Los espectadores, ya sentados en sus asientos, ante la cuarta pared, acallan su rémora cuando, todavía con el telón echado, un escritor, en vaqueros y camisa a cuadros de franela, se sitúa en el centro del escenario donde un pequeño escritorio monoplaza le ofrece sostén para su labor. El público le contemplará escribir y escuchará una voz en off que lee cuanto va escribiendo. Así habla:

Dominator Hercules Fundator

    Por nacimiento, yo estaba dentro de una jaula. Sin embargo, no lo sabía. Mi infancia, por lo demás, fue una época placentera, transcurrió allí dentro sin que yo sintiera en modo alguno la privación de libertad.
    Por contextualizar, sobre lo escrito, pesan las Guerras Mundiales (que incluyen holocaustos y campos de concentración o gulags), pesan las dictaduras totalitarias (que incluyen a Stalin tanto como a Hitler), pesa la huella ecológica (como daño colateral de un proceso de industrialización que se ha virtualizado a modo de proceso depredativo del fastigio de la cadena trófica mencionada sobre el resto de especies; y sobre subconjuntos de la propia humanidad en forma de centros y periferias); y, después, aludiendo a la pátina de ficción que impide a los prisioneros descubrir su condición de recluso, pesan las censuras, pesan las desapariciones, pesan los segmentos de mercado, pesan el Pensamiento Único y los Valores dominantes, pesan el tráfico de armas y la distribución de drogas duras entre las poblaciones.
    Sobre mi condición de prisionero flotaba una pátina de ilusión; o de ideología. Una ficción copaba la captación del mundo a través de mis sentidos. Fueron execrables mis padecimientos cuando otros me hicieron entender la realidad.
    Bajo un manto de paz romana, cariátides y atlantes de guerra americana sostienen el empíreo, que también es empóreo, de donde, gracias a otros, escapé. La situación, en términos de emancipación o de despertar a la soberanía mónera de mi individualidad inscrita en el conjunto social de las bases ciudadanas, se presenta, ahora, en este preciso instante que escribo, crudamente desbocada, a saber, liberación de la doble naturaleza de tensión en la dualidad característica y propia de las capacidades que le son propias al hombre como sujeto histórico evolucionante de una conciencia capaz de situarse, y vivirse ahí, en lo más alto de la cadena trófica (que es la cadena telúrica donde se articulan las relaciones especistas entre layas del reino de animalia y el medio donde nacen, crecen, se reproducen y mueren, y que al calor de los descubrimientos históricos se nos muestra como superorganismo, esto es: organismo conformado por otros organismos; teoría Gaia).
    Según contaban, algo que yo debía creer muy a pesar de mi acceso directo al contexto, décadas atrás no existía ese cierto manto de ilusión (que hoy día puedo llamar con todas las letras: imagología), y, pues, la represión y el encarcelamiento se mostraba en toda su crudeza (lo que que hoy veo es capital financiero y derivado).
Endavant poble lliure!
    En el camino de este despertar, todavía peores llegarían a ser mis tormentos debido a mi condición de “alumno aplicado”; quiero decir, mi capacidad de aprendizaje y mi habilidad para de-construir la ficción sobre mi encarcelamiento me alejaron sobre manera de mis familiares y de mi entorno social. Aislándome.
    Antes, cuando hizo falta, porque el ambiente apremiaba, a mediados del siglo XX gregoriano, mi zona de aislamiento, creo, hubiera recibido el topónimo: la Resistencia. Frente a la dilapidación de los derechos civitas que proponía el nacional-sindicalismo de corte fascista.
    Crudamente desbocada, digo, porque habiendo nacido encarcelado y adoctrinado para la sumisión, la alienación y la servidumbre, apenas soy capaz de afrontar, ahora, aquí, el ensanche de las lindes al que la liberación me ha expuesto. El Cándido de Voltaire (un personaje de novela de un escritor francés de los tiempos en que se produjo en Europa la Revolución francesa de finales del siglo XVIII contra el Antiguo mundo feudal, y de la cual, a modo de barros, todavía hoy, estos lodos.), al final de su periplo panglossiano en búsqueda del mejor de los mundos posibles, rinde pleitesía a un huerto; queriéndose expresar una imposibilidad de insurgencia colectiva donde se subvierta el orden imperante, esto es, una imposibilidad de operar teorías de la liberación sobre una realidad que es así no por obra y causa de unas élites financieras sino por dimensión teleológica, es decir: es así porque sí, y punto. Viene dado desde una remota fuente de legitimación. Al modo oscurantista y dogmático en que operan las religiones institucionalizadas (la Santa Inquisición católica como su mejor y mayor exponente) en la implantación de paradigmas teológicos entre las multitudes, convirtiéndolas en rebaños pastoreables.
    Y, a día de hoy, históricamente mutada, la zona de aislamiento tomada como topo y no como red de ubicaciones (localizadas o no; Foucault.) habiéndose denotado movimientos sociales, cuarto poder, opinión pública, se llama: sociedad civil. O, más posmodernamente: cuerpo social, dejemoslo ahí y entremos en organigramas.

¡Viva Euskadi libre!

    La construcción de imaginería pública sobre un cuerpo de represión armada (la imagología) de un armamento sofisticado mezcla trina de palabra-razón-sistema traslada una situación de guerra abierta entre clases sociales desde la confrontación directa hasta la instalación del llamado Mercado Único como marco exclusivo y hegemónico de cualquier relación de los humanos en él cautivos con su realidad.
    Este proceso se ha realizado paulatinamente y documentado y por tanto traza en el tiempo eje cardinal histórico muy visible y sincronizable.
    El filósofo David Hume digamos, podría tomarse como punto de inflexión en cuanto a la teoría económica y el registro de la propiedad y del reglamento de transacción en el mercado.
    Del mismo modo, Bretton Woods puede tomarse como punto de inflexión en lo referente a la desmaterialización o cambio de paradigma o emergencia del sistema monetario en relación a, en un lado siniestro: la población mundial, la confianza entre pares y la justicia social; en un lado diestro: la élite 1%, la acumulación original y el pecado original.
    Cándido, al final, decide separarse del fervor libertario y dedicarse a su propio huerto, siendo que esta deserción (argumentada y justificada tras el esfuerzo de buscar otras vías y es por tanto más empírica o positiva o experimental que subjetiva o solipsista o imaginaria) se convertirá en el ideal libertario por definición: en un contexto de sociedad copada por monoteísmos cuando no por oligarquías la única vía de liberación consiste en la desaparición. Y, si, doscientos nueve años después de la publicación del cuento filosófico de Voltaire estalló la revolución de las flores en un mayo del 68 parisino que abrió un caudal maravilloso (casi de illud tempus) de huertos contingentes al sistema carcelario arriba descrito, la sofocación bélica primero y a través de la “compra” financiera de las voluntades (mito del hippie que se vuelve yuppie) segundo, constituyó el “se sigue” del relato, que es, que ni siquiera la liberación puede abrirse en paralelo al sistema, ya que este no duda en arrasarla para que regresen al redil las ovejas descarriadas. No quisiera acabar esta larga introducción, que presenta una opera prima y que espera quede aperta, y que se presenta desnudo sin disfraz lírico alguno, apuntando depresivamente a una situación de liberación frustrada, antes bien, todo lo contrario, el protagonista de este relato buscará cándidamente los modos y maneras de ejercer su soberanía (súbdito del Sol, e hijo de la Luna), abriéndose paso a machete en un mundo que podríamos decir atraviesa la llamada Revolución digital sobre un entramado de tecnología que configura la sociedad en red, como resultado acelerado y posmoderno de las relaciones humanas, en la bautizada Aldea Global en figura metafórica del fin de los tiempos etnocéntricos o nacionales en lo que supone la difuminación del lacaniano Gran Otro y significa, a la postre, que “estamos solos”; y, si no lo logra, perecerá en el intento.

Entonces, escribirá por último el escritor, y luego cerrará el cuaderno y se retirará hacia un extremo del escenario arrastrando el escritorio: ¡que comience la función!

Así es, se corre el telón, una orquesta muy numerosa y, pues, completa de vientos, metales, percusión, cuerdas y vocales, responde a un señal de un director vestido con pantalón corto y camiseta de tirantes (los músicos no van mejor arreglados, todos visten casualware) que blande su varita al viento: Himno de la alegría, pieza de la novena sinfonía de Beethoven. La orquesta ejecuta la pieza en su totalidad. Y, el público, la ovacionará cuando concluya.

Anuncios