Las quimeras virtuales tramadas a base de texto hipermaquetado, listas de bits y entornos de ejecución de código compilado unidas al poder fílmico de Hollywood o Bollywood y, en general, las grandes comerciales de juegos 3D para consola —incipiente cuanto menos, rabiosa actualidad a lo sumo, resultan la robótica doméstica y la de entretenimiento, una vez que los prodigios industriales, médicos y bélicos ya no nos entusiasman tanto como que Amstrong ponga el pie en la luna y diga que la humanidad ha dado un gran paso— todas estas alucinaciones de luz, aire y magnetismo han dejado muy anticuada a la primera bombilla encendida, la primera retransmisión, el bufido de la caldera de la primera máquina a vapor. Por eso lo posmoderno: se trata de una revolución interna antes que el efectivo cambio mutado o reemplazado de un agente venido externo.

Cuando observamos los implantes robóticos para ortopedia conectados al sistema nervioso y la capacidad funcional y articulatoria que otorgan, muy lejana nos habría de parecer la revolución especista de Charles Darwin; apuntado aquí como un engarce roto en el proyecto humanista debido al estallido de las esferas teológicas y biológicas, quedando separadas por el rayo de un discurso científico expresado en la red conductual de un método de ensayo error y registro evaluativo.

Cuando el científico postulante del origen primate antes que divino o teológico del hombre saltó a la palestra mediática vitoreando las virtudes del principio evolutivo de las especies causó un revuelo muy similar al que hoy día azota al sentido común de la civilización occidental a medida que el proyecto Genoma humano calza en números el parentesco con otras especies en base a porcentajes de similitud: somos muy cerdos, muy primates, etc. y a medida que la selección de genotipos a la hora de inseminar in vitro se va configurando como producto a la carta en un mercado para masas, de nueva apertura, tras un éxito esplendoroso en las capas altas el fin del hombre moderno se desnuda y se dispone a sucumbir.

Hablando del Australopithecus o hablando del homo Videns, hablando del Neardental o del homo Aechonomicus, la sensibilidad del común tiembla en las lindes que separan las distintas layas anudándose en el mástil de esos grupos de seres vivos; y resuenan si las figuramos cuerdas vibrando cuando rasca la mano del Único Sabor en la última y más moderna expresión de la psicología integral de mano universal que mece la cuna.

Con claridad uno empieza por el anverso una mirada al argumento y, pues, en la evolución posmoderna, la mano ya no sea universal y meza la cuna, sino que el hombre moderno agrupa sus manos multiversales para labrar un proyecto común de planeta y hacerlo sonar, regresando a escena por el derecho.

Un Nuevo Orden Mundial que trate la cuestión energética, la cuestión alimenticia y la cuestión económica en común acuerdo, sobre las etnias, las culturas y las férulas a-imperiales. La sensibilidad del común tiembla en las lindes que separan las distintas layas anudándose en el mástil de esos grupos de seres vivos; cuestión de voluntad de estilo para interpretar músicas grupales o romaní peregrinar la farándula en caravanas musicales. Difícil distinguir las lindes debido a la relatividad, más cuando estas rayas divisisorias pasan justo por nuestra generación, sobre nuestras cabezas, sobre nuestras rutinas y nuestros hábitos,  y nosotros mismos con nuestro comportar vamos marcando y describiendo qué es que es el hombre posmoderno.

El argumento que impuso la doctrina Darwin dibuja secuencias de mamíferos primates descendiendo de los árboles, alzándose bípedos e imberbes a medida que pierden cola y desarrollan capacidad craneal. Estas representaciones animales, brutas, burdas dan al traste con los frescos de los grandes pintores católicos que plasmaron estampas del alumbramiento del niño Dios limpias, pulcras y divinas. Pintaron la piedra de unas catedrales que siguen en pie. A pesar del viento. La comunidad de las personas no cabe ni en las urnas de las democracias representativas ni mucho menos en las bancadas de las iglesias. Ni delegando el poder constituyente ni mucho menos mudas y serviles. El descenso etéreo del espíritu para posarse en el vientre de una hembra humana virgen e inmaculada al traste con el parto simiesco y visceral de una chimpancé acurrucada en el fondo de una cueva o una orangutana pariendo mientras salta agarrándose a una liana con una mano y sacándose al bebé con la otra porque resulta que el depredador de turno la olió romper aguas y la viene persiguiendo.

Cuando Darwin inició la publicación de sus pensamientos un murmullo recorrió Europa. Parecía un fantasma portador del sueño utópico de liberación del pobre, y el sueño del fin de la explotación del hombre por el hombre. Pero no lo era. Sería otro sueño más de liberación nacional como el de Luther King por la nación negra, o el de Gandhi por la nación India. O el de tantos otros. Darwin por la nación científica.

La gente oía algo de los monos y de la falta de verdad en la palabra divina, un posible fraude de la Iglesia, porque no sería verdad lo que han dicho siempre, de que el máximo pontífice alberga contacto directo con la máxima autoridad de la realidad en la Tierra. Porque ésta no existiría. Caso de hacerlo sería peluda y gruñiría, sería un animalote incapaz de articular la palabra: luz. Y mucho menos de encarnar un verbo tipo: hágase; o de juntar un estado con una confesión concreto sobre el clima de libertad religiosa en el cual cada ciudadano puede profesar la religión que quiera y puede propagarla. ¿Vida religiosa dentro de las conciencias y dentro de los templos, o vida también en el entorno social fuera de las conciencias y las iglesias?

Efecto fue que el decir popular tiembla en las parroquias cuando el populacho escucha borracho al señorito que sale dando trompicones de la cantina vituperando el pecado original cometido en un Edén poco menos que de novela. Si no hay lugar del crimen, no hay delito, ríe el señorito. Van tras él dos o tres grupos de caballeros ebrios haciendo eses bordeando la calle Larga, donde aguardan sus carruajes. Chismorrean carcajadas, galimatías, libelos, razón vs dios, animal vs divino, etc. El pueblo no entiende un carajo de la cuestión del ADN, del eslabón, de taxones y de jerarquía biótica. Pero sí que el cura no tiene tanto poder cuando se le ríen los señoritos en plena plaza.

El escritor posmoderno recoge el legado donde lo dejó el hombre moderno. Todo el mundo posmoderno se acuerda de que la batalla entre ciencia y religión la ganó la ciencia porque se cansó de no encontrar rival en la tertulia episcopal y abandonando el plató (que antes fue juzgado de inquisición) se puso a cientificar y cienzufar la vida, metiendo mano sin pedir permiso donde antes las hogueras y las listas negras impedían acción alguna. A la postre de unas pocas décadas de platos de tv y prensa de ambos lados, se confirmó lo esperado: el religioso había podido dominar a las gentes durante siglos solamente porque no existía el hombre de ciencia ni las academias ni las universidades. Acabaron las tertulias teológicas sin enfrentamiento ulterior porque la discusión basada en pruebas, hechos y estadísticas del hombre moderno en nada encuentra obstáculo cuando cae sobre la burbuja de aroma gnóstico, de fe y dogma, con que se maquilla el rostro el hombre religioso.

Ahora el hombre posmoderno sigue escribiendo a partir de ahí: cala la información científica desde los centros de erudición, penetrando expansivo la base social, hasta que, patente laicisimo,…

… un día una niña huérfana, haraposa y vagabunda, acampada bajo el puente del Lebroso va y le dice al párraco de barrio, espetándole y deshaciéndose de sus atenciones, que se vaya y que allí no haga su misión de auxilios, que ella no va a la iglesia porque ella es una mona y no una señorita. Y que su madre Tierra la protege y la cuida y no cree que fuera del rebaño suyo no haya salvación. Que vale que sí que hay fieras fuera de la iglesia pero que igual ella siempre está ojo avizor y con los músculos calientes y listos felinos para precipitarse a la carrera. Que sí, que ella no está bautizada y que no quiere bautizarse porque ella se remoja la cocorota en los charcos, y cree en los burdeles y en los centros de internamiento para extranjeros pero no cree en el limbo. Y que ella se refugia en la luz del crepúsculo rosada, morada cuando no rojiza o llama, antes que en la luz dorada del oro que reviste la liturgia de su iglesia. La niña se levanta, se cuadra, se envara y le enseña el dedo índice al cabo de un brazo muy recto perpendicular a un tronco muy militar. Largo, le dice. Sin acritú, añade.

El escritor posmoderno escribe sobre los escritos de éxito en la conquista. Si una cierta niña india hubiera respondido algo parecido cuando los barcos llegaron al Nuevo Mundo, otro gallo hubiera cantado en Gaia quinientos años después. Cierto que muchos vieron venir la masacre y murieron peleando, pero muchos otros se entregaron al canto de sirena evangelista. Pues pasó, y el hombre moderno lo ha descrito muy detalladamente, que muchos indios se acogieron a la cruz ignorando que la esclavitud y la humillación esperaban tras ella. Ninguna empatía hacia su persona podría esperar el hombre de barro del Dios creado por el hombre blanco.

Cuando una pobre niña desamparada no tiene miedo a un dios y peca sin atenerse a la regla de aquél, significa que la sociedad donde vive ha perdido por completo la afiliación a tal dios. Creo.

Nunca es necesaria una totalidad de adeptos al Dios para considerar que una sociedad es devota de tal dios. Y aquí regresa el discurso de que sobre los césares, los emperadores y demás dirigentes de pueblos, la república y la federación sigue interesando mucho a las bases de gente que se considera fraterna de sus semejantes a lo hora de expresarle al mundo la afiliación divina del pueblo. Si el rey no consulta a los súbditos y se declara afiliado a tal parroquia, mientras que la vida en las aldeas y provincias se vive ajena a tal comunidad, el país se presenta esquizofrénico a ojos de la aldea global. Parece más sano que un esquema plural de organización social y una relación horizontal internacional estructure la voluntad de afiliación religiosa popular. Un conocimiento superior al de los sentidos, al de la razón y la fe; un conocimiento vivencial, experiencial, que lleva al hombre a la plenitud. ¿Uno se considera a sí mismo una piedra burda y mondante, canto rodante; o pretende figurar joya preciosa, pulida, trabajada?

Siempre hay unos mínimos y máximos. Se diría, incluso, que en el caso de la religión cristiana, tanto del lado católico como del lado protestante como del lado ortodoxo, la regla habitual es que únicamente se establezcan unas vallas al corral. Unos muros de contención a la bestia. Un cercado donde limitar la espontaneidad y la interacción con las fuerzas entrópicas exteriores. Por cuanto luego regulan la fachada de la interacción social vía catequismo y protocolo, estas religiones hegemónicas son bastante respetuosas con la intimidad del hogar. Habría una vigilancia teleológica pero no física. A distancia pero no in situ.

La política (teniendo en mente a los servicios secretos y cuerpos policiales de los estados modernos) es bastante más intromisiva en estos aspectos.

Hablamos en términos de religar al hombre con la cosa pública de la ciudad donde vive.

Se podría llegar a decir sin mucho mezclar churras con merinas que un Dios religioso espía la privacidad del hogar vía las conciencias de sus habitantes, mientras que un Gobierno de nación-estado moderno espía la privacidad del hogar vía micrófonos y cámaras. Y uno posmoderno lo hace vía Big Data e intervención de comunicaciones. Mientras que un cura tras la rejilla y tras el ave maría-sin pecado concebida (que es un posmoderno syn-ack) escuchando la confesión de una penitente no se alimenta de gran sustancia gnóstica, las grabaciones que los funcionarios visualizan y contemplan en audición son puras capturas de realidad. La construcción de perfiles de usuarios objetos comerciales acaba moldeando a los clientes si se han utilizado bases de datos reales de tráfico en internet. O tal vez no. A partir de ahí, por el conocimiento de la realidad, el ejercicio del poder sobre los dominados varía.

Cuando abanderando la teoría darwiniana los evolucionistas plantaron cara a los creacionistas y se inició la guerra ontológica por el control del “discurso fundacional” fue que el proyecto humanista recibió un golpe del que apenas pudo regresar. La credibilidad de unos u otros jamás repararía el hecho de que el principio fundacional mismo pudiera someterse a cuestión. Ya no se trata tanto de postular a candidato de respuesta como predicar que se ha aprendido a lidiar con la incertidumbre, con la ausencia de respuesta y con una secuencia menos aristotélica en el sentido de inicio-nudo-desenlace que cuántica en la forma se sigue de algo-se vive-se da paso a algo. Quizás Se Vive signifique llenarse el estómago de comida y el alma de relatos aristotélicos.

El hombre moderno escribe el dolor que le duele. El hombre posmoderno no siente un dolor ajeno en el tiempo, pero empatiza y escribe que el dolor del hombre moderno fue cierto y verdadero. Parece que la capacidad de sentir dolor ha desaparecido en el hombre posmoderno. Instalado en el centro mismo del dolor: sin suelo donde posar los pies… literal.

Qué es lo humano, y, qué quiere lo humano, cuestiones hasta entonces dadas por supuestas, ahora se ubicaban en la zona de tareas pendientes. Cuestiones irresolubles, siendo primordiales. Antes nada ni nadie discutía una posición que ahora, llegó el hombre posmoderno, está en pugna. A una capacidad de memoria tal que la de cualquiera de los quinientos superordenadores se le supone una capacidad de cómputo propia de lo sapiens. Una vez que lo sapiens se ha destilado y aislado sobre grafeno, el primate homo parece un coadyuvante. Eso siente el hombre posmoderno que ha creído siempre el moderno.

Mágico y animista, al proyecto humanista le crecen los enanos cuando una voz amenaza con destronar al rey trófico, fundiendo, a ojos de la evidencia biológica (ante la ausencia de una evidencia teísta al quiebro deísta) a la humanidad junto a los batracios los roedores o los canes.

El homo Sapiens, contarán los libros de historia, el último de los humanos… algo parecido al homo Florensis, cuando el curso de su existencia llega al abismo de la inexistencia mientras que otras especies mejor adaptadas sobrepasan el instante y extienden su vida en el manto del devenir.

Una línea separa dos entes teológicos: uno con cuerpo de Logos y el otro con cuerpo de Naturaleza. Dos polos aparecen en escena atrayendo los pulsos de una sociedad que se divide, y donde antes giraba en la órbita única de un gran Uno, ahora, el gran Otro, emergiendo como un ectoplasma, efundiendo como un manto de rocío, proyectándose como una sombra, acude al festín público tras milenios enterrado en las alcobas, en lo doméstico, tras el pudor, tras la vergüenza, ante la corrección política, ante el protocolo, ante las formas. Tras la pulsión sexual.

El hombre moderno, se diría, siempre hace ascos al posmoderno. Mientras que el posmoderno no acaba de comprender cómo hace el moderno para mostrarse al mundo tan y tan acicalado en un mundo tan destruido.

¿Podría el escritor posmoderno escribir igual que el moderno tras estos efluvios? No hay que olvidar que el empíreo mental del escritor en esta época está salpicado de las girándulas que están tirando las pavesas y favilas de marketing, auténticas cápsulas memes y femes de valores dominantes, anuncios proyectil arrojados desde unas tropas de orden, ejércitos del mercado único, uniformados, trajeados, con maletín y casco, sobre axiomas y ejes de liberalismo económico dentro de un sistema de economía-mundo que los filósofos de la moral, Hume a la cabeza, padecieron en carne propia cuando sobre su amor a la filosofía o sus artes para destilar la póiesis nevó un temporal de cálculo económico estadístico y frio congelando todo órgano sintiente y enterrando crionizada toda sensación capaz de alterar los estados de cuenta, los balances y los registros de caja. El viejo hombre moderno facción romántico frente al viejo hombre moderno facción ilustrado. El romántico aporreando y clamando tras las paredes de la casa del ilustrado. Dramatizando sobre la necesidad de una sensación de comunión de unidad de marco de contexto de lazo fraternal de amor mutuo ante la aridez hermética de esos muros de propiedad privada alzados justamente para contenerles las conmociones a ellos y preservar dentro su proyecto ilustrado.

Lo que Adam Smith encumbró Leman Brothers lo recalentó y lo explotó, inicio y fin de una burbuja de ideal financiero sobre todos los ismos políticos del siglo XX. Dinero como energía sin límites antes que dinero como materia y sustancia del metal. El fordismo y el keysianismo capaces de manejar cantidad a costa de la calidad abren masa y Ortega narra su rebelión. Lo que Marx y Hengels materializaron subiéndose en el velero internacional, Hitler lo recalentó y lo explotó, inicio y fin de una quimera de emancipación social. Los órdenes burgueses entremedio de la aristocracia y de los obreros, la existencia de las clases medias en las democracias parlamentarias desarrolladas; el cristianismo democrático-social y la teología de la liberación; el socialismo al frente de todos los antifascismos. El nacionalsindicalismo frente a las élite extranjeras. Un mundo moderno capaz de cantarte que las mejores cosas de la vida son gratis: como el sol o la luna. Un hombre moderno que tuvo las agarraderas de soltarse de la mano mágica y fue capaz de aceptarse miembro de la Tierra y animal racional. Capaz de retransmitir en prime time a un astronauta pisando la Luna.

Las bolsas financieras de todas las etnias mundiales sincronizadas a través de world wide web, por debajo: TOR, Wikileaks y la Deep Web. El problema era que había etnias que carecen de bolsa financiera.

Junto con el uso de África como huerto del norte, flores y coltán,  o el uso del sudeste asiático como maquilas, la trata de personas para turismo sexual. Son grandes rasgos, grandes trazos para describir lo que el hombre moderno ha oído de nuestra crítica suficiente ya.

La existencia del gran firewall de China castrando la conexión a través de Google, o de cuando el buscador no atraviesa las naciones y no encuentra más allá de las fronteras; cuando los del islam han descubierto que a los judíos les ha funcionado el asunto de Israel (como territorio premaquetado, limpiado y repoblado); y han despertado de su sueño medieval, a exigir lo suyo, su parte; y atentan a través de las décadas contra el imperio de la democracia, la paz y el bien de águilas y palomas, de guerra americana para paz romana; destruyendo los vestigios que en sus tierras quedan de aquellas primeras ciudades de donde todos nosotros venimos… ignorando que los estados no se pueden fundar así como así, que hay unas reglas. Hay una correlación de fuerzas en una guerra asimétrica y total. Las fuerzas armadas del estado islam se han pasado la primavera pasada destruyendo las edificaciones en Siria de nuestros orígenes comunes y mesopotámicos. Estatuas, ruinas y demás piedra. Todo por los aires. Y qué es lo que piden. La respuesta, clara: yihadd. No tanto un método que ponga en cuestión las creencias de uno mismo si son superadas en argumentos por otro, sino una clara convicción de perseguir al infiel.

Que es lo mismo que Guerra Santa. El hombre moderno rápidamente vuelve la vista sobre sí mismo, se mira el pasado, la época de la infancia, la del primer milenio después de Cristo; que es lo mismo que las cruzadas del Santo Grial, una sangre real, un linaje, una figura de poder para vertebrar la vida diaria. Y es lo mismo que la defensa de un cierto eje Londres-Roma-Jerusalem que uniera dos mundos y por donde circularan a salvo lingotes de oros, piedras preciosas y papel moneda de curso legal. Transacciones de dos clicks, que decimos ahora en posmoderno uso de criptomonedas para negocio en internet.

A la postre, el hombre posmoderno ha venido al mundo a través de los linajes, pero los linajes ya no sostienen al hombre moderno. El peso de la conciencia moderna bien podría sostenerse en el plato de honor de una balanza de moral, ética y estética, y, sin embargo, el peso del hombre pomoderno no. El privilegio de cuna y el privilegio eclesiástico ya no son pinzas para sostener trayectorias personales de hombres posmodernos.

Si el hombre moderno era sordo y ciego al resto de etnias, y las quería, junto a caballos, perros, gallinas y vacas, controladas como reses domésticas a su servicio, el hombre posmoderno ya no puede deshacerse de ciertos lazos espirituales y telúricos que le unen por encima de constructos de sistema, razón y palabra  que se han forjado a espada y yunque cuando todavía la oscuridad y la soledad rodeaba nuestras casas y plazas y obligaba a un carácter beligerante y defensivo. Hemos husmeado hasta el último rincón del Hades, y no hemos hallado ni un fantasma. Al traste el proyecto humanista. El hombre es un lobo para el hombre y, también, desde que ha aprendido a diseccionar, el hombre es carnaza para el cyborg. Que sea el cyborg un hombre necesitado de recambio y dispuesto a pagar con dinero al cirujano que le implante ora natural ora mecánico. Transplantable parece que es el corazón.

Muy importante recordar la presencia de un eslabón perdido en los anales del rigor científico respecto del filo humano en el gran árbol del reino Animalia que nos emparenta con todos los mamíferos ora ballenas ora delfines ora elefantes ora osos; así como las observaciones, dimes y diretes que tan trabajosamente la mente de S. Hawkins nos ha venido escupiendo en la prensa y en las publicaciones para el gran público durante las últimas décadas acerca de los agujeros negros y su relación negativa con nuestro macrocosmos: apertura de conocimiento en lo grande para emerger en sociedad desde lo pequeño.

Son prueba posmoderna de que el ciclo iniciado por Einstein separando a un lado lo macro y al otro lo micro ha encontrado su colmo y una nueva era de relatividad material comienza.

Atrás y en el vacío quedan tanto las ansias imperialistas que quinientos años atrás sacudían al hombre blanco sobre el rojo, el amarillo, el negro, como las confusiones entorno al esquema en que se describe el universo y la centralidad respecto de su geometría.

Una aldea global casa de todos los hombres en un planeta en un sistema solar, en una galaxia, en un hipercúmulo, flotando como cualquier otro remolino de agua en un gran océano de materia oscura e ignota a nuestros ojos.

Vemos tantas especies sometidas a nuestro dominio trófico como grupo depredador que apenas si nos cuesta ya sentirnos colonia de hormigas ignorantes y laboriosas en un gran sistema de vida muy allende el alcance de nuestros telescopios, microscopios y demás utillería para radiografiar la realidad.

Así, a la postre, los científicos son capaces de escribir un proceso evolutivo donde actúan unos seres anfibios tan cómodos sumergidos como asiduos a la orilla del mar, y, habituados a pasarse horas en tierra seca, acaban por desprenderse de los accesorios genéticos marinos y cambiando branquias por pulmones se instalan sedentarios tierra adentro.

Uno nunca acaba de encontrar las fronteras biológicas tan claras, nítidas y precisas como las políticas porque aunque a veces se encuentran esqueletos bastante perfilados y resistentes, casi nunca falta sobre estos una capa de carnes, vísceras, humores, fluidos y esencias fluctuándose, efundiéndose, sudándose en el entorno.

Miro uno dentro de nuestro cuerpo y resulta que en él moran y se viven millones de pequeñas unidades de vida molecular que bien podrían reclamar la propiedad de él tanto como nosotros mismos podemos reclamar a Gaia (como sistema vivo planetario) nuestra posesión. Nuestros satélites, nuestras autopistas aéreas, ferroviarias, terrestres y marítimas se comparan sin esfuerzo con el sistema nervioso y la circulación de neurotransmisores. El sistema energético de electricidad y combustible que aporta a los músculos repartidos por doquier la fuerza de trabajo para que puedan obrar sus respectivas funcionalidades, son comparables a las canalizaciones de gas y los tendidos eléctricos a través de las selvas y los desiertos uniendo el día a día del tejido industrial. El agua potable como sangre discurre junto a los ríos y el deshielo en las cúspides de las montañas irrigando los centros habitados rurales y también los grandes centros urbanos cosmopolitas. Un sin fin de semejanzas encuentra uno observando la visión científica del cuerpo humano con la visión sociológica, histórica y demoscópica de la humanidad conformada en capitalismo. Dentro de los huesos hay un tuétano de vida y sin embargo uno observa un gran rascacielos del skyline de, pongamos, Manhattan, y parece que únicamente haga que estarse quieto sin actividad alguna.

Muy a lo grande, los ecosistemas se desgranan en racimos de organismos claramente distinguibles unos de otros a medida que la visión se sumerge dentro el paradigma que los alberga. Cadenas tróficas, jerarquías verticales y entramados horizontales, estructuras fijas o móviles, unidades vivas sobre ciclos energéticos y de relación con el ambiente más o menos complejos, más o menos caducos o perennes. La mirada siempre puede abstraerse y desde las alturas otear las lindes de cada organismo para observar relaciones o introducir el punto de atención en su interior y ver cómo se actúa la vida en él en procesos químicos y físicos, y ahora cibernéticos; cosa de observar la dificultad de hallar en el descenso justo el instante en que cuando miras distingues ya los nuevos sujetos, agentes y contextos; nítidos ya mirando a ras de suelo dentro del organismo.

Son ahora las distancias que van, cuando de pie, desde la cara al piso, puesto que otras panorámicas se obtienen y también suponen vista de pájaro para unidades menores. Holónica arquitectura, en lo más pequeño lo más grande vuelve a empezar. Y viceversa, los diques de nuestro mesocosmos civilizado, alfabetizado, y ahora digitalizado, deben sostener nuestra actualidad, nuestro acerbo, y nuestro sentido común. Ideas de unidad de destino en lo universal a parte, categóricos universales a parte, Biblia-Coran-Talmud a parte: Wikipedia, YouTube, Twitter.

Ahora, cuando quien escribe es el hombre posmoderno, ya no vale entretenerse a dirimir la maravilla del hombre erecto capaz de transportar hormigueros y de controlar colmenas de abejas; al igual que al hombre moderno ya no le servía cotillear acerca del logos, el arché, el ki, el tao. Los asesinatos de los hombres justos por cuenta del comercio y el envilecimiento egoico que a lo largo de la historia han marcado los hitos estáticos en la línea de tiempo de nuestro calendario, incluido y magnificado el cero gregoriano de Jesucristo, incluido el sofismo pos pitagórico en la Atenas de Sócrates, obligaron al hombre moderno a escribir menos al illud tempus y más a la historia.  Escribir menos al imaginario y labrar más razón instrumental y técnica.

Era obligado que el hombre helénico compartiera con los sajones la zona del mundo con más difícil defensa, una Europa situada en la zona templada del hemisferio norte figurando sin par hermanado con la América de doble cara: latina y anglosajona extendiéndose de polo a polo verticalmente en el globo terráqueo.

La mirada siempre puede abstraerse y sobre el papel o sobre los discos magnéticos trazar líneas polígonales que nada tengan que ver con el relieve; es más: construcción y edificación sobre el relieve y a pesar de él, provocando cataclismos que luego decimos fenomenos naturales. Corrimiento de placas arquitectónicas porque nos interesa sacar ciertos gases y néctares primordiales de sus sedimentos provocando grandes olas que azotan costas enteras o derrumban cimbreándolas zonas residenciales incapaces de sostenerse. El aire, el agua, los alimentos si no están limpios no nos sirven y se vuelven nocivos. Es triste pero cierto. Si el aire viene lleno de tóxicos el mismo respirar que nos da la vida nos mata. Si la comida se infecta la misma acción de nutrirnos nos elimina.

Desviar nervios centrales en sistemas hidráulicos, levantar presas, abrir cauces y canales podría compararse con tomar antidepresivos, euforizantes: meter en el flujo algunas trabas y obstáculos y contracorrientes artificiales que una vez nos cansemos de mantener serán borradas, cuando la fuerza del discurrir circulando a través de ellas se las trague, y las difumine, y, mientras tanto, por ello su existencia, irrigan el agua potable que da la vida día a día. Un segundo para un pueblo en la línea de las civilizaciones puede representar varios centenares de años para sus habitantes.

Unir un continente con una isla mediante un gran túnel hundido bajo el manto oceánico; tirar backbones de fibra óptica a través de montañas y desiertos comparable a injertarse una sonda o catéter intravenoso para drenar en los circuitos linfáticos del cuerpo un suero repleto de químicos. Deforestar selvas para trabajar su madera tendrá que compararse con fumar tabaco y habrá de homologarse el auge psíquico que libera la libación de nicotina en la que nos ponemos a labrar ideas.

Es clara la responsabilidad de un escritor diez mil años después de las revoluciones agrícolas, siete mil años después de las ciudades-estado hieráticas, tres mil años después de los presocráticos, de Sócrates-Platón-Aristóteles; hay que situar la escritura en los raíles de un cierto circuito ferroviario llamado Literatura. Un tren que ya ha recorrido muchos kilómetros portando distintos motores en su locomotora y arrastrando diversos vagones. Un escritor de cualquier época debe primero y antes de ponerse a escribir localizar los raíles de la Literatura al paso por su tiempo. Buscar en su época una estación y allí solicitar ingreso. Ya de una locomotora si el escritor tiene visos de editor, ya de otro vagón si el escritor tiene visos de vanguardia, ya de otro discurso desde otro asiento en uno de los vagones que el tren de Literatura en esa época cargue en su circular por las vías de la cultura.

Un recorrido que decimos comienza con el primero de los textos escritor y decimos Historia separando y rompiendo desde otros períodos anteriores que decimos prehistóricos.

Pueda arrancarse el alfabeto griego hace dos mil setecientos años y quede constancia de ello; producto de tal deseo, a día de hoy, guardamos registro del prodigio, y, no solo eso, además, también lo gozamos desplegando un mundo mutado y evolucionado de aquél. Se podrán perder algunas raíces de las lenguas suméricas, algunas raíces indoeuropeas quizás no han sido trasbalsadas a nuestras lenguas modernas, pero jamás se pierde la acción de nombrar y generar las raíces necesarias para sostener un tablero idiomático. Casi nunca de la nada sale algo. Casi siempre lo que hay se transforma. Casi nunca de lo que hay sale algo nuevo. Casi siempre lo mismo muta y evoluciona mezclándose, amalgamándose.

Nos llega y viene desde un cierto proceso mayeútico que ayuda a nacer la conciencia. Un alumbramiento orquestado por unos hombres de pensamiento mágico y animista capaces de observarse observadores, de pensarse pensadores. Unos hombres que se dan cuenta de que el devenir, el paso del tiempo, la construcción a lo largo plazo es el regalo que ofrece el cultivo de una memoria.

Una memoria personal que si se alía con otras personalidades y se moja de tinta negra y se conserva tras las armas del ejército nacional permite fundar y vivir una nación. Fue trabajo de aquellos hombres el parir una conciencia capaz de ganarse el pan de cada día trabajando las eras y barbechos de su memoria.

Una conciencia nacida en el fuego de las cavernas, que vive una infancia iniciada abruptamente porque debe abandonar la profundidad del agujero en la tierra y tomar camino de salida hacia la luz cegadora en un primer momento, pero luego luz habilitadora de un mundo natural y tan maravilloso como aterrador.

Antecede al hombre moderno el hombre antiguo capaz de levantar de piedra muros donde guarecer a salvo de las estaciones cronológicas y las inclemencias meteorológicas unas estanterías repletas de vademécums y otras carpetas colmadas de clasificaciones y mapas de los órdenes observables más allá de las lindes de los escritorios y las bibliotecas.

Poniéndole a todo un nombre. Que sea un nombre tipo variable o función informática donde se intenta que el nombre nombre al máximo al referente de cuyo significado se pretende registrar significante.

Genial el meme: idea-nudo-desenlace. Cuando Aristóteles así consigna la descripción del relato, el proyecto humanista recibe el don de generar historias. La vida se teje de historias, y el proyecto humanista es la trama de esa vida. Muy buena, pero no genial, la vía muerta de la metafísica. Flagrante idea de Aristóteles abrir una carpeta para poner todo aquello que por no nombrar llana y claramente: caos ( la misma cosa que, en política, los anarquistas no tienen reparo alguno para nombrar) se nombra metafísica. Principio de oposición para iniciar el cierre de clase del hombre moderno. Muchas “metas” al calor de la historia han cobijado a numerosos peregrinos del espíritu y egos voladores tratando de expresar una elasticidad de cierta materia al reparo de su cualidad meta. Yo como. Tú comes. Él no tiene por qué comer. Nosotros comemos. Vosotros coméis. Ellos no tienen por qué comer. Y así por inducción, siete billones.

La idea de nacer, salirse de las cavernas e internarse en un mundo natural estaba entretenida durante los primeros milenios. Pero este proceso infantil, al hombre moderno le pareció, me parece a mí, juego de niños del cual debía desprenderse.

Es el Jefe Indio negándose a firmar un contrato de compra-venta explicándole al yankee que la tierra ni se compra ni se vende y que cuando el último río baje con las aguas sucias, a ver si se beben el dinero.

Caen en holocausto los indígenas. Durante siglos, se ponen en práctica todas las técnicas de conquista y dominación habidas y por haber, pacíficas y militares, sevicias y estratégicas. Cientos, miles de pechos de militares a lo largo de la historia lucen medallas que marcan hitos, marcan batallas por las cuales los documentos gozan de legalidad y vigencia. Sellan la propiedad del terreno conquistado una vez la sangre ha drenado. Y siete billones de personas, en el momento de la escritura, presentes.

Las bombas de destrucción total y los campos de concentración son el ribete a un mundo moderno capaz de sentirse verdaderamente dueño y señor de una ínsula teológica fruto y premio y conquista tras las andanzas que ha recorrido la espiral de la evolución de la conciencia humana en un quijotesco caballeresco y medieval intento de cabalgar el mundo desfaciendo entuertos y portando el honor y la figura de poder cuando la oscuridad telúrica envuelve y ciega a las comunidades de hombres y mujeres de bien, de paz y de luz muy dóciles, gráciles, gentiles e indefensos seres puros en medio de la barbarie feroz brutal del mundo salvaje y natural.

Un escritor posmoderno, como tampoco debía ya el moderno, no debe escribir descripciones de la cosa original, tanteando sus textos con un aire como del que se para a inventar la escritura; a inventar el pensar, a inventar que se escribe; y a escribir que uno se descubre el primero de la historia escribiendo que ha se ha dado cuenta que puede escribir y fijar el instante como marca de un punto concreto en la línea de la trayectoria del tiempo en relación a una etnia, a un abecedario y un léxico y una sintaxis: a una civilización capaz de conocerse a sí misma lo mínimo como para entender su situación en lo que compete a la secuencia en la que ha aparecido y en la que tras pasar quedará inscrita.

Claramente, la presencia del monoteísmo religioso y de la monarquía política cuando grandes grupos pretenden ponerse de acuerdo, asociarse, cooperar o meramente comunicarse en la globalidad ecuménica, facilitando tal encuentro, presenta, a ojos del hombre posmoderno, un aspecto de fractalidad tal que la repulsa es obligada y total: el sentido de replicar la misma imagen, que sea la cara del rey o del Papa, a lo largo y ancho del cuerpo social desentona sobremanera con la posibilidad cuántica multívoca y convulsa, tanto liminar como indeterminada, de una expresión que podría encajonarse religiosamente en rebaño y políticamente en demo, emancipados, liberados, inscritos en el contexto de un vivir la vida sobre una red de derechos políticos, sociales y económicos recibidos sin condición por el mero hecho de nacer y puestos por escrito en carta universal. Una expresión que encontramos en movimientos expresivos tan meridianos como pacíficos, tan significativos como relevantes y vinculantes tal que mayo 68 u Occupy Wall Street separados medio siglo y nada más que indicados como fastigios de todo un entramado vivo ahora sumergido pero visible y emergido durante las fechas indicadas hasta por lo menos la cintura, o más.

Cruza la línea del hombre moderno finado y el posmoderno nonato por mi escritura. Por esta escritura de noviembre 2015, un mes tras el año nuevo del otro calendario, el que va contra el vicio del cristianismo.

Me cuesta distinguir en mi mismo lo seco de lo germinado, lo muerto de lo creciente. Por supuesto, si me miro a groso modo la visión es clara. Una parte de mí día a día se muerte, dando espacio a otra que día a día se nace. Pero cuando escribo el foco baja muy al centro y muy a lo equidistante, entonces la calidad y la cantidad quedan descartadas del baremo.

Tras el problema central del hombre moderno que se describe como aspiraciones, encuentros y desencuentros de una aristocracia reclamando excelencia, sosteniéndose a ojos de la audiencia en un espectacular equilibrio sobre las alturas del pesebre, ni se trata de plebe exigiendo trato humano, digno y justo y fraterno y legal, de igual a igual, en diferencia y con categoría superior a la de las máquinas o las bestias. Al fin, la idea del hombre moderno era que el pan es necesario para todos.

Todos los días todos necesitamos pan. Los medios de producción del pan, así como los medios de distribución del pan, etc. se situaron en el centro del discurso. La gente quería pan. Los aristócratas querían dominar el pan. Todos querían comer.

Algunos alcanzaban a comer meramente pan de agua-harina-sal. Otros pan de centeno. Otros pan con cereales.

Siempre he pensado que todos los planes escolares del mundo deberían incluir una asignatura que fuera intitulada panes del mundo y que tuviera como objeto que los niños llegaran a la madurez conociendo el estado de las panaderías y los hornos del mundo así como la historia que en ellos consuma presente. Todo niño debería conocer la técnica de cultivo del grano, del moler y del amasar.

No deberían existir personas incapaces de hornearse cada mañana su propio bollo para la jornada. No deberían existir personas privadas de un molino y un mármol y un vaso de agua limpia y de una pizca de sal y de algo de lumbre.

Hablar de levaduras es hablar de cocaína, narcotráfico e industrias farmaceútica y biogenéticas. Hablar de transgénicos, hablar de la hélice del ADN y del lúpulo de la cebada cuando libera a un hermano del ácido lisérgico es un abismo para el escritor posmoderno.

Si un hombre moderno arquetípico cuando se puso a escribir hubiera conocido todas esas cosas de buen seguro que ni enciclopedistas ni escuelas racionalistas hubieran tomado el rumbo que tomaron al calor y al sesgo de los escritos modernos franceses, italianos, alemanes, ingleses y españoles.

Total, ¡pan! para todos, todos los días. Hubo una reina francesa muy moderna que le propuso al pueblo comer pasteles si no tenía pan.

Vuelvo a lo mío, no solo de pan vive el hombre. Cuando me inicié en la escritura, dos décadas atrás, la palabra solo se escribía acentuada cuando era adverbio circunstancial. Ahora ya no. Es un dato. Para ceñirme. Presentar esta novela. Admito algunos errores.

Es decir: no siempre estuve atento y, quizás, alguna vez tuve que haber pisado un freno, y no lo hice.

Entonces, estaría de acuerdo, probablemente: mi karma no ande tan holgado como pudiera.

También puedo entender, sin que yo me ubique entre ellos, errores irreparables.

Digo: yo no; mi conciencia todavía, inmaculada, anda limpia.

Solamente me he equivocado durante el aprendizaje, fallando por ingenuidad o por novato, antes bien: no siento ninguna culpa original o primordial o última. Nunca me he sentido alebósicamente necesitado de traspasar un límite mancillador. Ni “por probar”, ni inducido por terceros.

Bueno, bueno, de acuerdo: tengo en mi mesa, junto al teclado, un ejemplar de los Detectives Salvajes de Bolaño; infeliz aprendiz de escritor tratando de emular a los grandes. Y, también, en la mesa, tengo una copia de Rayuela de Cortázar.

Ya sé que haría mejor en proseguir con las lecturas en lugar de sentarme a escribir, pero yo también he buscado un claro del mundo, un lugar aislado muy propicio para suicidarme; ¿qué hago aquí, ahora? por supuesto: escribir en lugar de rebanarme la tapa de los sesos, mucho más fácil y menos valiente.

Un mundo que el hombre posmoderno recoge de las manos del hombre moderno y que no sabe muy bien si aceptar o echarse las manos a la nariz y boca para obturar las sensaciones de podredumbre y veneno.

Y, sí, claro, bebí algunas cervezas, tomé un poco de tequila, fumé; debo admitirlo, fumé con el tabaco un poco de hierba. Nada más: o sea, ni heroína, ni MDMA, ni LSD, ni ketamina, ni cocaína, ni cosas así… tan solo, en honor a la literatura, por ser justos con la lírica, admito nada más que unos golpecitos enteogénicos (sabes: teos dentro), algo de alcohol y de THC… al fin y al cabo esta introducción es una fiesta. Significa una redacción acabada, lista tras las galeradas. Para mí, hoy, ahora, la historia personal esta mía queda marcada con el nacimiento del libro.

Igualmente, influye en el contexto de esta escritura una película sin subtítulos y en versión original reproduciéndose en una Rasperry Pi OSMC — “completamente sola en el mundo”, Turn / Taan, 2001. Te cuento la sinopsis: una muchacha tiene un accidente de tráfico y queda prisionera (en la esfera densa) en un coma, pero (en la esfera sutil) prisionera de un tiempo ex-nihilo, o sea, atrapada en una dimensión paralela y no cronológica. Un muchacho, nipón, que compra en una tienda de artes un cuadro de la muchacha, casualmente (o como diría mi nomaestro FSD mezclando la causa con la casualidad: causualmente) entra en contacto telefónico con la chica y, a partir de ahí, desarrollan el nudo y la trama de la película.—… Francamente, hablando tras Galileo Galilei y tras Newton y tras Einstein y, si me apuras, un siglo después, tras la partícula de Dios o bolsón de Higgins, yo no creo ni en espíritus, ni en reencarnaciones, ni, si me apremias, casi ni creo en mi propio karma; quiero decir, no hay nada existente, a mi parecer, que no sea lo que los científicos titulados que ostenten cátedras y se hayan doctorado digan que existe en el debido paper.

Porque, me pregunto, si la NASA ha enviado un montón de máquinas voladoras más allá de Plutón, y si se han descubierto cientos de planetas inmersos en los sistemas estelares de cientos de estrellas similares al Sol habiéndose encontrado planetas similares a Gaia, y, si la NSA —eso han demostrado Assange, Snowden— conoce a día de hoy todos nuestros pensamientos y comunicaciones privados, y, si abundan drones capaces de proseguir con la guerra de conquista sin malgastar vidas civilizadas en detrimento de vidas salvajes: ¿cómo iba a ser posible un argumento como el de la película sin que el gobierno apodado N.W.O. —que es en paladín: new world order, nuevo orden mundial— cobrase lo suyo, digamos tarifas pos-mortem. Nada: negativo. En absoluto posible la existencia de cualquier ente o caso no chato, no superficial —estoy citando aquí a Ken Wilber y su reporte del dominio de los descendentes en el primer volumen de S.E.E.—, no plano. Brindo, y lo hago en el tercer milenio, tras las Santa Inquisición (me refiero a la afición pirotécnica tanto con personas como con libros), tras el profeta del Islam (guiño aquí fundamentalista), tras la entrega de Israel cuando acabó la II Guerra Mundial al pueblo elegido (a pesar de los palestinos), brindo, entonces por lo natural, por lo mecánico, por lo desprovisto de espíritu, de magia, etc. Releyendo lo anterior, entonces: no debería asumir ningún error dhármico (se sigue la película citada la obra entera de Kim ki Duk), puesto que, a priori, sintéticamente: no cabría karma que valdríese una permuta de responsabilidades tras mi muerte ya que no se podría, según el método científico, demostrar ningún Dharma que valga como ley de comportamiento anterior a, digamos, un jainismo conjeturador de una sustancia protoadeinica (si se me permite) o ulteriores descripciones de sustancias primordiales otras que no la tabla periódica y su posterior edificación química adentrándose en los reinos de la póiesis (aquí Maturana) y el soma que tuvieron a bien acontecer quién sabe dónde (dice la teoría del Big Bang) hace unos cuatro mil quinientos millones de años cuando uno de los cuerpos planetarios que yiraban en la órbita de la estrella a la que llamamos Helios-Sol comenzó a solidificar su parte externa y de un caldo primordial en su corteza las móneras dieron lugar a organismos pluriceluares —no hay que olvidar cómo se cepillaron el ambiente rico en dióxido de carbono contaminando con sus excrementos de oxígeno dando lugar así a nuestra atmósfera oxigenada: para que luego critiquen la disidencia de EEUU en la cumbre de Kyoto—, y bla, blá, blá (googlea que encontrarás), anfibios, mamíferos, homínidos, pan, homo, sapiens: mesopotamia, edades de los metales, medievo: imperios, multitudes: guerras mundiales, ta, ta tá: grafeno, código genético y muchos inventos más.

De acuerdo. Okey: parece un poco difícil, tras el párrafo anterior proseguir con la lírica, con la literatura, con el drama: ¿queda algo que contar? Mi maestro de literatura es muy fan de Lope de Vega y, en general, de los escritores del siglo de oro de las letras españolas (que conste que soy más groupie de los del siglo de plata: Hernández a la cabeza) ¿Los modernos programas informáticos de los diferentes campos: económico, médico, etc. dejan espacio para algo de escritura si no asociativa por pasada de moda (atrás Foucault, atrás los situacionistas, atrás, no sé si me entiendes: Steve Jobs, Bill Gates y Linux Torvald, atrás Schroeder y los de la física cuántica) al menos, escritura vivencial o egrográfica, por citar algo de composición no técnica sino humanista? pero ¿cómo: si los escritos de Kipling abanderando un mundo colonialista ya quedan viejunos al calor de las aventuras de Occupy Wall Street y las revoluciones Facebook del medio oriente junto con Reddit o Twitter? Buff… vamos a ver, que no quiero romper mi intento narrativo antes de empezar: escribió Hesse sus momentos estelares de la historia universal, Borges sus dimes y diretes también universales, Galeano su mundo de fueguitos, etc. Y, yo, ¿ya lo dije?, tengo en mi propósito apuntarme al club de los real visceralistas que Bolaño describe en su novela. Total: si dentro de un rato cuando regrese de la ebriedad (quizás sagrada: el cine de Jodorowsky aquí, tras Crowley y sus intentos de alzar al no dios, y la teosofía de Blavatsky, y los misticismo de Gurdjieff con sus giróvagos y sus sociedades mágicas, y todas esas vías paralelas al método científico) borraré lo escrito puesto que no pasarán un mínimo de validez cuerda: tú sabes: Nietzsche, visceralista, mata a Dios y el programa PRISM de espionaje a gran escala mata toda privacidad: qué somos si no meros siervos de Gleba. Todavía habrán contemporáneos míos que no adviertan como el derecho de pernada y la guerra (menos violenta que financiera) arrasa el referéndum que Tsipras convocó so capa de la izquierda unida Syriza, y que su pueblo refrendó y él se ha pasado por el forro de los cojones, para derrocar cualquier atisbo de emancipación del pueblo sobre los valores dominantes y el pensamiento único (Berkley), y la cuarta guerra mundial que Don Durito de la Lacandona (por boca del Delegado Cero en los caracoles de la Realidad Chiapaneca) vociferó a la opinión mundial. Ahora, dicho lo dicho, si algún lector sobrevive a tan execrable introducción, me toca describir. Olvidarme de más verbo a vista de pájaro y hundir mi letra en la mera descripción, huyendo de la metáfora, plegándome al barro, achicando texto elevado, regresando a la palabra Hemingwayana, y, si me apuras, resiguiendo la estela de Bukowski, mientras me dura el efecto psiquedélico, al verbo simple, escueto, llano: I write. I am a man. I describe. I don’t give a shit of Cervantes. Fuck off spanish and all its floritures. I will talk to you directly. Sin metáforas. Pero, también, sin politics: puesto que no nos importa aquí si fue un catalán quien asesinó con un piolet a Trotsky —mucho menos nos importa qué hizo o qué precursó tal político—, si fueron tres los mosqueteros ibéricos: Ascaso, Durruti y Oliver que organizaron la revolución española y anarquista del treinta y seis (s. XX), o si Enric Durán, conocido como Robin Bank, hoy en día, al hilo de esta escritura, influenciado por Lucio, sigue huido de la justicia mientras funda FairCoop, o, si quiera, si, como afirma Chomsky, y secunda, Naomi Kleinn, a través de la lingüística hoy día se libra una gran guerra que tiene que ver con la doctrina del shock.

Supongo que pedirás una conclusión. Que, llegados a este punto de la lectura reclamarás un broche. Un posición final.

Quede constancia que mi pensamiento es muy de pasar caminando y al volver la vista atrás ver la senda que no se ha de volver ha pisar. Vaya eso por delante. Lo aprendí en al Escuela Superior Popular de Sabiduría. Después, venga. Aquí ese resumen. Mi postura religiosa. En corto. Sustantivo y categoría. Sea que mi creencia religiosa, y ya se argumentó la necesidad de religazón de la soledad última cuya jurisdicción limita en la piel, o sea, mi modo de religarme, pasa por sostener una pregunta, una elección, un posicionamiento en vilo, sostenerme indeterminado y expectante ante una enumeración tal que:

Eso es. Mi posición religiosa. Esa lista, sabrás, constituye muestra o botón de una lista inabarcable.

Ustedes sabrán que atrapar un aleph, que sería como atrapar todos los elementos de un conjunto infinito, es una tarea muy provechosa pero bastante infértil, al menos en cuanto se refiere a la materia. Brillo y albedo sí, mucho cuanto más se avanza la enumeración de elementos del conjunto aleph. Sin embargo, chicha, materia chata y superficial: eso no.

Gracias a que Nixon (presidente EEUU) desvincula el patrón-oro, desligando la cantidad en oro de la calidad de confianza entre las partes, la religión arrecia en un mundo cuyo máximo esplendor son unos registros inmateriales pero electrónicos y magnéticos de capital financiero. ¿Da para un libro, no?

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