Ayer, jueves, anduve casi dos horas; salí de la periferia, quería filosofar. Plantearme cuatro cosas acerca de mi futuro. Quería tomar decisiones importantes. De esas decisiones que uno toma cuando se sabe (y arranco con la lírica) con las manos en el timón de su velero pudiendo incidir un poco tras varias jornadas de tormenta, vientos y aguas disponiendo a voluntad.

Yo no soy nadie. O, mejor, yo soy nadie. Pero sé que tengo algo que contar. O que lo tendré. Ayer me puse en marcha. Tomé como referencia una de las grandes avenidas que conducen al centro de la metrópolis, Barcelona. Nací por aquí cerca. El hábito crea patinas de automatismo, diría, pasear la misma ciudad durante décadas, una vez te metes dentro, basta con seguir las aceras, nadas entre la gente, rutas seguras que cuando deben cruzar zonas no peatonales, noventa y nueve por ciento accesibles, en los pasos de peatones suenan los chismes acústicos, dispositivos para ciegos: puedes pasear, en estas urbes, con los ojos cerrados, invidente, siempre y cuando no seas imbécil y lleves bastón, claro; (espero que hayas pillado el hilo etimológico en este símil urbanístico).

Yo, ayer, fui callejeando sin perder la guía. No hay otra forma para un correcto pensamiento filosófico que cavilar andando, creo. El hombre es un ser finito, ¿te lo parece? (sin más preámbulo, abro primer hilo metafísico… dice:) Las grandes urbes repletas de coches y edificios son una triste consecución del sueño homínido del bipedismo; (abro aquí hilo histórico…) Lucy, una Australopithecus afarensis, de 3,2 millones de años y sus amigos lo lograron; ¿qué lograron? la especie se puso en pie, abandonó el África oriental, y ¡conquistó el mundo! (Acolo una cota de bipoder:) ¡izándose fastigio de la cadena trófica!

¿Ya se va viendo, no? Da comienzo un libro, se abren unos hilos, se saltan los contextos, el escritor vive en un mundo donde todo va muy rápido, ¡instantáneo!, la escritura que traigo se efunde del hilo argumental, cimbrea saltando como electrones de capa en capa allende y aquende los estadios estables de los átomos (un claro hilo físico, aquí). ¿Qué cimbrea en esta escritura? Me costó entenderlo, pero, a la postre, y por ello ahora tengo el timón, creo, ahora lo entiendo: es el campo semántico el que fibrila. Es la idea de mundo global. Solapamiento de ubicaciones y localizaciones (para argumentar este solapamiento habría que tirar un hilo geo-político). Lo explicaré. Aunque, ¡más importante!: lo domaré para ti (se sigue a un hilo omnívoro). Esta escritura, holónica, no es moderna: ¡es posmoderna!

Ya acordarás que cuando un castellano parlante intenta leer el Quijote en su versión original y no, por ejemplo, en la versión “traducida” de Trapiello (2015), tiene dificultades para entender una lengua que en principio es la misma que conoce. Pues, postulo, igual debe sucederle a un lector moderno cuando intenta leer un texto posmoderno: que por mucho que el castellano sea el mismo, se necesita traducción. Y aquí ato muesca en un hilo que ya debe contar para el libro, puesto que ahora estoy en el timón de mi  velero y puedo surcar volitivamente una calma mar (que es la masa de texto cuando vibra en nuestras memorias), y, a diferencia de las escrituras que me preceden y que me han traído hasta aquí: aquí hoy traigo, además de la voluntad de estilo, la voluntad de traducción.

Que conste que la calidad de posmoderno no me la atribuyo por mérito personal. Mi texto no es posmoderno porque yo lo cree con esos atributos. Esta literatura que te estoy presentando, en curso ya, es una escritura posmoderna por el mero hecho de estar escribiéndose en época posmoderna. Bueno, por eso, y por ceñirse al canon posmoderno. ¿Qué cuál es? Todavía no se sabe. Eso no quita, empero, que uno pueda ceñirse a él. Dudé un poco si fomentar la identificación del tiempo histórico posmoderno a partir de una marca en uno de los calendarios grandes del planeta, tipo el gregoriano o el chino, pero a la postre me decanté por marcar www.w3.org/html como muesca temporal. Yo creo que mentando la World Wide Web, la marca histórica remontará muchos milenios de contextualización histórica, y cualquier lector del futuro que lea esta introducción relacionará rápidamente el embrión de hipertexto con nuestra época. No me imagino al lector de dos milenios adelante gozando en su coleto de referencias históricas a la Iglesia Católica; pero sí al consorcio w3. Aunque, bueno, del Templo de Salomón y del portal de Belén, dos milenios después, todavía nos acordamos. Quién sabe. Al fin y al cabo, Dios en la Tierra. ¿No te lo parece?

 

Finalmente, con gran sensación de sed, mucha mucha sed, llegué a una de las librerías más grande y famosa de la ciudad. Creo, es un pesar perenne en mi carácter, que escogí un camino sin meta, que, sin embargo, fuera lo volitivo, la propia ciudad maneja. Guiando a quien se deja llevar. Ofreciéndole, diosa comercial, aquéllo que pueda tentar.

Entré en la librería, toda limpia, iluminada, señalizada. Metros y metros de estantes, repletos de libros, miles de títulos, miles de autores. No pasaron veinte segundos antes de que me interceptara un empleado, uniformado, impoluto.

«¿Pizarnik?» –me repite. «Sí, Alejandra.» –le repito. «Pues no, no me suena; ¿y dices que tiene publicados sus diarios y su poesía?» –me inquiere, trasteando su teclado e interrogando al catálogo. «Sí, eso he dicho.» –le repito. «Pues no, no la conozco, ni hay ninguna entrada.» De nuevo, escalofrío nacido en mi sexo trepándome ondulado como una serpiente hasta la cocorota, esa sensación tan familiar de discurrir caminos otros que no los aconsejados por las autoridades de común. Minorías, como meigas, haberlas, haylas. ¿Cuántos libros puede haber en esa librería? ¿Cuántas referencias en esa base de datos? Y, sin embargo, ella es una desconocida. Las excluidas… suspiro. Creo que escogí un camino sin meta. La muerte como inicio de todas las neurosis. Todo agolpado de pié ante un displicente empleado que lamenta mi agujero negro. Una voz varonil, gruesa, grave, poderosa irrumpe entre el empleado y yo. Me pide que me retire del mostrador, depositando una tarjeta en mi mano. Creo que ha sido una ergosfera. Tipo: leve deformación de la realidad, que deja una inercia, que desaparece cuando se cierra el agujero. Cosa puntera de cuántica. Por eso, entre otras cosas, quiero escribir este libro. Esa es una de las decisiones. Hacerlo. Escribir este año, por fin, la obra acabada, o, al menos, sacar una versión impresa de las mejores piezas ya corregidas. Como sea: estoy delante del empleado, con su negativa a mi autora, con la tarjeta de visita que el desconocido deja en mi mano.

El caballero, que viste tejano, tirantes y gorra: «¿cómo eres tan estúpido de buscar aquí, muchacho?», marchándose cuando yo bajo la mirada a leer la tarjeta. Librería de viejo, pone a modo de titular; y, debajo, el nombre del establecimiento y la dirección, que resultará una calleja harto difícil de encontrar, en el Raval. Sonrío. Quizás no; quizás no me haya equivocado de camino. Una asociación de ideas recorre mi entendimiento mientras yo me compongo y me dispongo a despedirme del displicente y a salirme de la librería y a recuperar ese caminar invidente por la gran metrópolis para correctamente cavilar filosóficamente los próximos pasos que he de dar en la vida. Si acaso, entre el ambiente y el resto de agujeros negros, yo, humano, puedo en algo disponer. Esa asociación de ideas es básicamente un autoreflejo, o sea, el reflejo de una razón pura que se ve primero práctica y luego visceral y luego vital y luego poética; las burbujas de la asociación son: La muerte = la nada = idea de total acabamiento (Unamuno): “el ahora”, entonces, tiene una densidad ontológica, cada instante puede ser el último. Ortega, racionalvitalismo; Zambrano, me interesa esa sensación en el centro del poema en tanto sea camino. Fin de la asociación.

Salgo de la librería. Me incorporo al tránsito. Veo a dos jóvenes besándose entorno a una farola. Veo un autobús que llega. Veo a un personaje de Julio Cortázar, como metido en un bucle cuántico, que se baja y se sube del auto, acompañando a un niño. El niño soy yo. Pero, en verdad, dos horas después, un viejo estrafalariamente vestido en una túnica verde roída y zarrapastrosa, murmurará entre dientes, saliendo de la caja, internándose entre una gran estantería malformada, sinuosa, repleta a rebosar de libros apelotonados con esfuerzo para aprovechar cada milímetro del espacio y una pared repleta de humedades y cubierta de carteles fechados en el siglo pasado. Estoy en la librería que corresponde la tarjeta que el desconocido de la gorra negra me entregó en la librería comercial más importante de Barcelona. Fibrilo multívocamente un hilo narrativo porque en verdad así acontece y quiero, me lo propongo, escribir objetivamente. Penumbra dentro de la librería del Raval. Ansiedad, por fin, creo, conseguiré un ejemplar de Alejandra. Ardo en miedoganas.  Polvo. El dedo del anciano, apuntando a los libros. «Así que un autorregalo… ¡con que Pizarnik, eh!» –irá diciendo el librero– «pues…, por aquí,…» –recorriendo con un dedo una pila de libros concreta, a la altura de su cintura– «¡Aquí!» –chilla, extrayendo el grueso tomo negro. Y me entregará una edición de los Diarios a cargo de Becciu, advirtiéndome, hasta tres veces, como si yo fuera un poeta que se dispone a cruzar un puente en una gran urbe cosmopolita: «¡Alerta, alerta, alerta!» Y, cuando me lo quedo mirando, con cara de interrogación naíf, acercándole la bolsa con las monedas, el librero me dice: «Muchacho, esta poetisa te devora el alma y te escupe el rostro centrípeto hundiéndote en tus propias profundidades.»

“Tengo hierba”. Me digo para mis adentros. Picapedrero enteogénico: en la palma de la mano, un abismo. Por un momento siento en lo hondo de mi pecho que ese hombre ha estado esperándome toda la vida con ese libro ahí en esa estantería. Para que llegara yo hoy y lo tomara. Trato de agradecerle sin tartamudear. Quizás no haya estado esperando toda la vida. Igual solamente un par de años. Salgo de la tienda. La ignorancia, en su máximo esplendor, es el mejor y más poderoso de todos los narcóticos.

En la sexta hora, tras la partida, arribo a la habitación. Con un brazo a modo de barrera arrastro el contenido del escritorio al suelo. El vecino de abajo no tarda un instante en golpear con la escoba. Una vela, un cuaderno limpio y un lapicero afilado. Un cigarro, y una senda: «1954, 23 de septiembre, conversación en una mesa (…) tema: la bombacha obsesiva.»

Por supuesto: quiero ser breve. Cosa posmoderna de escribir al cabo del tiempo. No sé, qué más. Ya iremos viendo. Tengo muchos textos modernos que te quisiera traducir. Deseo comprometerme con un cuerpo lírico concreto. Trazar la arquitectura de un libro a partir de todas estas experiencias literarias que tuve en el pasado. Siempre escritas con idea de llenar el cuaderno. Cuando abrí el primer diario tenía doce años. Ahora tengo veintiséis…

¡Sí!, (aquí el hilo es de hipnosis y autoregresión con uno mismo) ¡mantengo la promesa y el compromiso, conservo los escritos!


¡Qué horror de tiempos me han tocado para aportar mi pluma al tren de la Literatura! ¡Cuántas épocas, cuántos libros, cuántos tramos y escenas y ambientes ya narrados en la memoria histórica que nos precede a mí que ahora unto mi pluma y a ti que acercas tu mirada a sus letras! ¡Y qué época terrible nos ha tocado vivir!

Cuando escribe, el escritor de ahora podría añorar el pasado conceptual y categórico (el hilo aquí es metalingüístico) de un Aristóteles helénico aprendiendo a explicar y a clasificar; lindos relatos que comienzan, se desarrollan, y acaban en un final concreto; aunque esa añoranza del relato único y trino deba forjar una fidelidad, y deba servir de raíz para una rosa gnóstica, el escritor de ahora se aterra, o, al menos yo me siento así, aterradísismo, escribiendo con mucho cuidado de no salirme ex-nihilo ni tampoco illud tempus, para escribir en tiempo real, tras un Foucault explicando y clasificando a oídos de la opinión pública la-muerte-del-hombre-ahí, pregonando los vicios y virtudes de un entramado quizás más sapiens que humano o quizás menos animal que cyborg.

¿De qué otra forma podría escribir un escritor posmoderno? ¡Multívoco! Lanzo aquí un hilo visceral-racionalista…: Puede que la triste consecución de Lucy & Cía constituya, en verdad, una gran proeza.

Ojo, que voy a tirar varias hebras entrecruzadas: Puede que la proeza del bípedo viviendo sedentario en sus ciudades noventa y nueve por cien accesibles sea, a todas luces, una proeza. Un agujero blanco. Tipo la explosión del Big Bang o tipo el dios monoteísta haciendo la luz con su verbo.

Como comprenderás o habrás de comprender con la edad, tú, así tomado de uno, como una única persona, en tanto y que materia gris y redes neuronales, no abarcas tamañas cuestiones. Yo tampoco. Y esto es motivo, cuanto menos, de escritura y lectura.

Debes buscar en la comunidad, en lo que no eres tú, cualquier respuesta. Como el que busca eres tú, comprendes o deberás comprender con el saber, jamás podrás hallar otra respuesta que no tú. ¿Cómo es?

Principio y alpha (hilo evangélico aquí para percibir el hálito de los Padres de la historia apuntalando el tronco germinado de la semilla bíblica, aliento de sus bocas regando en la base el tallo de un curso florecido entorno a una espiral de evolución de la conciencia, hoy abierta en el planeta). ¿Cómo dices qué es esto de lo que hablas?

Una palabra: alephs (hilo matemático aquí para explicar la idea de conjunto infinito; e hilo biológico para explicar la grandeza del útero mamífero como agujero negro capaz de lanzar al ecosistema unas ergosferas de carne y huesos nacidas de vientre de mujer y que duran lo que dura un suspiro de cuatro segundos y medio. Un hilo astronómico llevaría a comparar esos cuatro segundos de vida humana en un gran tiempo de estrellas…) God save the Queen!

Y, esta es la primera página de mi primera novela, que espero sea mezcla de ficción y egografía, un broche en el hilo biográfico… dice: En cualquier caso, necesitaba, necesito tomar decisiones. No siempre me he visto aquí, mirando a las estrellas, para tratar de orientar la quilla de mi barco, pudiendo maniobrar el timón. Sol invicto.

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