derechos civiles, políticos y económico-sociales inscritos blanco sobre negro sobre la pólvora, la sangre y el fuego sino solamente somos la masa que es como una vaca que se tiene que ordeñar habiéndole retirado su ternero; que somos sus siervos, sumisos y obedientes, que nos pueden reprimir, expoliar, maltratar y explotar, que nuestros hijos son los futuros trabajadores de los que sus hijos serán futuros jefes porque un ser ancestral nacido del Akenatón egipcio así —por revelación a esas familias que abren guerras para conservar sus tronos, sus cortes y a sus súbditos— lo ha dispuesto?

¿Y si nuestra nuestra digna rabia, intergaláctica, debiese volverse risa, a lo sumo, una risa sardónica heredada de los sardos; que se ríe en la desesperación del dolor hilarante cuando recibe la tortura; a la vez que fuera, en el exterior de las mazmorras, oye los comentarios de limpios transeúntes y turistas ajenos a la crueldad, que discurren enajenados en un mundo feliz huxleyano, comentando sus planes de ocio y trivialidad, rezumando soma por las orejas; y debemos reír sardónicos como reían y oían quienes en los años setenta del pasado siglo, encerrados en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, en el edificio que hoy, dos mil quince, es la sede de la Comunidad Autónoma de Madrid, sufría la tortura y muerte, reventándosele, a cada golpe, la coraza de ideología que Marx, Mannheim, Lukacs o Goldmann sembraban con sus discursos sobre la dominación social, y con la que ellos hacían caparazón de unas tortugas revolucionarias que van muy despacio queriendo ir, quizás, demasiado lejos?

.

.

.

7. ¡Qué caos, qué entropía! ¡Qué imposibilidad de escribir sobre los trozos de esos caparazones, cortantes filos sangrándome las plantas de los pies a cada paso, como cristales rotos esparcidos por el camino, rastro de un fraticidio genocida: testimonio aterrador de la trayectoria del movimiento obrero y la historia contemporánea en dibujo de la lucha de clases! ¡No, no! Ya no se puede escribir.

Hay un dicho popular: “todos los ‘-ismos’ son malos”, que es una forma de decir: “todas las ideologías son malas”, cuando no “todas las militancias son malas”. Cuando no: todos vuestros caparazones no os servirán de nada cuando os golpeemos.

En España, me parece, este dicho popular viene de la llamada Transición —que es la guinda colmando, efundiendo, las cuatro décadas de represión tras el golpe militar a la II República—, cuando no podía haber más compromiso político que instituir una democracia liberal, que era el único concepto válido junto con el de mercado libre para homologar la sociedad española a la del resto de Europa Occidental.

¡Ay, cómo ha de venirme a socorrer mi ingenuidad una astucia de serpiente, sinuosa, deslizándose sibilina, a volarme, cual espíritu blanco, para que pueda avanzar y no me corte con los trozos de cristal desparramados!

¡Ay, cómo deben sostenerse, contenerse mis sollozos, tras el dique de ladrillos de “la ciencia de las ciencias”, sobre el cemento de las cunetas repletas de cadáveres, según un modelo heredado de una tradición clásica que va de Kautsky a Mandel!

¡No, no, mil y una vez: no! ¡jamás podré escribir! No se abre para mí el illud tempus, Sherezade jamás me permitirá narrar sus cuentos.

Jamás seré capaz de narrar, aunque lo pretendiera, que no somos nada; que no queremos dios, patria, ni rey; que no pasarán; que jamás faltarán poetas pastores capaces de escribir con su sangre versos a un pueblo de cien mil poderes donde le repita que aunque le falten las armas no tiene que desfallecer sus huesos, que mientras le queden puños, uñas, saliva, y le queden corazón, entrañas, tripas tiene que castigar a quien le malhiere. Cosas de varón y dientes.

Jamás seré capaz de expresar con palabras de este mundo un aprendizaje remontándose: a) civilmente, desde el Gran Miedo del verano de 1789 —Lefebvre— en que Robespierre aprendió —demasiado tarde para él, en 1794— que el mismo Comité de Salud Pública con que él limpiaba de contrarevolucionarios acabaría asesinándole; y que la inviolabilidad del domicilio, la privacidad de las comunicaciones, el habeas corpus, etc. recogidos en un contrato social —Russeau—, inaugurando la modernidad que deja atrás el Antiguo Mundo feudal de férulas y esclavos, nos convierte en sujetos de derechos, nos convierte en ciudadanía; y que cuanto se acordó después —1815— en el Congreso de Viena convocado con el objetivo de restablecer las fronteras de Europa tras la derrota de Napoleón I fue cosa que malhiere, de varón y diente; b) políticamente, que la soberanía es el derecho que tiene el pueblo a elegir a sus gobernantes, sus leyes y a que le sea respetado su territorio; y que la manifestación, reunión, libertad de expresión, protesta, etc. son iguales —sufragistas/sufragetes— para hombres que para mujeres, y que suicidarse pegándose un tiro en su propio búnker es cuanto merece el fascista —Triple Entente—que es capaz de destrozar un continente para librar su despótica batalla, siendo esto cosa que malhiere, de varón y diente; c) social y económicamente, que el pueblo puede guarecer sus weiks en un “estado del bienestar” como suelo donde sostener la pobreza, la igualdad y la libertad —fruto de la alianza social-demócrata/demo-cristianos/liberales de la posguerra (II Mundial)—, como forma de gobierno, en un “estado social y democrático de derecho”, como ulterior etapa —hasta la fecha— de conquista del movimiento emancipatorio progresivo de la humanidad —occidente—, de la dignidad de las personas; que las vacaciones pagadas, el límite de la jornada laboral, salario mínimo, convenio colectivo, contratación colectiva, derecho de trabajo, etc. no pueden ser estrangulados por la diseminación de basura financiera en los aparatos económicos internacionales gracias a las artimañas de las agencias calificadoras y otras acciones de guerra financiera; no pueden ser estrangulados por “la deuda odiosa” que contraen las élites en nombre de las bases cuando el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional derogan los derechos regalianos —1973; por los cuales donde antes los estados podían pedir dinero sin límite, sin intereses, sin fecha de devolución, ahora deben pagar un interés cuatro veces superior al que lo obtiene la banca privada. ¿Y por qué los estados no crean bancos públicos y el B.M. les presta el dinero directamente?—; y esos agravios serán, de continuo, denunciados mediante columnas negras, rosas, amarillas, blancas que aprenderán, cada uno a su manera, según sus tradiciones, a modular la violencia pero nunca dejarán de converger tomando las zonas rojas, de organizar contracumbres, foros sociales mundiales de debate, de salir a las plazas, de ocupar Wall st —primero Manhatan, después Berlín—, de discurrir en mareas azules, amarillas, blancas, granates, naranjas, rojas, verdes, violetas, reivindicando las libertades, los derechos y los servicios públicos, contra el golpe de Estado político y económico, ni dejarán de hacer scratches antideshaucios; que son cosas que malhieren, de varón y diente.

.

.

.

8. En la pared opuesta a la fotografía de la pareja besándose, el articulo fotocopiado del asesinato del estudiante del FLP, y el post-it con el SMS de la convocatoria tras el atentado en Madrid del 11M, está la marca blanquecina que dejó la silueta de un crucifijo retirado y arrojado a la chimenea (ya lo expliqué) en la ejecución de una acción psicomágica que me recetó, postalmente, el terapeuta chileno, el mismo día que cumplí treinta y tres años; ahora, tres, exactamente tres años después, ha llegado la hora de ejecutar la última parte del ritual: el vacío del crucifijo será cubierto por un breve artículo —esa ha sido mi elección; así lo recetaba la receta— que he impreso tras descargarlo de sinpermiso.info y se intitula “Para una historia de la historia marxista”, firmado por Josep Fontana.

Solamente me falta expresar con mi sangre eso que tanto tiempo he tenido que perseguir para descubrir y, en principio, estallará liberando mi “pecado original”.

No pierdo tiempo. En la estantería está el cofrecito, rectangular, alargado, de madera pardusca, ribeteado con piedras de lapislázuli. Dentro, una aguja, un dedal de vidrio y una pluma de pato que yo mismo recogí en la granja-escuela en que trabajé aquel verano hace tres años.

He de ir pinchando mis dedos, uno a uno, primero las diez yemas de las manos, luego las diez de los pies. De cada pinchazo, una gota, con cada gota una untada de la pluma. Con cada untada, unos pocos trazos.

Escribir en mi pasaporte con letra clara: «¡No soy católico ni protestante: soy cristiano! ¡No soy comunista ni socialista: soy marxista!»

Lo hago.

Regreso al escritorio. Vuelvo a tomar asiento.

¿Me llamo libre? ¿He arrojado el yunque de mi servidumbre lejos de mí?

Ya lo veremos.

.

.

.

9. Debo esforzarme, debo hacer con mi cuerpo el cuerpo del poema. La jaula se ha volado y algo debo hacer con mi miedo. Debo construir una narración a partir de los datos que estos seis años he ido recopilando en fuentes primarias, y he de reflexionar sobre las narraciones historiográficas. Debo contextualizar las ideas, y esto es muy importante, y diferente de la historia de las ideas tradicional, que considera las ideas como algo inmanente, intemporal, con vida propia.

Debo seguir el ejemplo de Lovejoy, hilvanando el tamiz de memoria colectiva a partir de su concepción de la historia de las ideas. Seguir hilando la historia conceptual de Reinhart Koselleck explicando cómo hemos manejado las palabras a lo largo de la Historia y cómo la historia en tanto que narración del pasado se fabrica dentro de nuestros esquemas mentales, culturales y lingüísticos.

Chillar que un filósofo puede ser un criminal, igual como refutó Bujarin al fiscal de la Gran Purga que desplegó Stalin sobre los non serviam del partido comunista ruso; sí, no callaré la construcción de mi defensa; ¡que el estado me mantenga: esa pena creo que merezco! Desmarcando claramente mi escritura del movimiento sofista, rechazando la oratoria fácil y engañosa como medio de defensa.

Si soy un criminal, nunca jamás como ahora veo tan claras las tres dianas que el Génesis de la biblia señala: culpa, vergüenza y miedo, que anidan en el corazón del delincuente. Claras como veo clara cruzándome paralela a mi espina dorsal —se lee en la “Fenomenología del espíritu” de Hegel— la línea infeliz de la conciencia.

.

.

.

10. Aquí, en este momento, por causa del acto psicomágico que concluyó con la escritura en el pasaporte, y que arrancó cuando colgué el símbolo del hijo del dios monoteísta en la Tierra, si acaso son ciertas las predicciones del psicomago, y cierto su efecto, puedo empezar a escribir.

La cultura puede ser un resorte de rescate de la depredación humana. ¡Soy un escritor! Y voy a escribir. Más de diez mil años de historia humana antes de esta situación que describo: ¡no todo está escrito! porque falta cuanto voy, lectora, a narrarte.

Un momento. Voy al water. El café con leche y el cigarro me han disparado un apretón. Regreso en unos instantes.

¡Ya, regresé!

Quería retomar estos párrafos recordando la anécdota que le ocurrió a Platón tras su estancia junto al tirano Dionisio de Siracusa.

Narrarte, en un recordatorio, cómo sentó precedente el precursor del pensamiento helénico que al hilo de los veintipico siglos que nos separan de su labor ha desarrollado ese mortal accidente llamado Occidente.

Mientras defecaba sentado en la taza del lavabo, estimé oportuno iniciar mi etapa como escritor explicándote, en un recordar, qué hizo el tirano cuando se cansó de oír las propuestas de Platón acerca de quiénes eran mejor y más adecuados gobernadores o qué modelos políticos eran los más acertados para regir la naciente civilización mediterránea desde la península griega; hablarte del filósofo rey, de la república. Hablarte de la ciencia.

Hablarte del mito de la caverna, de cómo las sombras que tus ojos prisioneros contemplan, inmóvil de cara a la pared, no son la realidad sino solamente la proyección en la piedra de la cueva a causa de la luz de las antorchas de nuestros carceleros; de cómo soltar amarras, salirse fuera, y lidiar, en un primer momento, con la ceguera que un desconocido Sol nos provoca. De como habituarse, progresivamente, a la luz sobre el planeta vivo, y descubrir en la hierba, en el humus, un organismo de organismos —Gaia—, y descubrirse, a uno mismo, organismo constituido de organismos. De cómo volver sobre los pasos en busca de los compañeros que no aglutinaron en sus entrañas las agallas necesarias para acometer su propia liberación, y de como soportar estoica y cínicamente sus reproches y descreimiento ante el relato de la realidad que tú les traes.

Sin embargo, en el preciso momento en que depositaba con la punta de mi lápiz el carboncillo sobre la celulosa empastada de mi cuaderno, la voz, histriónica, de Zîzêk (filósofo esloveno), en la lista de reproducción configurada en modo aleatorio, saltó irrumpiendo procedente de un vídeo del sistema de medios. Luego de unos segundos, en inglés, dice: «lo que deseamos no es lo que realmente deseamos». ¡Zas! Todo mi ímpetu de construcción de mi identidad como escritor, aupado valiente e ingenioso en la impermanencia, de un golpe devastado: como un 18 de julio cualquiera.

.

.

.

11. Yo he deseado desde que una razón emergió en mi infinita estupidez convertirme en un escritor. Siempre he deseado escribir. Y sabe mi soledad que he escrito. Y saben mis horas privado de compañía, como saben mis posaderas aplastadas en la silla, que he leído. He creado personajes. He trazado líneas de tiempo. He pintado escenarios, bosquejado paisajes. Durante noches en vela he cambiado sueño por arte, he visto —también lo vio Oscar Wilde— que la naturaleza me imitaba cuando, tras forjarme de barro y carbón una clavícula nox —que es una llave capaz de abrir lo inconsciente para extraer materia ignota al consciente—, yo podía abrir la nesciencia, y estructurar con ingeniería y arquitectura un discurso alejado de la entelequía, la glosolalia, y el galimatías. Durante días, horas de trabajo, he sondeado mi esfuerzo hacia la cumbre de mi potencia, para topar con el principio de Peter —«todo el mundo asciende en su profesión hasta llegar a su nivel de incompetencia»— que supone tope o cota máxima de mi capacidad. Y la he desafiado, ¡ultreya!, invocando, como líquenes inevitables, cuanto, a priori, creía que no figuraba en mi potencia.

Pero ahora, ¡plaff, nada!, ¡filósofo loco!, como una gota barriguda de cuento de Julio Cortázar: ¿y si no deseo lo que deseo? ¿Y si no quiero escribir, si no quiero ser escritor?

.

.

.

12. ¡Oh, ángel caído mío! ¡oh, Luzbel! Me parece hallarme envuelto en desvaríos wertherianos: a la vez me aferro diminuto en una ovación abrazando la bastedad del milagro de una creación telúrica dentro de un infinito sideral, ardiéndome como un madero de sistema, de verdad, de palabra ¡de escritura! Como, de repente, procedente de dónde si no la bóveda celestial, una fálica premisa lacaniana de imaginaria simbólica ¡devastadoramente real! sustancia libidinosa penetra mi entendimiento, cruzándolo al sesgo, atravesando, como si fuera un hilo tendido sobre el abismo entre mi bestialidad y la superación de mi humanidad, entre mi persona, mi rostro y mi identidad, a la postre, tras una gimnasia de frotamiento nihilista-narcista, corriéndose orgiástica —orgónica; W. Reich— en una eyaculación que me insemina de alma del mundo, de Único Sabor, de espermatozoidal rocío tras de todo, de wilberiana integralidad, abriéndome de par en par mi almario, sacudiendo de él hasta el último monstruo que mi razón me crea.

¡Justo ahora que iba a empezar a escribir! La aseveración de Zîzêk (¡no deseo lo que deseo!) me parece, me resulta, una incuestionable, imperativa y categórica, manifestación de eso que Jung llamaba «sincronicidad»: la del famoso escarabajo cuasi áureo —una cetonia aurata de la familia de los coleópteros crisomélidos— que se estampó contra el ventanal de su estudio mientras una de sus pacientes le hablaba de un sueño muy significativo en el que ese insecto desempeñaba un papel relevante.

Justo ahora que iba a materializar mi deseo.

.

.

.

13. ¡No, no! No debo arrancar mi primera novela contándote lo que Platón copió, sintentizó, argumentó en colofón sincrético y ecléctico a partir de las enseñanzas espirituales que se abrieron paso en la antigua Mesopotamia y el Medio Oriente, a medida que el homínido, alejándose de su condición “pan”, por evolutivo empuje biológico, separándose de sus primos mamíferos de la laya hominoidea, alcanzaba la condición de homo sapiens.

¡Qué descaro el mío! ¡Pretender apuntalar mi impotencia, de escritor frustrado, agasajando tus ojos con el trampantojo de una historia de continuidad racial que derivará, con los siglos, con los milenios, en deplorable colonización, en «la acumulación original» en centros de poder —de biopoder foucaltiano—, sobre el holocausto indígena y las periferias mestizas, en la prosecución del relato de un ascenso a un mundo intangible de ideas: capital financiero!

.

.

.

14. ¡Vuelvo grupas! ¡Basta de carnavalada! ¡La caja de Pandora ya está abierta! ¡Nada de intrigas simultáneas de palacio y Monipodio, como sucede a menudo en las corralas y corrales del ruedo ibérico, en una mezcla de tragedia, esperpento, sainete, astracanada y zarzuela de música ramplona! ¡Nada de jerga de pichinglis, de sacristanes, de monagos y cantamañanas de la Nueva Era! ¡Brinda, poeta, —me chilla imaginariamente uno de mis no-maestros, que es el Caballero del Escarabajo— un canto de frontera / a la muerte, al silencio y al olvido. La literatura, esa pasión de vida, no deber ser en ti un estertor de muerte. Empieza por apreciarla como tabla de salvación flotando sobre el oleaje del destino incierto; ya se volverá, con la vejez, efímera pavesa que sólo te servirá para ponerse moños, atizar la hoguera de las vanidades y buscarte un huequecillo al sol en el sálvese quien pueda de este abominable modelo de sociedad —el que nos viene de norteamérica y de los anglocabrones; del protestantismo laboralista calvinista luterano nordicosádico; del catolicismo, apostólico, romano imperialistazopenco; en suma: del engendro frankesteiniano creado, platónicamente, a partir del siglo sexto antes de Cristo— que no valora el ser, sino el tener.

Vuela, —me chilla, ahora, uno de los no-maestros de mi no-maestro, que es el asesino del Dios vicioso, y el alumbrador del Übermentsch en la Tierra— más allá de donde otros egos volaron.

.

.

.

15. He avanzado un buen trecho de esta novela —que es, será, egográfica— y todavía no me he presentado. Ahora lo hago, lectora: me llamo Martín. Martín de Mairena y Santomé; y soy, apócrifo, profesor de retórica, filosofía y nuevas tecnologías (TIC). Y, no me salvo. Ni me doy tregua.

Mañana, justo tras el equinoccio, comienza un nuevo curso en la Escuela Superior Popular de Sabiduría. De la que yo, humildemente, soy catedrático.

En verdad, no debiera andarme redactando la introducción de este libro sino preparándome la clase de mañana; que será la primera, mensual, de las doce que compondrán el curso —durará, pues, un Abraxas (que es la medida de una vuelta de la Tierra alrededor del Sol).

¡Tate! ¿Y si, entonces, solapara la labor docente con la literaria, deshaciéndome de la duda de si soy o no soy (escritor que escribe varios siglos tras Shakespeare), (Duda, por otra parte que, moderna y cartesianamente, y también quijotesca y cervantinamente, me hacer ser, o escribir: ¡et in literis ego!) y hago de la novela doce capítulos, doce lecciones: la espina, esqueleto del relato ahora acabado de prologar como temario o texto de apoyo al curso?

.

.

.

16. Decidido. Estoy curado. Aunque, en rigor, hasta dentro de un Abraxas no lo sabré a ciencia cierta; no creo que sean suficiente unos pocos folios para cristalizar mi deseo. Además, habré de recibir el pan de la harina que, grano a grano, este trigo ahora se siembra en las eras del folio en blanco, de mi obra. Ya que el estado orwelliano en el que vivo —treinta y un años después de 1984— no sufraga estos dioses que le traigo a los alumnos y alumnas de la E.S.P.S., habré de ganarme el pan que me llevo a la boca si no con el sudor de mi frente porque la literatura no es una actividad precisamente cardiobascular, sí con la tenacidad de una clara, revolucionaria —más trotkista, mendeliana, autonomista que pactista, reformista, lambertiana— pedagogía.

¿A ver… cuántos alumnos hay inscritos…? Por aquí, en la base de datos del archivo de la escuela, tengo el registro. He de afanarme en la tarea, ¡el tiempo apremia!

.

.

.

17. La cara, al viento. Las manos, al viento. Los ojos, al viento. El corazón: al viento.

El viento del mundo.

.

.

.

18. Si «las valerosas fuerzas que luchan por España limpiaron de marxistas los pueblos», generosos y nobles mis hijos recuerdan a Guy Fawkes y se calzan su máscara, en un rostro que sea el centro del centro del poema, en «una ausencia» de cariz panecástica y anónima; performando un acto revolucionario, transformador permanente, evolucionador, revolución a revolución, ciclo a ciclo, espiral evolutiva; si acaso el arte fuera un arma cargada de futuro; y si hubiera que concebir la escritura menos como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden, sin tomar partido, y más concebirlo como una mácula, unos gritos en el cielo, unos actos en la tierra; para que ninguna banda de carceleros —reunidos en Seattle, Génova, (…), Davos y siguientes— pueda cerrarle puertas y ventanas a un pueblo impidiéndole despertar de un sueño de espectáculo y circo, e impidiéndole alzar la voz para gritar, en romaní: ¡talí!

¡Sastipén! que se traduce —también en el idioma del pueblo del carro— como: ¡salud!

Nos vemos en clase: ¡seguimos! ¿Te apuntas? ¡Hay que aprovechar el tiempo! ¡Va!

Anuncios